TEMA 137 SOLO TEXTO

TEMA 137   El Juicio Final. (Mt 25,31-46; Lc 21,37-38)
[Las palabras de Cristo son las palabras de Dios. Estas palabras, para fortuna de todas las generaciones posibles hasta que el mundo se acabe, han quedado escritas para siempre en el Libro de la Vida: el Evangelio, y en este caso, solo en el de san Mateo, el primer evangelista, uno de los cuatro hombres en el que se apoya la Iglesia Única y Universal de Jesucristo. Leemos]:
TEXTO CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
—“Y cuando viniere en mi gloria y todos mis ángeles conmigo, me sentaré en mi trono y serán congregadas en mi presencia todas las gentes, y las separaré unas de otras, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y colocaré las ovejas a mi derecha y los cabritos a mi izquierda. Entonces diré a los de mi derecha:
“Venid, vosotros los benditos de mi Padre, entrad en posesión del Reino que os está preparado desde la creación del mundo; porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; peregrino era, y me hospedasteis; desnudo, y me vestisteis, enfermé, y me visitasteis; en prisión estaba, y vinisteis a mí”.
Entonces me responderán los justos, diciendo:
“Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos peregrino y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Y cuándo te vimos enfermo o en prisión y fuimos a Ti?”
Y Yo les diré:
“En verdad os digo, cuanto hicisteis con uno de éstos mis hermanos más pequeñuelos, conmigo lo hicisteis”.
Entonces diré también a los de mi izquierda:
“Apartaos de mí, vosotros los malditos, al fuego eterno, que preparó mi Padre para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; peregrino era, y no me hospedasteis; desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en prisión y no me visitasteis”.
Entonces responderán también ellos:
“Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o peregrino o desnudo, o enfermo o en prisión, y no te asistimos?”
Entonces les responderé diciendo:
“En verdad os digo: cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeñuelos, también conmigo lo dejasteis de hacer”.
E irán estos al tormento eterno; mas los justos, a la vida eterna”.
Dormíamos en el monte de los Olivos y de madrugada la gente del pueblo venía al Templo para escucharme.
COMENTARIO
El Juicio Final es un acto en el que creo sin lugar a dudas. Se consumará en el tiempo o más allá del tiempo tal y como lo conocemos, pero es absolutamente cierto que se cuenta con nuestra participación. No seremos espectadores, formamos parte de este drama que se va a ejecutar al final del tiempo del hombre. Y ¿de qué se nos va a juzgar?, pues está claro, se nos juzgará de amor, de todos nuestros pensamientos, palabras y obras con los que ejercimos el amor al prójimo. Nos examinamos de amor y precisamente saldrán a nuestro encuentro todos aquellos con los que lo ejercimos dándonos cuenta y sin darnos cuenta. También saldrán a nuestro encuentro aquellos a los que los hombres no perdonaron y esto puede ser más que patético para el que no perdonó y el no perdonado.
El sacrificio ordinario del ordinario vivir cumpliendo con el ordinario deber, según el estado de cada uno, es una fortuna acumulada día a día de toda una existencia. Al marido se le juzgará como marido, a la esposa como esposa, al padre como padre, a la madre como madre, al hijo como hijo… Seremos juzgados por nuestro trabajo, por nuestro descanso, por nuestros actos buenos y por nuestros actos malos. En último término un incontable número de almas nos beneficiaremos, como así Dios quiere, de la eterna Misericordia de un Padre que nos ha esperado a la hora oportuna, a nuestra mejor hora para llevarnos con Él. 
No vendría mal otro alto en el camino y proponer, a quien está leyendo, que me acompañe en la siguiente reflexión que titulo:

+LA MUERTE PUEDE ESPERAR+

1ª PARTE
Debo advertir que este artículo es largo y comprometido para aquellas personas que se consideren aludidas en el peor de los supuestos que se relatan. La muerte, como sabe, tiene rostro. ¿Cuál?... pues... el que se dibuja en el último gesto, mueca o expresión facial del cadáver de una persona que acaba de exhalar el alma. Satanás, el autor de esta muerte, no tiene fisonomía corporal. Es un espíritu infernalmente diabólico, pero tan real como la muerte que origina, un siniestro ser que queda al descubierto al final de esta reflexión.
A poquito que medite sobre la muerte, un alma puede salvarse. Esto se sabe en el Infierno. La gran victoria de Satanás, es haber conseguido que el hombre de siempre, la tema, que la oculte en su pensamiento y por tanto pierda el sentido del pecado.
Amiga mía, amigo mío, morir no es un asunto baladí, un trance más o menos trágico que afecta a los demás y no a mí, que quizá, ni siquiera, en la vida que ya he gastado, le he dedicado diez minutos de reflexión.
¿Qué es más importante: bien nacer o bien morir? Evidentemente, es más transcendental bien morir y esto lo fundamento en las severas palabras con las que Jesucristo advierte de las consecuencias de la ignominiosa traición de Judas. Con solemne gravedad en el rostro y en el tono de su voz dijo:
El Hijo del hombre se va, según está escrito; mas ¡ay de aquel hombre por cuyas manos el Hijo del hombre es entregado! Mejor le fuera a aquel hombre no haber nacido. (Mt 26,24).
De cara a la muerte, el más bello y perfecto de los hombres se queda solo con un miedo y pavor que le hace sudar hasta gotas de sangre. Cristo, que es conocedor de su misión, que se sabe Redentor del mundo, que además contempla su Resurrección a solo setenta y dos horas de esta angustia, es superado por una agonía que le muestra la tremenda y terrorífica muerte que ha de padecer, y en profunda tristeza exclama:
Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; mas no como yo quiero, sino como quieres Tú. (Mt 26,39).
Padre mío, si no es posible que pase este cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad. (Mt 26,42).
Más que la muerte por sí misma, lo que verdaderamente deprime al ser humano, que está para experimentarla, son sus prolegómenos, es decir, gustar de la previa agonía con la que se resiste a morir. En la mayoría de los casos, el hombre o la mujer, sumergidos en este trance y a más o menos distancia del óbito final, aceptan lo irremediable y se afronta el último tramo con la Paz de quien bien muere. Sin embargo, Jesucristo fue privado del más mínimo consuelo hasta agotar las heces del cáliz que su Padre le da a beber. En un patético llanto, a voz en grito, un poco antes de expirar, le oímos decir:
Eloí, Eloí, lamá sabakhthani, que, traducido, es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me desamparaste? (Sal. 22,2). (Mc 15,34).
El Autor de la vida se dispone a morir y en suprema soledad, finalmente, entrega su alma con estertóreo gemido, como así lo narra el Evangelio de san Lucas:
Y clamando con voz poderosa, Jesús dijo: ¡¡Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu!! (Sal. 31,6). Y, dicho esto, expiró. (Lc 23,46).
La muerte es un hecho, de suyo, trágico, irreversible, que solo se da una vez. Con la excepción de las resurrecciones históricas, que nos narra la Escritura Sagrada, nadie puede, en su sano juicio, asegurar que ha muerto, que ha conocido la corrupción del sepulcro y que vuelve a estar vivo para contarnos la experiencia personal de su defunción. ¿Quién le dará crédito si asegura que vio a los gusanos brotar de sus podridas entrañas y que ha vuelto a la vida para convencernos de no sé qué cosas?
Mis sentidos han sido veraces e incuestionables notarios en la contemplación de un cadáver. He visto, he oído, he tocado y he olido la muerte de mi madre, de mi padre, de otros seres queridos, amigos y conocidos.
Entiendo que al morir se da por finalizada la posibilidad de una acción física, toda aquella que se rige, inexorablemente, por las leyes de la naturaleza, tal y como la experimento en mi existir. Sabemos que la carne muerta, acaba en polvo, sin rastro sensible alguno de los elementos que configuraban el aspecto corporal con la que se distinguía a la persona sobre todas las posibles que me fuera dado conocer. Se muere un ser humano único e irrepetible, que jamás se le volverá a localizar en este mundo.
¿Cuándo?, ¿Cómo?, ¿Dónde?, ¿Por qué?
En el ejercicio de una vida, más o menos ordenada, a ningún ser humano se le ha concedido el privilegio de saber “a priori” las respuestas a estos cuatro interrogantes.
¿Cuándo? ..... No conoce ni el día ni la hora. Se puede morir a manos de quien no te quiere a los pocos días de ser concebido en el seno materno (aborto) y se puede agotar cien años de existencia en este mundo tal y como lo percibimos.
¿Cómo?........ No conoce la causa física por la que morirá. Se puede morir súbitamente, de repente, o morir en interminable agonía por los efectos de una enfermedad incurable.
¿Dónde?....... Puede morir descuartizado y sin defensa en el seno materno o en el habitáculo hospitalario donde se lucha por alargarle la vida.
¿Por qué? ..... No conocerá, en esta vida, la última razón que justifica la muerte que nunca había imaginado.
La muerte, entendida como el fin de la vida, no está justificada. El hombre no nace para morir. Dios que da la vida a quien quiere, la da como Quien es y Él es la Vida sin principio ni fin. Dios no da la vida para después regocijarse en la muerte del ser a quien, previamente, le ha dado la existencia. No está esperando el momento, fatalmente oportuno, para hacer que el deceso se produzca en las circunstancias más desfavorables para el ser humano. Dios, con paciencia infinita, aguarda la mejor disposición del espíritu de su criatura que le ha de entregar la vida.
Al hilo del ¿Por qué?, razono deduciendo que hay un Ser transcendente, sin principio ni fin, Autor de la vida, cuyos designios nunca podremos entender con la razón humana que nos asiste. Para el católico, para el cristiano, este Ser es Trinitario, de una sola Naturaleza Divina en la que se reconoce a tres Personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este Ser es Dios, el Único Dios que nos espera como último destino de nuestro existir, que no es otro que participar de la misma Vida divina de estas Tres Personas.
Por muy sabio que sea el hombre que trate de convencerme sobre cómo es la existencia al otro lado de la muerte, no me dará crédito si no me demuestra que él mismo murió, conoció el sepulcro, experimentó la corrupción de su cuerpo y después volvió de nuevo a este mundo.
He dado a entender que nadie volvió de la muerte para exponer qué hay al otro lado de esta vida, para dar a conocer cuál debiera ser nuestra disposición en el actuar del resto de nuestros días con tal de alcanzar la felicidad que asegura el que de la muerte ha regresado.
En la Cartuja de Granada hay un cuadro escalofriante, que muestra el funeral de un reconocido personaje de la época, allá por el siglo XI, en el que vivió el fundador de los cartujos, el joven Bruno, que fue testigo de cómo durante la ceremonia religiosa, “corpore in sepulcro”, el difunto se levantó amortajado a la vista de los aterrorizados ojos de los allí presentes y con una tenebrosa voz de ultratumba manifestó:
“¡¡Por justo juicio de Dios estoy condenado!!”
En mi juventud, le oí decir al Padre Puche SI lo siguiente:
“Rafael, con frecuencia, se homenajea al ilustre donde no está y sin embargo arde donde realmente está”.
La muerte no respeta a ningún ser vivo. Aparentemente, no es menos cruel con el hombre, supuestamente bueno, por ser bueno, que con el hombre malvado. En el curso de mi pequeño vivir, he tenido ocasión de contemplar la tremenda expiración del inocente y también la muerte no menos horrorosa que a sí mismo se asesta el perverso que se suicida porque no soporta la maldad que ha consumado.
Morir no es un plácido trance con el que se inicia el último viaje hacia lo desconocido, allí donde nos aguarda la paz según la entiende cada cual en su imaginación. Morir es el supremo trauma que inexorablemente ha de experimentar todo ser humano, hombre o mujer, que se aferra a la vida, a esta vida, con la patética agonía de un cuerpo que sujeta al espíritu hasta su postrera exhalación.
La víctima de un asesino puede gustar una muerte espeluznante y sin embargo el nefando sujeto que la ha ejecutado puede experimentar su óbito de manera, aparentemente, plácida. La víctima y su verdugo, esta cruel persona que nunca se arrepintió, han fallecido de manera diferente. Si la muerte es el último eslabón de la existencia humana y después ya no hay nada en la nada, si al otro lado no hay Alguien que repare esta tenebrosa injusticia, la humanidad quedaría hasta el fin de sus días deudora de una reparación que no se ha consumado.
Entiendo, que aquellos que aseguran que después de la muerte no hay nada, no son veraces ni coherentes con lo que en su fuero más íntimo creen. Ellos tienen inteligencia inequívoca de que la muerte no es el fin de su existencia. Este es el gran misterio de la libertad humana. El hombre es capaz, no solo de engañar al mundo, sino de engañarse a sí mismo y haciendo de su existencia una mentira, ante Dios y ante los hombres, amordaza su conciencia y su razón. Da por imposible rectificar su conducta y sin embargo tiene meridiana lucidez de que sus días están contados. Conforme se acerca al final, sin orden en su ética espiritual, experimenta la gran dificultad con la que ha de librar la última y tremenda batalla de su vida. En el mejor de los casos, pierde la razón, en el más desgraciado de sus objetivos, decide, voluntariamente, presentarse a las puertas de la eternidad sin arrepentimiento de sus actos, estos que le acompañan como testigos inmisericordes que le acusarán, ante el tribunal divino que le ha de juzgar, en el mismo trance en el que entrega su espíritu inmortal.
La muerte es el último acto físico, es decir, el último hecho natural que afecta al hombre según los parámetros de espacio y tiempo con los cuales nos movemos y existimos. Se muere a una hora determinada, en un lugar determinado y por causas estrictamente ajustadas a las leyes de la naturaleza que rigen nuestra vida corporal tal y como la conocemos en este mundo.
El “yo” singular que define a cada persona como ha sido y ha estado en este mundo, con la muerte, deja de estar aquí, es decir, pierde la facultad de ser reconocido a los sentidos de sus seres queridos, a los sentidos del mundo. Sin embargo, este “yo” no desaparece en su componente más noble. La muerte solo le ha afectado a su parte material, pero ni siquiera ha tocado el espíritu, el alma inmortal, que mantiene intactas las potencias que la definen: memoria, entendimiento y voluntad. El alma no anima al cadáver, no está en el cuerpo muerto, pero ni ha dejado de ser, ni ha dejado de estar, con toda su plenitud, en otra dimensión o estado donde ni se rige por el espacio ni por el tiempo, tal y como aquí, en este planeta, entendemos el espacio y el tiempo. El “yo” y mis actos, con los que ejercí mi existencia en este mundo, se sumergen en la eternidad de la cual se barrunta que ni existe el pasado ni el futuro. La eternidad la entiendo como un infinito y permanente presente que no tiene fin.
A la altura de esta serena reflexión, me dispongo a asegurar, desde mi leal saber y entender, que la muerte singular de un siempre singular ser humano, pone al descubierto que esto de morir no es solo un dramático suceso que solo afecta al difunto. Lo que deduzco, a la luz de la razón y la Fe que me asisten, es que al otro lado de mi deceso contemplaré, con indefinido estupor, que me estaban esperando.
Si, nos esperan un incontable número de nacidos y no nacidos, nos esperan mujeres y hombres conocidos y otros muchos desconocidos de cuyo eterno destino se nos atribuirá la responsabilidad consecuente de los actos voluntarios e involuntarios que hemos consumado durante nuestro vivir en esta tierra. Como ya hemos comentado, en este eterno presente, contemplaré los que llegaron a este estado antes que yo y los que llegarán después de que yo muera, seres humanos cuya felicidad o desesperación sin término, directa o indirectamente, ha dependido de mí, según así lo tenía establecido la Providencia desde antes de que este Universo viniera a ser. No los podremos contar.
Así, pues, puedo entender con conciencia cierta y segura que, si un hombre o una mujer es causa directa de la condenación eterna de otro hombre o mujer, debido a un mal ejemplo, a una mala doctrina, a unas viperinas palabras, en definitiva, a una perversa inteligencia y voluntad puesta al servicio de Satanás, con toda probabilidad, tiene garantizada su desesperación a la hora de la muerte. El daño irreversible ocasionado en el prójimo elimina la Esperanza cuando más se necesita, de suerte que, en este caso, sin posible arrepentimiento y dolor de corazón, el alma, que tantísimo daño generó en este mundo, se precipita hacia donde le aguardan, precisamente, todos aquellos espíritus que por su causa gustan la amargura infinita del infinito Averno.
Solo hay un Hombre que ha demostrado haber cumplido la secuencia que le permite demandar, con autoridad divina, la Fe del que le quiera escuchar. Este Hombre es Jesucristo, que conoció la muerte en su más amarga definición, que bajó a los Infiernos y que resucitó de entre los muertos, a los tres días de estar en el sepulcro. Pues bien, a este Hombre le oímos decir:
Atadle de pies y manos y arrojadle a las tinieblas de allá afuera; allí será el llanto y el rechinar de los dientes. (Mt 22-13)
Estas palabras del Hijo de Dios debieran helar la sangre de aquella persona que se dé por aludida por la verdadera interpretación que su corazón haya dado a todo lo que he escrito hasta aquí. Que no le quepa la menor duda que en el breve tiempo, en que acabarán sus días contados, será la protagonista de su última suerte, la que ella ha escogido soberanamente.
Ahora, debemos reflexionar sobre tres grandísimas locuras de esta generación en la que nos ha tocado vivir.
2ª PARTE

*El adulterio*

Una mujer o un hombre, conociendo lo que es el adulterio y ejerciéndolo, puede hacer posible que tanto su alma como el alma de la que con ella o con él adultera, se presenten al juicio de Dios sin arrepentimiento y en consecuencia entrar en la eternidad sin Esperanza. Si no se tiene el propósito firme de enmendar la vida, como vives te mueres. Cruzas el umbral de la muerte con la última disposición de tu alma y si esta se niega al arrepentimiento, si desprecia la Misericordia, ella misma elige el Infierno como definitivo y eterno destino.

*La droga*

El traficante de droga conoce el inmenso daño que ha generado en otras muchas personas que quizá, sin llegar a la vejez, experimentarán una sombría muerte por el vicio de sus actos. El traficante consume su vida en este mundo generando muerte eterna en otros muchos que desde donde están le esperan para compartir con él la diabólica desesperanza que les atormenta para siempre. La persona que tanta desgracia causó en esta y en la otra vida, antes de morir, presenciará la tenebrosa imagen de todas y cada una de las almas que demandan, satánicamente, la misma divina justicia que se ejerció sobre ellas, oirá el rechinar de sus dientes como sonido de fondo en su viaje hacia la eternidad.

*El aborto*

La mujer que aborta deliberadamente, debe saber, con suprema certeza, que el niño o la niña expulsada violentamente de sus entrañas, le está esperando al otro lado, justo donde se encuentran el final de esta vida contingente y el principio de la otra vida sin final, justo cuando la muerte hace presa de su cuerpo de madre inconclusa. Tendrá que responder a las preguntas del espíritu de su hija o de su hijo.
Este dramático encuentro, del alma materna con el alma de su retoño, será de imprevisibles consecuencias, según la íntima y última disposición del corazón de esta mujer, cuando pasó de la vida a la muerte. No puedo especular sobre el mayor o menor número de madres que implorarán el perdón de sus hijos no nacidos. Yo rezo porque sean todas, sin dejar ninguna. Pero si esto no fuera así en algunas, que no pudieran soportar las consecuencias de la tremenda maldad, del nefando acto de abortar, entonces, en su alma se generará una oscura desesperanza y por sí mismas se sumergirán en un sombrío emplazamiento que no estaba preparado para ellas.
Llegará la muerte, también, para aquellos que fueron causa del embarazo rechazado, para aquellos y aquellas que le ayudaron a abortar y sin ninguna duda, no podrán esquivar el encuentro con el alma inmortal del feto asesinado y el alma de la madre, supuestamente, desesperada. Sin arrepentimiento ni contrición, ¿qué pueden esperar los que emplearon su ciencia para descuartizar a un niño o a una niña en el seno de su madre?
Dios prefirió a esta madre sobre otras muchas para que engendrara al ser humano, que también lo prefirió sobre otros muchos a los que pudo llamar en su lugar. Con la colaboración de esta madre determinó desde siempre formar el cuerpo para el que creó directamente un alma inmortal, irrepetible, destinada junto con el cuerpo a ser eternamente feliz en la otra vida, en el cielo. Con la maléfica colaboración de otras personas, la madre, frustra el deseo divino de que su criatura fuera un consumado hijo o hija de Dios.
La muerte, aguarda paciente a quien la causó en el inocente. Aguarda en su más amarga experiencia al gobernante que promulga la inhumana ley del aborto, al estadista que ha suscrito la colosal injusticia de dejar impune a quien comete tan horrible crimen. La Justicia Divina le hará subsidiario del infanticida. Cuando al pervertido legislador le llegue su hora, contemplará cómo le llevan de la mano allí donde se oyen mejor los gemidos del no nacido que fue sacrificado en el vientre de su madre. Contemplará aterrorizado todos y cada uno de los indefensos no nacidos, sanguinariamente muertos a manos de unos verdugos, impunes por una ley de muerte que se dictó de su puño y letra. El “yo” del político, del estadista al que se le concedió la potestad de gobernar por la elección de una sociedad abortista, como todo ser humano, tiene contados los días.
3ª PARTE

*La Misericordia*

Cuando Dios crea al hombre y la mujer, los ubica en el Paraíso Terrenal. Ya existía el demonio, que era Lucifer y un tercio de todos los ángeles creados. Satanás, tienta a Eva para que desobedezca a su Creador. Si así lo hace, se hará semejante a la Divinidad que le dio la existencia formándola de una costilla de Adán.
Eva, acepta la diabólica proposición y convence a Adán y ambos se rebelan contra el Padre Dios que los creó del barro de la tierra. En el acto dañaron su semilla de inmortalidad y entonces entró la Muerte en el mundo. El artífice de este pecado de lexa majestad, Satanás, creyó que, para siempre, había dañado, de forma irreversible, a la humanidad, la Obra maestra del Creador. En esto, por lo menos, considera que ha vencido a Dios. A primera vista parece como si el Demonio hubiera conseguido que el ser humano tuviera como último y fatal destino la muerte, después de la cual ya no habría nada en la nada.
Lucifer, defenestró al hombre hasta donde pudo, hasta conseguir que su cuerpo, sufriendo la decrepitud, se corrompiera para volver a su origen, al barro de esta tierra. Sin embargo, no pudo tocar su alma inmortal, ese “yo” espíritu, con el que vino a ser con una vida semejante a la divina. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, le dotó de un alma que, precisamente, es ese “yo” que lleva la impronta de la divinidad de su Creador.
El Demonio, consiguió su infernal propósito: hacer daño, si no a Dios, por lo menos a lo que Dios más amaba, al hombre. Si se pudiera expresar de alguna manera, afirmaría que, a Dios Padre, Satanás, le partió el Corazón, entristeció su Espíritu, el que de su Hijo y de Él mismo procede. En este metafísico y divino drama, el cielo, el infierno y la tierra quedaron expectantes de la respuesta divina a este infinito agravio y…entonces… entra en escena la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo del Padre Dios, del cual escribe san Juan:
En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba cabe Dios, y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio cabe Dios. (Jn 1 1-2)
Este Verbo, Dios, entendiendo y asumiendo el pensamiento divino de su Padre Dios, se adelanta y toma la iniciativa de reparar el pecado, de extraordinaria maldad, cometido por el hombre y en un acto de infinito Amor al Padre y a lo que el Padre tanto amaba, toma sobre Sí el pecado de la humanidad para responder a lo divino a Quien a lo divino había sido ultrajado. El Hijo Dios, propone al Padre Dios desprenderse del rango de su deidad para hacerse un Hombre tal y como nosotros lo somos, menos en el pecado. Por obra del Espíritu que procede del Padre y de Él mismo, se encarnará en el vientre de una Virgen judía, una Mujer de nuestra raza, cuyo nombre es: María. Tal y como lo que será, un Hombre de carne y hueso como nosotros, conocerá qué es morir, lo sufrirá en su más paroxística experiencia, con una excruciante muerte de Cruz. Pero al tercer día resucitará, destruyendo la muerte para siempre y recuperando la gloria que tenía antes de que el mundo fuera creado.
Jesucristo aniquiló la muerte no solo para Él sino para todo el ser humano que venga a ser en este mundo. Así, pues, solo este Hombre, Jesús, es el único de la raza humana que habiendo muerto ha vuelto del más allá, como lo había prometido y garantizado en el curso de su vivir entre los hombres. Solo el Vencedor de la muerte, que a Sí mismo se define como la Vida, podía asegurar que Él era la Resurrección y que con la consecuente Fe en su Persona se adquiere el inaudito derecho de no morir eternamente. Sostiene, con absoluta firmeza, que nos resucitará, en el último día, a todos y cada uno de los hombres y mujeres posibles hasta que se acabe el mundo.
El hombre, de soberana hermosura, a poco de comenzar su andadura terrenal, frustró los designios de su Padre Dios, que lo creó a su imagen y semejanza para que fuera eternamente feliz. La muerte, no prevista en los planes divinos, será el más trágico e inevitable hecho que habrá de conocer todo hijo de mujer. Sin embargo, por la Redención de otro Hombre que jamás cometió pecado, el morir dejará de ser el final de todo ser humano. Nuestro Avalista divino, al hacerse Hombre para morir y resucitar, destruyó la muerte que dejará de ser el fin irreversible de la humanidad. Fallecer es el último acto de la vida terrenal que abre las puertas del Paraíso, de la Felicidad sin medida ni tiempo para todos y cada uno de los que crean en Jesucristo.

*El cielo a la vista*

Amiga mía, amigo mío, si ha llegado hasta aquí, ahora, le certifico que Dios Padre tiene dispuesto, con divino rigor, que antes de entrar en la eternidad, cada ser humano, con independencia de su raza, condición y creencias, contemple la Pasión de su Hijo, que se disponga, si así libremente lo acepta, a corredimir con el Redentor, aportando el mérito de sus buenos actos en esta vida y en el acto de morir, su propia muerte, la que acaba de padecer. Ya sumergido en el infinito presente de la eternidad, entra en contacto con Jesucristo Crucificado y si es capaz de asumir las palabras del ladrón, que está gustando la misma muerte física que la del Autor de la vida, suplicará para salvación de su alma:
Y decía a Jesús: Acuérdate de mí cuando vinieres en la gloria de tu realeza. (Lc 23,42)
Si el espíritu del hombre, cuyo cuerpo se ha quedado en esta tierra, pudiera llorar, no podría evitar las lágrimas de contrición, que le salen como ríos, al verse contemplado por la fija y divina mirada de todo un Dios hecho Hombre que está muriendo la muerte que le redime, la muerte de un Inocente que se ha entregado a este cruento Sacrificio para salvarle a él. Aquí el tiempo no se mide, pero, si se pudiera contar, percibiríamos que, en este trance sobrenatural, un minuto son mil siglos y mil siglos un minuto. El “yo” arrepentido, con una ilimitada gratitud, oirá las palabras de Cristo, que quedaron fijas en la eternidad, para todo predestinado a la bienaventurada felicidad. Estas palabras son:
“En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. (Lc 23,43)

*El Paraíso*

La muerte puede esperar. ¿Cuánto tiempo?... el que necesite para ordenar y disponer su alma a tomar posesión del Reino que el Padre Dios le tiene preparado desde la Creación del mundo (Mt 25,34). Si estas palabras no le dicen nada, si pasa la página de esta oportunidad, si percibe que solo siente indiferencia, pues… hemos perdido el tiempo, Ud. y yo. Como sabe, no evitará la muerte, que llegará a su encuentro cuando no lo imaginaba, como no la imaginaba y dónde no lo imaginaba. Si por el contrario siente removido su corazón, apresúrese en llegarse a la Madre de Dios a esa Madre suya y mía que le está esperando… ¡tanto tiempo! Dígale bajito, a solas, desde el aposento más íntimo de su alma: “Madre mía, ayúdame, pon tú lo que a mí me falta”. Si así lo hiciere, brillará como el sol en el Reino de su Padre. (Mt 13,43).

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