[Las palabras de Cristo son las palabras de
Dios. Estas palabras, para fortuna de todas las generaciones posibles hasta que
el mundo se acabe, han quedado escritas para siempre en el Libro de la Vida: el
Evangelio, y en este caso, solo en el de san Mateo, el primer evangelista, uno
de los cuatro hombres en el que se apoya la Iglesia Única y Universal de
Jesucristo. Leemos]:
TEXTO
CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
—“Y
cuando viniere en mi gloria y todos mis ángeles conmigo, me sentaré en mi trono
y serán congregadas en mi presencia todas las gentes, y las separaré unas de
otras, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y colocaré las ovejas
a mi derecha y los cabritos a mi izquierda. Entonces diré a los de mi derecha:
“Venid, vosotros los benditos de mi Padre,
entrad en posesión del Reino que os está preparado desde la creación del mundo;
porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber;
peregrino era, y me hospedasteis; desnudo, y me vestisteis, enfermé, y me
visitasteis; en prisión estaba, y vinisteis a mí”.
Entonces me responderán los
justos, diciendo:
“Señor, ¿cuándo te vimos
hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Y cuándo te
vimos peregrino y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Y cuándo te vimos
enfermo o en prisión y fuimos a Ti?”
Y Yo les diré:
“En verdad os digo, cuanto hicisteis con uno de éstos mis
hermanos más pequeñuelos, conmigo lo hicisteis”.
Entonces diré también a los
de mi izquierda:
“Apartaos de mí, vosotros los malditos, al fuego eterno,
que preparó mi Padre para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me
disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; peregrino era, y no me
hospedasteis; desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en prisión y no me
visitasteis”.
Entonces responderán
también ellos:
“Señor, ¿cuándo te vimos
hambriento o sediento, o peregrino o desnudo, o enfermo o en prisión, y no te
asistimos?”
Entonces les responderé
diciendo:
“En verdad os digo: cuanto dejasteis de hacer con uno de
estos más pequeñuelos, también conmigo lo dejasteis de hacer”.
E irán estos al tormento
eterno; mas los justos, a la vida eterna”.
Dormíamos en el monte de
los Olivos y de madrugada la gente del pueblo venía al Templo para escucharme.
COMENTARIO
El Juicio Final es un acto
en el que creo sin lugar a dudas. Se consumará en el tiempo o más allá del
tiempo tal y como lo conocemos, pero es absolutamente cierto que se cuenta con
nuestra participación. No seremos espectadores, formamos parte de este drama
que se va a ejecutar al final del tiempo del hombre. Y ¿de qué se nos va a
juzgar?, pues está claro, se nos juzgará de amor, de todos nuestros
pensamientos, palabras y obras con los que ejercimos el amor al prójimo. Nos
examinamos de amor y precisamente saldrán a nuestro encuentro todos aquellos
con los que lo ejercimos dándonos cuenta y sin darnos cuenta. También saldrán a
nuestro encuentro aquellos a los que los hombres no perdonaron y esto puede ser
más que patético para el que no perdonó y el no perdonado.
El sacrificio ordinario del
ordinario vivir cumpliendo con el ordinario deber, según el estado de cada uno,
es una fortuna acumulada día a día de toda una existencia. Al marido se le
juzgará como marido, a la esposa como esposa, al padre como padre, a la madre
como madre, al hijo como hijo… Seremos juzgados por nuestro trabajo, por
nuestro descanso, por nuestros actos buenos y por nuestros actos malos. En
último término un incontable número de almas nos beneficiaremos, como así Dios
quiere, de la eterna Misericordia de un Padre que nos ha esperado a la hora
oportuna, a nuestra mejor hora para llevarnos con Él.
No vendría mal otro alto en el camino y
proponer, a quien está leyendo, que me acompañe en la siguiente reflexión que
titulo:
+LA
MUERTE PUEDE ESPERAR+
1ª
PARTE
Debo advertir que este artículo es largo y
comprometido para aquellas personas que se consideren aludidas en el peor de
los supuestos que se relatan. La muerte, como sabe, tiene rostro. ¿Cuál?...
pues... el que se dibuja en el último gesto, mueca o expresión facial del
cadáver de una persona que acaba de exhalar el alma. Satanás, el autor de esta
muerte, no tiene fisonomía corporal. Es un espíritu infernalmente diabólico,
pero tan real como la muerte que origina, un siniestro ser que queda al
descubierto al final de esta reflexión.
A poquito que medite sobre la muerte, un alma
puede salvarse. Esto se sabe en el Infierno. La gran victoria de Satanás, es
haber conseguido que el hombre de siempre, la tema, que la oculte en su
pensamiento y por tanto pierda el sentido del pecado.
Amiga mía, amigo mío, morir no es un asunto
baladí, un trance más o menos trágico que afecta a los demás y no a mí, que
quizá, ni siquiera, en la vida que ya he gastado, le he dedicado diez minutos
de reflexión.
¿Qué es más importante: bien nacer o bien
morir? Evidentemente, es más transcendental bien morir y esto lo
fundamento en las severas palabras con las que Jesucristo advierte de las
consecuencias de la ignominiosa traición de Judas. Con solemne gravedad en el
rostro y en el tono de su voz dijo:
El Hijo del hombre se va, según está escrito;
mas ¡ay de aquel hombre por cuyas manos el Hijo del hombre es entregado! Mejor
le fuera a aquel hombre no haber nacido. (Mt 26,24).
De cara a la muerte, el más bello y perfecto
de los hombres se queda solo con un miedo y pavor que le hace sudar hasta gotas
de sangre. Cristo, que es conocedor de su misión, que se sabe Redentor del
mundo, que además contempla su Resurrección a solo setenta y dos horas de esta
angustia, es superado por una agonía que le muestra la tremenda y terrorífica
muerte que ha de padecer, y en profunda tristeza exclama:
Padre mío, si es posible, pase
de mí este cáliz; mas no como yo quiero, sino como quieres Tú. (Mt 26,39).
Padre mío, si no es posible que pase este
cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad. (Mt 26,42).
Más que la muerte por sí misma, lo que
verdaderamente deprime al ser humano, que está para experimentarla, son sus
prolegómenos, es decir, gustar de la previa agonía con la que se resiste a
morir. En la mayoría de los casos, el hombre o la mujer, sumergidos en este
trance y a más o menos distancia del óbito final, aceptan lo irremediable y se
afronta el último tramo con la Paz de quien bien muere. Sin embargo, Jesucristo
fue privado del más mínimo consuelo hasta agotar las heces del cáliz que
su Padre le da a beber. En un patético llanto, a voz en grito, un poco antes de
expirar, le oímos decir:
Eloí, Eloí, lamá sabakhthani, que, traducido,
es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me desamparaste? (Sal. 22,2). (Mc 15,34).
El Autor de la vida se dispone a morir y en
suprema soledad, finalmente, entrega su alma con estertóreo gemido, como así lo
narra el Evangelio de san Lucas:
Y clamando con voz poderosa, Jesús dijo: ¡¡Padre,
en tus manos encomiendo mi Espíritu!! (Sal. 31,6). Y, dicho esto,
expiró. (Lc 23,46).
La muerte es un hecho, de suyo, trágico,
irreversible, que solo se da una vez. Con la excepción de las resurrecciones
históricas, que nos narra la Escritura Sagrada, nadie puede, en su sano juicio,
asegurar que ha muerto, que ha conocido la corrupción del sepulcro y que vuelve
a estar vivo para contarnos la experiencia personal de su defunción. ¿Quién le
dará crédito si asegura que vio a los gusanos brotar de sus podridas entrañas y
que ha vuelto a la vida para convencernos de no sé qué cosas?
Mis sentidos han sido
veraces e incuestionables notarios en la contemplación de un cadáver. He visto,
he oído, he tocado y he olido la muerte de mi madre, de mi padre, de otros
seres queridos, amigos y conocidos.
Entiendo que al morir se da por finalizada la
posibilidad de una acción física, toda aquella que se rige, inexorablemente,
por las leyes de la naturaleza, tal y como la experimento en mi existir.
Sabemos que la carne muerta, acaba en polvo, sin rastro sensible alguno de los
elementos que configuraban el aspecto corporal con la que se distinguía a la
persona sobre todas las posibles que me fuera dado conocer. Se muere un ser
humano único e irrepetible, que jamás se le volverá a localizar en este mundo.
¿Cuándo?, ¿Cómo?, ¿Dónde?, ¿Por qué?
En el ejercicio de una vida, más o menos
ordenada, a ningún ser humano se le ha concedido el privilegio de saber “a
priori” las respuestas a estos cuatro interrogantes.
¿Cuándo? ..... No conoce ni el día ni la hora. Se puede
morir a manos de quien no te quiere a los pocos días de ser concebido en el
seno materno (aborto) y se puede agotar cien años de existencia en este mundo
tal y como lo percibimos.
¿Cómo?........ No conoce la causa física por la que morirá.
Se puede morir súbitamente, de repente, o morir en interminable agonía por los
efectos de una enfermedad incurable.
¿Dónde?....... Puede morir descuartizado y sin defensa en
el seno materno o en el habitáculo hospitalario donde se lucha por alargarle la
vida.
¿Por qué? ..... No conocerá, en esta vida, la última razón
que justifica la muerte que nunca había imaginado.
La muerte, entendida como el fin de la vida,
no está justificada. El hombre no nace para morir. Dios que da la vida a quien
quiere, la da como Quien es y Él es la Vida sin principio ni fin. Dios no da la
vida para después regocijarse en la muerte del ser a quien, previamente, le ha
dado la existencia. No está esperando el momento, fatalmente oportuno, para
hacer que el deceso se produzca en las circunstancias más desfavorables para el
ser humano. Dios, con paciencia infinita, aguarda la mejor disposición del
espíritu de su criatura que le ha de entregar la vida.
Al hilo del ¿Por qué?,
razono deduciendo que hay un Ser transcendente, sin principio ni fin, Autor de
la vida, cuyos designios nunca podremos entender con la razón humana que nos
asiste. Para el católico, para el cristiano, este Ser es Trinitario, de una
sola Naturaleza Divina en la que se reconoce a tres Personas distintas: Padre,
Hijo y Espíritu Santo. Este Ser es Dios, el Único Dios que nos espera como
último destino de nuestro existir, que no es otro que participar de la misma
Vida divina de estas Tres Personas.
Por muy sabio que sea el hombre que trate de
convencerme sobre cómo es la existencia al otro lado de la muerte, no me dará
crédito si no me demuestra que él mismo murió, conoció el sepulcro, experimentó
la corrupción de su cuerpo y después volvió de nuevo a este mundo.
He dado a entender que nadie volvió de la
muerte para exponer qué hay al otro lado de esta vida, para dar a conocer cuál
debiera ser nuestra disposición en el actuar del resto de nuestros días con tal
de alcanzar la felicidad que asegura el que de la muerte ha regresado.
En la Cartuja de Granada hay un cuadro
escalofriante, que muestra el funeral de un reconocido personaje de la época,
allá por el siglo XI, en el que vivió el fundador de los cartujos, el joven
Bruno, que fue testigo de cómo durante la ceremonia religiosa, “corpore in
sepulcro”, el difunto se levantó amortajado a la vista de los aterrorizados
ojos de los allí presentes y con una tenebrosa voz de ultratumba manifestó:
“¡¡Por justo juicio de Dios estoy
condenado!!”
En mi juventud, le oí decir al Padre Puche
SI lo siguiente:
“Rafael, con frecuencia, se
homenajea al ilustre donde no está y sin embargo arde donde realmente está”.
La muerte no respeta a ningún ser vivo.
Aparentemente, no es menos cruel con el hombre, supuestamente bueno, por ser
bueno, que con el hombre malvado. En el curso de mi pequeño vivir, he tenido
ocasión de contemplar la tremenda expiración del inocente y también la muerte
no menos horrorosa que a sí mismo se asesta el perverso que se suicida porque
no soporta la maldad que ha consumado.
Morir no es un plácido trance con el que se
inicia el último viaje hacia lo desconocido, allí donde nos aguarda la paz
según la entiende cada cual en su imaginación. Morir es el supremo trauma que
inexorablemente ha de experimentar todo ser humano, hombre o mujer, que se
aferra a la vida, a esta vida, con la patética agonía de un cuerpo que sujeta
al espíritu hasta su postrera exhalación.
La víctima de un asesino puede gustar una
muerte espeluznante y sin embargo el nefando sujeto que la ha ejecutado puede
experimentar su óbito de manera, aparentemente, plácida. La víctima y su
verdugo, esta cruel persona que nunca se arrepintió, han fallecido de manera
diferente. Si la muerte es el último eslabón de la existencia humana y después
ya no hay nada en la nada, si al otro lado no hay Alguien que repare esta
tenebrosa injusticia, la humanidad quedaría hasta el fin de sus días deudora de
una reparación que no se ha consumado.
Entiendo, que aquellos que
aseguran que después de la muerte no hay nada, no son veraces ni coherentes con
lo que en su fuero más íntimo creen. Ellos tienen inteligencia inequívoca de
que la muerte no es el fin de su existencia. Este es el gran misterio de la
libertad humana. El hombre es capaz, no solo de engañar al mundo, sino de
engañarse a sí mismo y haciendo de su existencia una mentira, ante Dios y ante
los hombres, amordaza su conciencia y su razón. Da por imposible rectificar su
conducta y sin embargo tiene meridiana lucidez de que sus días están contados.
Conforme se acerca al final, sin orden en su ética espiritual, experimenta la
gran dificultad con la que ha de librar la última y tremenda batalla de su
vida. En el mejor de los casos, pierde la razón, en el más desgraciado de sus
objetivos, decide, voluntariamente, presentarse a las puertas de la eternidad
sin arrepentimiento de sus actos, estos que le acompañan como testigos
inmisericordes que le acusarán, ante el tribunal divino que le ha de juzgar, en
el mismo trance en el que entrega su espíritu inmortal.
La muerte es el último acto físico, es decir,
el último hecho natural que afecta al hombre según los parámetros de espacio y
tiempo con los cuales nos movemos y existimos. Se muere a una hora determinada,
en un lugar determinado y por causas estrictamente ajustadas a las leyes de la
naturaleza que rigen nuestra vida corporal tal y como la conocemos en este
mundo.
El “yo” singular que define a cada
persona como ha sido y ha estado en este mundo, con la muerte, deja de estar
aquí, es decir, pierde la facultad de ser reconocido a los sentidos de sus
seres queridos, a los sentidos del mundo. Sin embargo, este “yo” no
desaparece en su componente más noble. La muerte solo le ha afectado a su parte
material, pero ni siquiera ha tocado el espíritu, el alma inmortal, que
mantiene intactas las potencias que la definen: memoria, entendimiento y
voluntad. El alma no anima al cadáver, no está en el cuerpo muerto, pero ni
ha dejado de ser, ni ha dejado de estar, con toda su plenitud, en otra
dimensión o estado donde ni se rige por el espacio ni por el tiempo, tal y como
aquí, en este planeta, entendemos el espacio y el tiempo. El “yo” y mis
actos, con los que ejercí mi existencia en este mundo, se sumergen en la
eternidad de la cual se barrunta que ni existe el pasado ni el futuro. La
eternidad la entiendo como un infinito y permanente presente que no tiene fin.
A la altura de esta serena
reflexión, me dispongo a asegurar, desde mi leal saber y entender, que la
muerte singular de un siempre singular ser humano, pone al descubierto que esto
de morir no es solo un dramático suceso que solo afecta al difunto. Lo que
deduzco, a la luz de la razón y la Fe que me asisten, es que al otro lado de mi
deceso contemplaré, con indefinido estupor, que me estaban esperando.
Si, nos esperan un
incontable número de nacidos y no nacidos, nos esperan mujeres y hombres
conocidos y otros muchos desconocidos de cuyo eterno destino se nos atribuirá
la responsabilidad consecuente de los actos voluntarios e involuntarios que
hemos consumado durante nuestro vivir en esta tierra. Como ya hemos comentado,
en este eterno presente, contemplaré los que llegaron a este estado antes que
yo y los que llegarán después de que yo muera, seres humanos cuya felicidad o
desesperación sin término, directa o indirectamente, ha dependido de mí,
según así lo tenía establecido la Providencia desde antes de que este Universo
viniera a ser. No los podremos contar.
Así, pues, puedo entender con conciencia cierta
y segura que, si un hombre o una mujer es causa directa de la condenación
eterna de otro hombre o mujer, debido a un mal ejemplo, a una mala doctrina, a
unas viperinas palabras, en definitiva, a una perversa inteligencia y voluntad
puesta al servicio de Satanás, con toda probabilidad, tiene garantizada su
desesperación a la hora de la muerte. El daño irreversible ocasionado en el
prójimo elimina la Esperanza cuando más se necesita, de suerte que, en este
caso, sin posible arrepentimiento y dolor de corazón, el alma, que tantísimo
daño generó en este mundo, se precipita hacia donde le aguardan, precisamente,
todos aquellos espíritus que por su causa gustan la amargura infinita del
infinito Averno.
Solo hay un Hombre que ha demostrado haber
cumplido la secuencia que le permite demandar, con autoridad divina, la Fe del
que le quiera escuchar. Este Hombre es Jesucristo, que conoció la muerte en su
más amarga definición, que bajó a los Infiernos y que resucitó de entre los
muertos, a los tres días de estar en el sepulcro. Pues bien, a este Hombre le
oímos decir:
Atadle de pies y manos y arrojadle a las
tinieblas de allá afuera; allí será el llanto y el rechinar de los dientes. (Mt
22-13)
Estas palabras del Hijo de Dios debieran
helar la sangre de aquella persona que se dé por aludida por la verdadera
interpretación que su corazón haya dado a todo lo que he escrito hasta aquí.
Que no le quepa la menor duda que en el breve tiempo, en que acabarán sus días
contados, será la protagonista de su última suerte, la que ella ha escogido
soberanamente.
Ahora, debemos reflexionar
sobre tres grandísimas locuras de esta generación en la que nos ha tocado
vivir.
2ª
PARTE
*El adulterio*
Una mujer o un hombre, conociendo lo que es
el adulterio y ejerciéndolo, puede hacer posible que tanto su alma como el alma
de la que con ella o con él adultera, se presenten al juicio de Dios sin
arrepentimiento y en consecuencia entrar en la eternidad sin Esperanza. Si no
se tiene el propósito firme de enmendar la vida, como vives te mueres.
Cruzas el umbral de la muerte con la última disposición de tu alma y si esta se
niega al arrepentimiento, si desprecia la Misericordia, ella misma elige el
Infierno como definitivo y eterno destino.
*La droga*
El traficante de droga conoce el inmenso daño
que ha generado en otras muchas personas que quizá, sin llegar a la vejez,
experimentarán una sombría muerte por el vicio de sus actos. El traficante
consume su vida en este mundo generando muerte eterna en otros muchos que desde
donde están le esperan para compartir con él la diabólica desesperanza que les
atormenta para siempre. La persona que tanta desgracia causó en esta y en la
otra vida, antes de morir, presenciará la tenebrosa imagen de todas y cada una
de las almas que demandan, satánicamente, la misma divina justicia que se
ejerció sobre ellas, oirá el rechinar de sus dientes como sonido de fondo en su
viaje hacia la eternidad.
*El aborto*
La mujer que aborta deliberadamente, debe
saber, con suprema certeza, que el niño o la niña expulsada violentamente de
sus entrañas, le está esperando al otro lado, justo donde se encuentran el
final de esta vida contingente y el principio de la otra vida sin final, justo
cuando la muerte hace presa de su cuerpo de madre inconclusa. Tendrá que
responder a las preguntas del espíritu de su hija o de su hijo.
Este dramático encuentro, del alma materna
con el alma de su retoño, será de imprevisibles consecuencias, según la íntima
y última disposición del corazón de esta mujer, cuando pasó de la vida a la
muerte. No puedo especular sobre el mayor o menor número de madres que
implorarán el perdón de sus hijos no nacidos. Yo rezo porque sean todas, sin
dejar ninguna. Pero si esto no fuera así en algunas, que no pudieran soportar
las consecuencias de la tremenda maldad, del nefando acto de abortar, entonces,
en su alma se generará una oscura desesperanza y por sí mismas se sumergirán en
un sombrío emplazamiento que no estaba preparado para ellas.
Llegará la muerte, también, para aquellos que
fueron causa del embarazo rechazado, para aquellos y aquellas que le ayudaron a
abortar y sin ninguna duda, no podrán esquivar el encuentro con el alma
inmortal del feto asesinado y el alma de la madre, supuestamente, desesperada.
Sin arrepentimiento ni contrición, ¿qué pueden esperar los que emplearon su
ciencia para descuartizar a un niño o a una niña en el seno de su madre?
Dios prefirió a esta madre sobre otras muchas
para que engendrara al ser humano, que también lo prefirió sobre otros muchos a
los que pudo llamar en su lugar. Con la colaboración de esta madre determinó
desde siempre formar el cuerpo para el que creó directamente un alma inmortal,
irrepetible, destinada junto con el cuerpo a ser eternamente feliz en la otra
vida, en el cielo. Con la maléfica colaboración de otras personas, la madre,
frustra el deseo divino de que su criatura fuera un consumado hijo o hija de
Dios.
La muerte, aguarda paciente
a quien la causó en el inocente. Aguarda en su más amarga experiencia al
gobernante que promulga la inhumana ley del aborto, al estadista que ha
suscrito la colosal injusticia de dejar impune a quien comete tan horrible
crimen. La Justicia Divina le hará subsidiario del infanticida. Cuando al
pervertido legislador le llegue su hora, contemplará cómo le llevan de la mano
allí donde se oyen mejor los gemidos del no nacido que fue sacrificado en el
vientre de su madre. Contemplará aterrorizado todos y cada uno de los
indefensos no nacidos, sanguinariamente muertos a manos de unos verdugos,
impunes por una ley de muerte que se dictó de su puño y letra. El “yo” del
político, del estadista al que se le concedió la potestad de gobernar por la
elección de una sociedad abortista, como todo ser humano, tiene contados los
días.
3ª
PARTE
*La Misericordia*
Cuando Dios crea al hombre y la mujer, los
ubica en el Paraíso Terrenal. Ya existía el demonio, que era Lucifer y un
tercio de todos los ángeles creados. Satanás, tienta a Eva para que desobedezca
a su Creador. Si así lo hace, se hará semejante a la Divinidad que le dio la
existencia formándola de una costilla de Adán.
Eva, acepta la diabólica proposición y
convence a Adán y ambos se rebelan contra el Padre Dios que los creó del barro
de la tierra. En el acto dañaron su semilla de inmortalidad y entonces entró
la Muerte en el mundo. El artífice de este pecado de lexa majestad,
Satanás, creyó que, para siempre, había dañado, de forma irreversible, a la
humanidad, la Obra maestra del Creador. En esto, por lo menos, considera que ha
vencido a Dios. A primera vista parece como si el Demonio hubiera conseguido
que el ser humano tuviera como último y fatal destino la muerte, después de la
cual ya no habría nada en la nada.
Lucifer, defenestró al hombre hasta donde
pudo, hasta conseguir que su cuerpo, sufriendo la decrepitud, se corrompiera
para volver a su origen, al barro de esta tierra. Sin embargo, no pudo tocar su
alma inmortal, ese “yo” espíritu, con el que vino a ser con una vida
semejante a la divina. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, le dotó de
un alma que, precisamente, es ese “yo” que lleva la impronta de la
divinidad de su Creador.
El Demonio, consiguió su infernal propósito: hacer
daño, si no a Dios, por lo menos a lo que Dios más amaba, al hombre. Si se
pudiera expresar de alguna manera, afirmaría que, a Dios Padre, Satanás, le
partió el Corazón, entristeció su Espíritu, el que de su Hijo y de Él mismo
procede. En este metafísico y divino drama, el cielo, el infierno y la tierra
quedaron expectantes de la respuesta divina a este infinito agravio y…entonces…
entra en escena la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo del Padre
Dios, del cual escribe san Juan:
En el principio existía el Verbo, y el Verbo
estaba cabe Dios, y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio cabe Dios. (Jn 1 1-2)
Este Verbo, Dios, entendiendo y asumiendo el
pensamiento divino de su Padre Dios, se adelanta y toma la iniciativa de
reparar el pecado, de extraordinaria maldad, cometido por el hombre y en un
acto de infinito Amor al Padre y a lo que el Padre tanto amaba, toma sobre Sí
el pecado de la humanidad para responder a lo divino a Quien a lo divino había
sido ultrajado. El Hijo Dios, propone al Padre Dios desprenderse del rango de
su deidad para hacerse un Hombre tal y como nosotros lo somos, menos en el
pecado. Por obra del Espíritu que procede del Padre y de Él mismo, se encarnará
en el vientre de una Virgen judía, una Mujer de nuestra raza, cuyo nombre es: María.
Tal y como lo que será, un Hombre de carne y hueso como nosotros, conocerá qué
es morir, lo sufrirá en su más paroxística experiencia, con una excruciante
muerte de Cruz. Pero al tercer día resucitará, destruyendo la muerte para
siempre y recuperando la gloria que tenía antes de que el mundo fuera
creado.
Jesucristo aniquiló la muerte no solo para Él
sino para todo el ser humano que venga a ser en este mundo. Así, pues, solo
este Hombre, Jesús, es el único de la raza humana que habiendo muerto ha vuelto
del más allá, como lo había prometido y garantizado en el curso de su vivir
entre los hombres. Solo el Vencedor de la muerte, que a Sí mismo se define como
la Vida, podía asegurar que Él era la Resurrección y que con la consecuente Fe
en su Persona se adquiere el inaudito derecho de no morir eternamente. Sostiene,
con absoluta firmeza, que nos resucitará, en el último día, a todos y cada uno
de los hombres y mujeres posibles hasta que se acabe el mundo.
El hombre, de soberana
hermosura, a poco de comenzar su andadura terrenal, frustró los designios de su
Padre Dios, que lo creó a su imagen y semejanza para que fuera eternamente
feliz. La muerte, no prevista en los planes divinos, será el más trágico e
inevitable hecho que habrá de conocer todo hijo de mujer. Sin embargo, por la
Redención de otro Hombre que jamás cometió pecado, el morir dejará de ser el
final de todo ser humano. Nuestro Avalista divino, al hacerse Hombre para morir
y resucitar, destruyó la muerte que dejará de ser el fin irreversible de la
humanidad. Fallecer es el último acto de la vida terrenal que abre las puertas
del Paraíso, de la Felicidad sin medida ni tiempo para todos y cada uno de los
que crean en Jesucristo.
*El cielo a la vista*
Amiga mía, amigo mío, si ha llegado hasta
aquí, ahora, le certifico que Dios Padre tiene dispuesto, con divino
rigor, que antes de entrar en la eternidad, cada ser humano, con
independencia de su raza, condición y creencias, contemple la Pasión de su
Hijo, que se disponga, si así libremente lo acepta, a corredimir con el
Redentor, aportando el mérito de sus buenos actos en esta vida y en el acto de
morir, su propia muerte, la que acaba de padecer. Ya sumergido en el infinito
presente de la eternidad, entra en contacto con Jesucristo Crucificado y si es
capaz de asumir las palabras del ladrón, que está gustando la misma muerte
física que la del Autor de la vida, suplicará para salvación de su alma:
Y decía a Jesús: Acuérdate de mí cuando
vinieres en la gloria de tu realeza. (Lc
23,42)
Si el espíritu del hombre, cuyo cuerpo se ha
quedado en esta tierra, pudiera llorar, no podría evitar las lágrimas de
contrición, que le salen como ríos, al verse contemplado por la fija y divina
mirada de todo un Dios hecho Hombre que está muriendo la muerte que le redime,
la muerte de un Inocente que se ha entregado a este cruento Sacrificio para
salvarle a él. Aquí el tiempo no se mide, pero, si se pudiera contar,
percibiríamos que, en este trance sobrenatural, un minuto son mil siglos y mil
siglos un minuto. El “yo” arrepentido, con una ilimitada gratitud, oirá
las palabras de Cristo, que quedaron fijas en la eternidad, para todo
predestinado a la bienaventurada felicidad. Estas palabras son:
“En verdad te digo que hoy
estarás conmigo en el Paraíso”. (Lc 23,43)
*El Paraíso*
La muerte puede esperar. ¿Cuánto
tiempo?... el que necesite para ordenar y disponer su alma a tomar posesión
del Reino que el Padre Dios le tiene preparado desde la Creación del mundo (Mt
25,34). Si estas palabras no le dicen nada, si pasa la página de esta
oportunidad, si percibe que solo siente indiferencia, pues… hemos perdido el
tiempo, Ud. y yo. Como sabe, no evitará la muerte, que llegará a su encuentro cuando
no lo imaginaba, como no la imaginaba y dónde no lo imaginaba.
Si por el contrario siente removido su corazón, apresúrese en llegarse a la
Madre de Dios a esa Madre suya y mía que le está esperando… ¡tanto tiempo!
Dígale bajito, a solas, desde el aposento más íntimo de su alma: “Madre mía,
ayúdame, pon tú lo que a mí me falta”. Si así lo hiciere, brillará como el sol en el Reino de su Padre.
(Mt 13,43).
No hay comentarios:
Publicar un comentario