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TEMA 61 SOLO TEXTO

TEMA 61   Discusión con los escribas y fariseos. (Mt 15,1-20; Mc 7,1-23; Jn 7,1)
[Jesús ya tiene dificultades para anunciar el Reino de Dios. En la Judea ya le buscan para acabar con su vida. Abandona, pues, este territorio y se emplaza en la Galilea. No obstante, desde la Judea le persiguen los escribas y fariseos que se confunden entre la multitud que sigue a Cristo escuchando palabras que jamás habían oído. Leemos]:
TEXTO CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
Tras esto anduve por Galilea, pues no quise estar por la Judea, ya que los judíos me buscaban para matarme. Se acercaron a mí unos escribas y fariseos venidos de Jerusalén y viendo a algunos de mis discípulos comer su pan con las manos no lavadas- porque los fariseos y todos los judíos, si no se lavan las manos a fuerza de puños, no comen, aferrados a la tradición de los ancianos; y al volver de la plaza, si primero no se bañan, no comen; y hay otras cosas cuya observancia recibieron por tradición, lavatorio de copas, jarros, vajilla de cobre, lechos…- me preguntaron:
—“¿Por qué no caminan tus discípulos conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen su pan con manos profanas?”
Yo, les dije:
—“Muy bien profetizó Isaías de vosotros, farsantes, según está escrito:
“Este pueblo me honra con los labios, mas su corazón anda lejos de mí; es vano el culto que me rinden, enseñando doctrinas, preceptos de hombres”.
Dejando a un lado el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres. Anuláis por las buenas el mandamiento de Dios, para mantener vuestra tradición.
 Porque Moisés dijo:
 “Honra a tu padre y a tu madre”, y “El que maldijere al padre o a la madre, muera sin remisión”.
Vosotros empero decís:
“Si un hombre dijere al padre o a la madre: Queda declarado KORBAN, que, es decir: ofrenda, todo lo mío que pudieras reclamar en tu provecho”, no le dejáis ya hacer nada por el padre o por la madre, rescindiendo la palabra de Dios con vuestra tradición que os transmitisteis de unos a otros; y semejante a éstas en este género hacéis muchas cosas”.
Dirigiéndome a la muchedumbre les dije:
  —“Escuchadme todos y entended. No lo que entra en la boca ensucia al hombre; mas lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre. Quien tenga oídos para oír escuche”.
Y dejando a la gente, entramos en casa, y llegándose mis discípulos, me dijeron:
—“¿Sabes que los fariseos al oír tales palabras se escandalizaron?”
Les dije:
—“Todo plantío que no plantó mi Padre celestial será arrancado de raíz. Dejadlos: son ciegos, guías de ciegos; y si un ciego guía a un ciego, ambos dos caerán a la hoya”.
Tomando Pedro la palabra, dijo:
—“Maestro decláranos la parábola que dijiste a la gente”.
Le contesté:
—“¿También vosotros tenéis tan poca inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra en el hombre no es capaz de contaminarle, pues que no entra en su corazón, sino en su vientre, y de allí va a parar a la letrina? Todos los alimentos son puros. Mas las cosas que salen de la boca, del corazón salen, y éstas son las que contaminan al hombre. Porque de dentro del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos: fornicaciones, hurtos, homicidios, adulterios, codicias, maldades, dolo, libertinaje, mal ojo, maledicencia, soberbia, privación del sentido moral; todas esas cosas malas de dentro salen y contaminan y ensucian al hombre; que el comer con las manos sin lavar no ensucia al hombre”.
COMENTARIO
Como se puede apreciar, la Concordancia solo ha usado, en este pasaje, un versículo de san Juan (Jn 7,1). Un corto párrafo con el que se pone en conocimiento, de quien está leyendo, la pretensión de los judíos de Jerusalén: quieren asesinar a Jesús.
San Lucas no nos ha dejado nada de este comienzo del año 3º de la predicación pública de Jesús. La concatenación de los textos de san Mateo y san Marcos da lugar a la única narración que acabamos de leer. ¿Qué comentario puedo añadir a unas palabras divinas, tan meridianas y entendibles para cualquier mente humana, sea cual sea su cultura?

TEMA 62 SOLO TEXTO

TEMA 62   La hija de la cananea. (Mt 15,21-28; Mc 7,24-30)
[Insisto de nuevo. La sola lectura de uno solo de los evangelistas me deja en el olvido los muy interesantes matices del otro que también haya relatado el pasaje que nos ocupe. O tengo delante los dos textos para ver sus diferencias o concuerdo los versículos para tener un solo Evangelio. Y esto es lo que he hecho en forma autobiográfica.]
TEXTO CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
Levantándonos, partimos de allí a los confines de Tiro y de Sidón. Y he aquí que una mujer cananea, gentil, sirofenicia de raza, cuya pobre hija tenía un espíritu inmundo, habiendo oído de mí, salida de aquellos confines, daba voces diciendo:
—“¡Apiádate de mí, Señor, Hijo de David; mi hija está malamente endemoniada!”
Yo no le respondí y llegándose mis discípulos, me rogaban diciendo:
—“Despáchala, que viene gritando detrás de nosotros”.
Mas Yo les dije:
—“No fui enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.
Entramos en una casa, no queriendo que nadie lo supiese, pero no logré pasar inadvertido. La mujer llegándoseme, se postró a mis pies y me rogaba lanzase al demonio de su hija.
Decía:
—“¡Señor, socórreme!”[1]
Le dije:
—“Deja que primero se sacien los hijos; que no es justo tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos”.
Ella respondió:
—“Sí, Señor, que también los perrillos debajo de la mesa de sus amos, comen de las migajas que caen de la mesa y que tiran los niños”.
Y admirado, le dije:
—“¡Oh mujer, grande es tu fe!;[2] por eso que has dicho, hágase contigo como quieres; anda, ha salido de tu hija el demonio”.
Quedó sana su hija desde aquella hora. Y marchándose a su casa, halló a la niña echada sobre la cama y salido el demonio.
COMENTARIO
San Mateo, pone en boca de esta mujer unas palabras preciosas que omite san Marcos. Dice san Mateo (Mt15,22): Y he aquí que una mujer cananea, salida de aquellos confines, daba voces, diciendo: “¡Apiádate de mí, Señor, Hijo de David; mi hija está malamente endemoniada!”.
Esta cananea es la única mujer del Evangelio que requiere a Jesús con este nombre: “Hijo de David”. Un poco más adelante se lo oiremos decir al ciego Bartimeo. El espectáculo que estaba armando esta madre tuvo que ser muy notorio. Gritaba y gritaba… ¡Hijo de David!… ¡Hijo de David!”. Solo san Mateo (Mt 15,24) nos dice: Mas Él no le respondió palabra. Y llegándose sus discípulos, le rogaban diciendo: “Despáchala, que viene gritando detrás de nosotros”.
Otros detalles se pueden apreciar, pero esto lo dejo a la curiosidad de quien esté leyendo esta página. La Concordancia nos ha dejado el texto como lo acabamos de leer. Inserto a continuación el comentario que me sugiere este pasaje evangélico que titulo:

+LA OMNIPOTENCIA DE UNA MADRE QUE SUFRE+

Al comenzar el tercer año de su vida pública, Jesús decidió marchar a las tierras de Fenicia. Una mujer de aquella zona tenía noticias del poder de este Judío al que se le conocía por el Hijo de David. Era madre de una hija y de un inmenso dolor, pues su pobre niña padecía de una endemoniada enfermedad. Esta mujer sabe que Jesús está en la Decápolis y decide llegarse hasta el Taumaturgo de la Judea para suplicarle la curación de su hija, con una Fe tan grande como su angustia.
El corazón de esta madre es un ejemplo irrepetible de compasión, pues sufre en sí misma el padecer de su hija, un ejemplo de entereza, de perseverancia, de Fe y de humildad. Sin respetos humanos gritaba con todas sus fuerzas tratando de abrirse paso entre la multitud que acompañaba a Jesús. Fue recriminada por el escándalo de sus gritos, pero este, quizá, trato vejatorio no le disuadió de su empeño, gritaba y gritaba con el propósito de llegar a la cabeza de la multitud y encontrarse con Aquel que ella buscaba con pertinacia sobrehumana. Jesús era su única esperanza.
“¡Hijo de David, Señor, apiádate de mí!”.
Estas son las palabras que se repetían, como lamentos a gritos, por una mujer no judía cuya Fe solo es comparable con la de otro personaje también gentil y no judío, el centurión de Cafarnaúm. Ambos dejarán estupefacto al Hijo de Dios, que se sorprenderá de la seguridad con la que sus interlocutores le demandan un milagro que será consumado a distancia, sin presencia de los afectados, con el simple asentimiento de su voluntad humana y divina.
Con desmedida perseverancia, esta mujer, alcanza al Señor que buscaba, ya dentro de la casa a donde iba, y precisamente no la recibe con los brazos abiertos. Con todo el peso de su amargura, esta madre, sin ningún respeto humano y quizá, sin ninguna lágrima porque ya las había agotado todas, se echa a los pies de Jesús diciendo:
“Señor, socórreme”.
Cristo le hará comprender a esta mujer lo que nosotros nunca hemos comprendido, que su Persona, su palabra, su misión estaba, en un principio, reservada a los hijos de la Promesa, le hará comprender que esta es la Voluntad de su Padre Dios, con unas palabras tan duras como grande fue la necesaria impertinencia de esta madre, sin más esperanza para la curación de su hija que el arrancar de este Hombre el favor que por lo demás no parecía estar determinado a concederle.
Sin perder el ánimo, esta mujer parece conocer, más o menos de antemano, que su Interlocutor estaba reticente a concederle semejante demanda. Ella, que no era judía, podía esperar las lacerantes palabras de Cristo, a las cuales contesta con otras que evidencian un prodigio de humildad, unas palabras pronunciadas con la sencilla espontaneidad de una madre sirofenicia y quizá algo de ellas lo traía ya preconcebido desde lo más profundo de su alma. La respuesta que oye Jesús de boca de esta cananea le maravilla. No veremos a Cristo en otra circunstancia que manifiestamente le sorprenda más que le sorprenden la Fe y las palabras de esta mujer:
“¡Oh mujer, grande es tu fe!; por eso que has dicho, hágase contigo como quieres; anda, ha salido de tu hija el demonio”.
La mujer se marchó a su casa y encontró a su hija echada sobre la cama y el demonio salido de ella. Solo en un corazón de madre se puede dar la virtud de la esperanza, de la Fe, de la perseverancia y de la humildad en un grado de perfección tan alto como para arrancar de la Misericordia divina el milagro no previsto por la Justicia divina. Solo a un corazón de mujer se le puede ocurrir semejante oración:
“Señor, si conviene, concédeme lo que te pido y si no conviene haz que convenga”
(Santa Teresa de Jesús).




[1] En dos palabras se aprecia el inmenso dolor de una madre que pide socorro para ella, que sufre en sí las consecuencias del mal espíritu de su hija.
[2] Cristo vuelve a sorprenderse con la fe de una persona que no era judía. Vendrá a tener la misma sensación que tuvo con la fe del centurión. Obrará, en ambos casos, el milagro a distancia, con solo ejercer su Voluntad de Hombre y de Dios. La oración perseverante, la pertinaz demanda al Corazón de Cristo culmina con la consecución de lo que con tanta ansia se pide.

TEMA 63 SOLO TEXTO

TEMA 63   Curación de un sordomudo. Multitud de curaciones. (Mc 7,31-37; Mt 15,29-31)
[De este milagro del sordomudo y de la forma con el que Cristo le cura solo tendremos constancia por san Marcos. Leemos]:
TEXTO CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
De nuevo saliendo de los confines de Tiro, me encaminé por Sidón hacia el mar de Galilea, pasando por medio de los términos de la Decápolis. Me presentaron un sordomudo rogándome que pusiera mi mano sobre él. Lo tomé aparte, lejos de la turba, introduje mis dedos en sus orejas y con saliva toqué su lengua; y levanté los ojos al cielo suspirando y dije:
—“Effatá” (Ábrete).
Y al punto se abrieron sus oídos, y se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Les ordené que a nadie lo dijesen, mas cuanto más lo ordenaba, tanto más y más ellos lo divulgaban. Y asombrados decían:
—“Todo lo ha hecho bien, y hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.
 Marchando de allí, llegamos a la ribera del mar de Galilea y subiendo a la montaña me senté y vinieron a mí grandes muchedumbres llevando consigo, cojos, ciegos, sordos, mancos y muchos otros que dejaron a mis pies. Yo les curé a todos de suerte que la muchedumbre se maravillaba al ver oír a los sordos, sanos a los mancos, caminar a los cojos, tener vista los ciegos; y glorificaban al Dios de Israel.[1]
COMENTARIO
Si se para a pensar conmigo, comprenderá que aquí, el Señor ha hecho tres milagros en un solo acto de su Voluntad. En el primero concede al sordo la potestad de oír. En el segundo su mudez desaparece. En el tercero se le concede la facultad de hablar correctamente. Un sordomudo, si no es por la acción divina, no adquiere súbitamente la vocalización necesaria para entenderse con los demás en el caso de ser curado de forma natural.
El Evangelio no contabiliza el número de milagros realizados en estos tres años de vida pública de Jesús, pero debieron de contarse por miles los hechos extraordinarios que aquellas gentes contemplaron. Hechos sobrenaturales del Taumaturgo y también de sus propios discípulos, que, invocando su nombre, se consumaban ante los maravillados ojos de las gentes.




[1] Estamos ante un hecho histórico. Miles de hombres y mujeres, niños y ancianos, sanos y enfermos se llegaron a Cristo que ejercía su Omnipotencia al servicio de su Misericordia. Una multitud maravillada de contemplar milagros inauditos, una multitud que glorificaba al Dios de Israel, a este Dios que no es Otro que el mismo Padre de Cristo, este Padre suyo y mío para el que no existe el tiempo ni el espacio tal y como Ud. y yo, lo entendemos, un Padre del alma, último destino de su existencia y la mía.

TEMA 64 SOLO TEXTO

TEMA 64   Segunda multiplicación de los panes y los peces. (Mt 15,32-38; Mc 8,1-9)
[Gracias a san Mateo y san Marcos sabemos de otro milagro portentoso de multiplicación de panes y peces. He buscado en el Programa Concordante la palabra “compasión” y he comprobado que Jesús solo la pronuncia en esta ocasión. Sintió pena por la multitud que le seguía. Esta fue la razón principal que motivó este nuevo milagro. Jesús tiene un Corazón de Hombre, que se enternece con el padecer de los hombres. Si este Cristo mío y Jesús de mi alma se conmueve por una pasajera necesidad material, cuánto más será su compasión y Misericordia por aquel hombre o mujer que sobrelleva la profunda amargura de una adversidad inesperada. ¿Verdad que me entiende?]:
TEXTO CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
Y como de nuevo no tuviesen que comer, llamé a mis discípulos diciéndoles:
—“Siento compasión de esta muchedumbre, pues ya tres días permanecen conmigo y no tienen qué comer, y si los despidiere ayunos a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos”.
Dijeron mis discípulos:
—“¿De dónde podrá uno aquí, en la soledad, saciar a éstos de panes?”
Les pregunté:
—“¿Cuántos panes tenéis?”
Me contestaron:
—“Siete”.
Mandé a la gente se sentase en el suelo y tomando los siete panes, haciendo gracias, los partí y los di a mis discípulos para que los sirviesen. Tenían también unos pescadillos que bendije y mandé que los sirviesen. Y comieron todos y se saciaron, y de los pedazos sobrantes retiraron siete espuertas llenas. Y los que comieron eran cuatro mil hombres, sin contar niños y mujeres.

TEMA 65 SOLO TEXTO

TEMA 65   La señal del cielo y la levadura de los fariseos. (Mt 15,39; Mt 16,1-12; Mc 8,10-21)
[Sigue el curso cronológico del Evangelio unificado, en este caso, con solo los textos de san Mateo y san Marcos. Leemos]:
TEXTO CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
Una vez despedida la turba, subí a la barca con mis discípulos y vinimos a la región de Dalmanuta y Magadán. Y saliendo los fariseos y saduceos comenzaron a discutir conmigo, demandándome alguna señal procedente del cielo, con ánimo de tentarme. Les dije:
-Al caer la tarde decís:
“Habrá buen tiempo, porque el cielo se arrebola con aspecto sombrío”.
El semblante del cielo sabéis discernir, ¿y las señales de los tiempos no podéis?”
Gimiendo en mi Espíritu, dije:
—“¿Para qué esta generación demanda una señal? En verdad os digo, una generación perversa y adúltera reclama una señal, y señal no se le dará sino la señal de Jonás”.
Dejándoles, embarcando de nuevo, me fui a la ribera opuesta. Mis discípulos se habían olvidado de tomar panes y solo tenían un pan en la barca. Yo les prevenía diciendo:
—“Tened ojo y guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos y de la levadura de Herodes”.
Ellos entre sí discurrían:
—“Que no hemos tomado panes…”
Advirtiéndolo les dije:
—“¿A qué viene el discurrir entre vosotros, menguados de fe, sobre que no tenéis panes? ¿Todavía no reflexionáis ni entendéis? ¿Tenéis encallecido vuestro corazón? ¿Teniendo ojos, no veis, y teniendo oídos, no oís? ¿No recordáis, cuando partí los cinco panes entre los cinco mil, cuántos canastos llenos de pedazos recogisteis?”
Dijeron:
—“Doce”.
—“Y cuando los siete entre los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de pedazos recogisteis?”
Dicen:
—“Siete”.
—“¿Cómo no caéis en la cuenta de que no os hablé de panes? Guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos”.
Comprendieron entonces que habían de guardarse de la doctrina de los fariseos y saduceos.[1]
COMENTARIO
Invito, a quien está leyendo, que abra sus Evangelios por este pasaje y vea cómo san Marcos nos muestra el estado de ánimo que debió de asistir a Jesús cuando ha de contestar a unos fariseos que le demandan una señal y a unos discípulos mezquinos y sin Fe. Así es, dice san Marcos:
Y salieron los fariseos y comenzaron a discutir con él, demandando de él alguna señal procedente del cielo, con ánimo de tentarle. Y gimiendo en su Espíritu, dice:
“¿Para qué esta generación demanda una señal? En verdad os digo, no se dará señal a esta generación”.
Cristo gime, se siente dolido ante la maldad de sus adversarios. Se entristece al comprobar que su mensaje no es entendido. Se vuelve a sus discípulos para hallar comprensión y ¿con qué se encuentra?: Con unos hombres pusilánimes, incapaces de comprender el sentido sobrenatural de los milagros que han contemplado. Dice, apesadumbrado, Jesús:
"¿No comprendéis todavía?"
Ya hemos leído muchas páginas. A mí, también, se me ocurre hacerle esta misma pregunta:
¿No comprende todavía?




[1] ¿A quién se escogió Jesús como ayudantes? ¡No lo entendían! Solo Dios no puede desmoralizarse con semejantes discípulos. En cualquier caso, el Corazón de Cristo tenía motivos para entristecerse. La ramplonería mental de la que hacemos gala los que nos contemplamos creyentes, cristianos, se pone de manifiesto cada día, cada hora, cada minuto. Somos imprevisibles, capaces de lo mejor y de lo peor. Dios espera toda una vida con tal de ganarse a un hijo en un minuto. Cristo redime al hombre con su vida, su muerte y sus tristezas, éstas que propiciamos con nuestra mezquindad.

TEMA 66 SOLO TEXTO

TEMA 66   El ciego de Betsaida. (Mc 8,22-26)
[Esta escena solo es de san Marcos. El único milagro de Jesús ejecutado en dos partes. Leemos]:
TEXTO CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
Llegamos a Betsaida y me traen un ciego rogándome que le tocara. Cogiendo la mano del ciego lo saqué fuera de la aldea y habiendo escupido en sus ojos y puestas mis manos sobre él le pregunté:
—“¿Ves algo?”
El ciego alzando los ojos decía:
—“Veo los hombres…me parecen árboles…los veo caminar”.
De nuevo puse mis manos sobre sus ojos y distinguió claramente todas las cosas y le dije:
—“No entres siquiera en el pueblo”.

TEMA 67 SOLO TEXTO

TEMA 67   La confesión y el primado de Pedro. (Mt 16,13-20; Mc 8,27-30; Lc 9,18-21)
[Observo que san Juan no nos ha dicho nada de este importantísimo acontecimiento. Sin embargo, al principio de su Evangelio, nos señala que cuando Cristo ve a Simón por primera vez, clava sus divinos ojos sobre él, le anuncia algo que el pescador no pudo comprender. El versículo de san Juan (Jn 1,42) dice: Poniendo en él los ojos, dijo Jesús: “Tú te llamarás Cefás” [que significa Pedro o Piedra].  San Juan, cuando decide escribir su Evangelio ya conoce lo escrito por los Sinópticos. No añade más, solo hace esta observación con la que, veladamente, nos muestra la divinidad de Jesús, un Hombre que conoce con anticipación los hechos que se han de consumar en el futuro. Leemos]:
TEXTO CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
Al día siguiente salí con mis discípulos hacia las aldeas de Cesárea de Filipo. Después de haber orado a solas, llegándome a mis discípulos les pregunté:
—“¿Quién dicen las turbas ser el Hijo del hombre?”
Contestaron:
—“Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros diferentes, que Jeremías, otros, que algún profeta de los antiguos ha resucitado…”
—“Y vosotros, ¿quién decís que Soy?”
Tomando Pedro la palabra dijo:
—“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios viviente”.
Yo le respondí:
—“Bienaventurado eres Simón Barjoná, pues que no es la carne y sangre quien te lo reveló, sino mi Padre, que está en los cielos. Y Yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no podrán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los cielos, y cuanto atares sobre la tierra, quedará atado en los cielos; y cuanto desatares sobre la tierra, quedará desatado en los cielos”.[1]
Ordené terminantemente a mis discípulos que a nadie dijesen ser Yo el Mesías.
COMENTARIO
Si Cristo ya anticipó que Simón sería la Piedra de la Iglesia, no podíamos esperar que fuera otro Apóstol el que, adelantándose a todos, manifestase, solemnemente, que su Maestro era el Mesías.
Un judío no podía esperar mayor felicidad que ser testigo de la realidad palpable del Mesías que había de venir y que ya está delante de sus ojos. La Esperanza de Israel, del pueblo judío, portentosamente escogido por Dios, se ha hecho notoria realidad. Jesús, el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, el Hijo de María, una Virgen judía, ha bajado del cielo y se ha hecho Hombre como nosotros menos en el pecado.
Si solo tuviera delante los Evangelios de san Marcos y de san Lucas, observaría que, para describir este transcendental suceso, ambos no han empleado más de 75 palabras. San Mateo, sin embargo, ha sido más generoso, con una redacción de más del doble de la cifra mencionada. Además, por san Mateo, descubrimos la gravedad y solemnidad de las palabras de Cristo dirigidas al aturdido Pedro. Observe, quien está leyendo, las palabras de Cristo a su Apóstol preferido:
“Bienaventurado eres Simón Barjoná, pues que no es la carne y sangre quien te lo reveló, sino mi Padre, que está en los cielos. Y Yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no podrán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los cielos, y cuanto atares sobre la tierra, quedará atado en los cielos; y cuanto desatares sobre la tierra, quedará desatado en los cielos”. (Mt 16,17-19)
Unos poquitos meses después, el Hijo de Dios, resucitado, dará cumplimiento a estas palabras y san Pedro será la Piedra en la que está edificada la Iglesia, esta Iglesia en la que quiero vivir y morir.
Termino esta reflexión preguntándome cuales son los argumentos para que un judío de hoy no suscriba la afirmación de un judío de ayer. ¿A qué Mesías espera el pueblo judío del siglo XXI?




[1] Roma tiene este privilegio divino. Lo que Roma ate en la tierra, atado para siempre, queda en el cielo, lo que desate en este mundo, para siempre, queda desatado en el otro. El que no cree en el único Pedro no sé qué cielo le espera. Mi esperanza se fundamenta con la Fe en la Iglesia de Cristo, la única Iglesia que reconozco bajo la paternal autoridad de quien Él mismo se escoge para ser su Roca sobre la que se fundamenta la única verdad que salva, la Verdad de Pedro, la única, la que es Verdad de Cristo.

TEMA 68 SOLO TEXTO

TEMA 68   Les anuncio claramente mi muerte. (Mt 16,21-28; Mc 8,31-38; Lc 9,22-27)
[Cristo tiene asumido que ya se encamina hacia el final de su vida terrenal. Ya conoce su destino final e incluso de qué forma ha de morir. Ha consolidado la jerarquía de Simón Pedro y a su vez este ha tomado conciencia de este privilegio. El pobre pescador de Galilea no imagina el supremo sacrificio que esta elección le supondrá. Ahora, Simón Barjoná asume el rango de su nombramiento con una mirada terrena, se siente lugarteniente de un Mesías libertador del pueblo judío, un Hombre con poder sobrenatural que, inminentemente, se va a poner en práctica. ¿Que su Maestro va a morir crucificado…? esto le es imposible entender y además le pone de mal humor.  Desde este momento, Jesús comienza a declarar sin ambages que en breve va a ser Crucificado, va a morir con excruciante muerte de Cruz. Leemos]:
TEXTO CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
A partir de este momento comencé a manifestar a mis discípulos lo siguiente:
—“El Hijo del hombre tiene que ir a Jerusalén y padecer muchas cosas y ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y ser entregado a la muerte y al tercer día resucitar”.[1]
Esto les declaraba abiertamente y tomándome consigo Pedro, comenzó a reconvenirme, diciendo:
—“¡No lo consienta Dios! Señor, de ningún modo te acaecerá tal cosa”.
Mas Yo, volviéndome hacia mis discípulos, increpé a Pedro, diciendo:
—“¡Vete de aquí, quítateme de delante, Satanás, piedra de escándalo eres para mí, pues tus miras no son las de Dios, sino las de los hombres!”
Llamé a la gente que viniera a mí y junto con mis discípulos les dije:
—“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y tome a cuestas su cruz de cada día y sígame.[2] Porque quien quisiere poner a salvo su vida, la perderá; mas quien perdiere su vida por mí y por el Evangelio, este la salvará. Pues, ¿qué provecho saca el hombre ganando el mundo entero, pero perdiéndose o perjudicándose a sí mismo? ¿Qué podrá dar un hombre a cambio de recuperar su alma?[3]
Porque quien se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando viniere en su gloria y en la de su Padre y de los santos ángeles. Porque el Hijo del hombre ha de venir: y entonces dará en pago a cada cual conforme a sus actos.
En verdad os digo que hay algunos de los que aquí están presentes que no gustarán la muerte sin que antes vean el Reino de Dios venido en poderío y al Hijo del hombre viniendo en su realeza”.
COMENTARIO
Acabamos de leer, en un solo texto, lo que tres diferentes hombres escriben al respecto. Si comparo lo que arriba está escrito con cada uno de los Sinópticos comprobaré que la lectura concordada me dice más que lo que lea por separado.
San Mateo y san Marcos dicen que para seguir a Jesús hay que cargar con la cruz. San Lucas dirá lo mismo, pero especificando un poco más: “con la cruz de cada día”. ¿Se entiende esto?
San Mateo y san Lucas manifiestan que aquél que ponga en juego su vida e incluso que la pierda por Jesús, la encontrará, la salvará. Sin embargo, san Marcos nos dice que aquel que ponga su vida en riesgo, que la pierda por el Evangelio, la salvará.
Con diferentes palabras, pero con el mismo sentido, afirmarán los tres:
 “¿De qué le vale al hombre conquistar el mundo entero si a cambio pierde su alma?”
Por último, los tres, nos aseguran, rotundamente, que Jesús, el Hijo del hombre, vendrá, de nuevo, en su gloria, en la gloria de su Padre y con los ángeles del cielo.





[1] Cristo revela palmariamente su destino. Ya lo conoce, lo conoce desde siempre como Dios y en el misterio de su inteligencia humana desde Niño. Esta reflexión es su pensamiento dominante, un supremo abandono en la Voluntad de su Padre que ordenará los acontecimientos para que se cumpla lo que está escrito.
[2] La cruz de cada día es inevitable. O la llevas con garbo detrás de Él, negándote a ti mismo por amor a su Persona, o esta misma cruz, sin Fe, te hunde en desesperanza.
[3] Consumes una vida sin vivirla por conseguir las cosas de este mundo. Cuando ya las crees tener no queda tiempo para disfrutarlas, además tu alma está embotada y en riesgo de perderse para siempre. ¿Qué vale lo que has ganado? Los restos de cuatro seres queridos, al cabo de pocos años, los he visto ocupar solamente una capacita en la esquina de una fosa del cementerio.

TEMA 69 SOLO TEXTO

TEMA 69   Transfiguración en el Tabor. (Mt 17,1-13; Lc 9,28-36; Mc 9,1-13)
[Leer el Evangelio, con atención, supone que no has pasado una página muy interesante, cuando pasas a otra que despierta, todavía más, el interés y la curiosidad por saber cómo acaba la nueva escena que se presenta con una fuerza de sobrenatural viveza. La Concordancia nos muestra]:
TEXTO CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
De seis a ocho días después, tomé a Pedro a Santiago y a Juan y subí con ellos a un monte elevado para orar. Y mientras estaba orando, me transfiguré en presencia de ellos. Cambió mi rostro que relumbraba como el sol y mis vestiduras se pararon blancas como la luz, centelleantes y relampagueantes, blancas en extremo, cuales ningún batanero sobre la tierra es capaz de blanquearlas así.
Dos varones circundados de gloria me hablaban, eran Moisés y Elías, sobre el tránsito que Yo realizaría en Jerusalén. Pedro, Juan y Santiago estaban cargados de sueño; mas despertando vieron mi gloria y la de Moisés y Elías. Y cuando Moisés y Elías se retiraron díjome Pedro:
—“Señor, Maestro, que buena cosa es estarnos aquí; si quieres, haré aquí tres tiendas: una para Ti, una para Moisés y una para Elías”.
Pedro no sabía lo que decía, pues estaba fuera de sí por el espanto. Y estando todavía hablando, de pronto se formó una nube luminosa que los cubría y se llenaron de miedo. Y he aquí una voz salida de la nube que decía:
“Este es mi Hijo querido, el Elegido, en quien me agradé, escuchadle”.[1]
Mis discípulos cayeron sobre su rostro y se atemorizaron sobremanera. Mas Yo acercándome a ellos los toqué y dije:
—“Levantaos y no tengáis miedo”.
Súbitamente, alzando sus ojos y echando una mirada en rededor, a nadie ya vieron sino solo a mí. Y mientras bajábamos del monte les ordené diciendo:
—“A nadie digáis la visión hasta que el Hijo del hombre hubiere resucitado de entre los muertos”.
Y guardaron la cosa para sí. Y se preguntaban qué era aquello de resucitar de entre los muertos. Y me preguntaban diciendo:
—“¿Cómo dicen los escribas que Elías ha de venir primero?”
Yo les dije:
—“Elías, ciertamente, viniendo primero, restaurará todas las cosas; ¿y cómo está escrito del Hijo del hombre que ha de padecer muchas cosas y ser menospreciado? Pues bien, os digo que sí ha venido Elías y que hicieron con él cuanto quisieron, según está escrito de él. Elías ya vino y no le reconocieron. Así también el Hijo del hombre ha de padecer a manos de ellos".
Entonces comprendieron mis discípulos que les había hablado de Juan Bautista.
COMENTARIO
Pedro, Santiago y Juan, serán testigos de una visión y de una audición celestial, extraordinaria. Verán a su Maestro que brilla resplandeciente en estado de oración. Verán las figuras radiantes de Moisés y Elías que hablaban con Jesús. ¿Cómo reconocieron que los dos varones eran Moisés y Elías? Estamos ante un hecho sobrenatural y en este contexto debemos interpretar que los Apóstoles así lo captaron, de manera infusa.
Ahora es el momento de reclamar la atención de quien está leyendo. Comprenda cual ha sido la filosofía concordante con la que se ha hecho este trabajo de concatenar adecuadamente los diferentes textos de los Evangelios. Para ello nos fijaremos en las palabras del Padre.
Dice san Mateo:
“Este es mi Hijo querido, en quien me agradé; escuchadle”.
Dice san Marcos:
“Este es mi Hijo querido; escuchadle”.
Dice san Lucas:
“Este es mi Hijo, el elegido: escuchadle”.
Dice la Concordancia:
“Este es mi Hijo querido, el Elegido, en quien me agradé, escuchadle”.




[1] Esta es la voz del Padre, del Padre del Verbo, de su Palabra. El Padre se agrada en su Hijo e invita a escucharle, a escuchar su Palabra hecha Hombre como nosotros, menos en el pecado, pero un Hombre que conoce al hombre porque tiene alma de hombre y carne de hombre. En el Bautismo, el Padre presentará a su Hijo tal y como ahora lo hace, pero aquí, el Padre dirá que este es su Elegido y además pide como Padre y como Dios que le escuchemos y esto, precisamente, es lo que estamos haciendo, escuchar, en sagrado silencio, la Palabra de Dios leída según el mismo Cristo la viene susurrando a nuestro corazón.