TEMA 10 SOLO TEXTO

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TEMA 10

Epifanía y huida a Egipto. (Mt 2,1-15)


[La lógica secuencia cronológica del Evangelio concordado nos lleva, ahora, a fijarnos en este pasaje de san Mateo que dice]:

SOLO TEXTO CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO

Por aquellos días llegaron a Jerusalén unos Magos venidos de las regiones orientales y decían:

—“¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y venimos a adorarle”.

Al oír esto, el rey Herodes se turbó y toda Jerusalén con él. Y convocados todos los jefes de los sacerdotes y los escribas del pueblo, se informó de ellos sobre dónde había de nacer el Mesías. Y ellos le dijeron:

—“En Belén de Judá, pues así está escrito por el profeta:

“Y tú Belén, tierra de Judá, de ningún modo eres la menor entre las principales ciudades de Judá; porque de ti saldrá un Jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”.

Entonces Herodes, habiendo llamado secretamente a los Magos, se informó exactamente de ellos acerca del tiempo en que había aparecido la estrella; y enviándolos a Belén dijo:

—“Id y tomad exacta información acerca del Niño; y cuando le hubiereis hallado, dadme aviso, para que yo también vaya y le adore”.

Después de oír al rey, se pusieron en camino y de repente la estrella que vieron en el Oriente, iba delante de ellos, hasta que llegando hasta donde Yo me encontraba se paró encima. Al ver la estrella, sintieron grandísimo gozo. Y entrando en la casa, me vieron con María, mi Madre; y postrándose en tierra me adoraron; y abriendo sus tesoros me ofrecieron presentes, oro, incienso y mirra.

Avisados en sueños que no volvieran a Herodes, se tornaron a su tierra por otro camino. Así que los Magos hubieron partido, he aquí que un ángel se apareció en sueños a mi padre, José, diciéndole:

—“Levántate, José, toma contigo al Niño y a su Madre y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al Niño para matarlo”.

Él, levantándose de noche, nos tomó a mi Madre y a mí y se refugió en Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que había dicho mi Padre por boca del profeta:

“De Egipto llamé a mi Hijo”.

COMENTARIO DEL INGENIERO

Aceptando que la fuente de información, con la que san Mateo describe estos hechos fuera, también, la Virgen María, deberíamos admitir que así se presentaron estos hombres a la Madre del Niño Dios y así fue como ella entendió que, efectivamente, Magos eran, hombres fuera de lo común, personajes muy ilustres venidos de lejanas tierras, que de alguna forma acreditaron su sabiduría. ¿Eran reyes?, pudiera ser. ¿Fueron tres? pudiera ser. No lo sabemos con certeza, sin embargo, no hay por qué dudar de la tradición cristiana de muchos años, que nos asegura la realeza de estos hombres e incluso los nombres con los que hoy los conocemos: Melchor, Gaspar y Baltasar.

La entrada en escena de estos Magos de Oriente se nos presenta en el Evangelio con cierta aureola de misterio. Llegan de lejanas tierras a Jerusalén, preguntando por el Rey de los judíos. La ciudad se turbó. ¿Por qué se turbó? Debe entenderse que estos magos se mostraban con ciertas credenciales de autoridad, tanta como para que el mismo rey Herodes tuviera a bien recibirlos. Seguramente traían un séquito importante que a su vez le daría publicidad a su llegada y a su pregunta, que no era otra que interesarse por el Mesías, que tanto tiempo estaban esperando los judíos.

Nos sorprende que vinieran guiados por una luminosa estrella, que en el cielo se movía, desde sus alejados reinos hasta esta pequeña aldeíta de Belén. La estrella se detuvo encima de la casa donde estaba el Niño y ellos sintieron un gran gozo. No menos desconcertantes son los presentes que ponen a los pies del Niño, al que adoran, postrándose en tierra. Estos sabios ¿reconocieron al Hijo de Dios en este hermoso Niño?

Un viaje tan largo se entendería para traer tesoros desconocidos en tierras de Judea, pero no fue así. Trajeron oro, incienso y mirra. ¿Es que no había en Israel tales presentes? El evangelista pone a nuestra consideración el misterio de la Epifanía, de la manifestación del Hijo de Dios a los gentiles, hombres de otras tierras muy lejanas. Sabios e insignes varones de ciencia, de otros desconocidos lugares del mundo, descubren en este Niño al Dios que se digna hacerse hombre entre los judíos, los suyos…. y los suyos no le recibieron.

San Mateo escribe una página inolvidable. El Señor se hace adorar por los gentiles antes que por los judíos. ¿Por qué? María y José, atónitos, observan la escena y confusos toman los presentes que le hacen al Niño Dios: Oro como Rey, Incienso como Dios y Mirra como Hombre. No sabemos la cantidad de cada uno de estos regalos.

Entiendo que del oro pronto tendrían que hacer uso esta Sagrada Familia con muy escasos recursos. Se divisan nubarrones por el horizonte que un poquito más adelante veremos. Del incienso, María haría, tal y como los judíos de su tiempo, una ofrenda para ser quemada como tributo de adoración al que siendo su Hijo era también su Dios. De la mirra se valdría para generar la fragancia que perfumaba la purísima carne del Niño hombre de sus entrañas.

Y llegó la noche. Pesan los párpados por el sueño. El Niño se afana con el pecho de su Madre que se acomoda para mejor amamantarle y José se dispone a descansar, justo cuando ya su esposa ha dejado a Jesús en una cunita de madera que él mismo ha hecho. Duermen los tres en profundo reposo…. De pronto, José entre luces y sombras oye la voz premiosa de un ángel que le dice:

“Levántate, toma contigo al Niño y a su Madre y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para acabar con él”.

Despierta inquieto, su mujer también, sobresaltada, ha perdido el sueño. ¿Qué ocurre? No hay mucho tiempo, el Niño está en peligro. José, con breves palabras informa a María y ambos, a toda prisa, recogen sus pocas pertenencias. La noche todavía era muy cerrada. Jesús va acurrucado en el pecho de su Madre y José eleva a su Mujer y a su Hijo a los lomos de un dócil jumento que marcha tras el hombre de la casa, un joven esposo y padre que siente como el corazón se le sale por la boca. Caminan hacia Egipto, la Madre medita, con la mirada fija en la figura de su esposo que jadea al trote de su cabalgadura, en las palabras de Simeón: “Y a ti misma una espada te traspasará el alma”. No pudo evitar sentir un súbito y gélido estremecimiento que le recorrió su inmaculado cuerpo. Entendió cuál sería, finalmente, el destino de su Hijo, del Hijo de Dios.

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