TEMA 135 SOLO TEXTO

TEMA 135   Las diez vírgenes. (Mt 25,1-13)
[¡Qué preciosa y recurrente parábola nos ha dejado, solo san Mateo! ¿Verdad que no necesita comentario? Amiga lectora: ¿qué le parece?]
TEXTO CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
—“Entonces se asemejará el Reino de los cielos a diez vírgenes, las cuales, tomadas sus lámparas, salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes. Porque las necias, tomadas sus lámparas, no tomaron aceite consigo; mas las prudentes tomaron aceite en las alcuzas junto con sus lámparas. Y como se tardase el esposo, se adormecieron todas y se durmieron. A la media noche levantóse un clamor:
“¡He aquí el esposo, salid al encuentro!”.
Entonces despertáronse todas ellas y aderezaron sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes:
“Dadnos de vuestro aceite, pues nuestras lámparas se apagan”.
Respondieron las prudentes, diciendo:
“No sea caso que no baste para nosotras y para vosotras; id más bien a los que vendan y comprad para vosotras”.
Mas mientras ellas iban a comprar, llegó el esposo, y las que estaban prontas entraron con él a las bodas, y cerrose la puerta. Más tarde vienen también las demás vírgenes, diciendo:
“Señor, Señor, ábrenos”.
Mas él, respondiendo, dijo:
“En verdad os digo, no os conozco”.
Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora”.
COMENTARIO
No cabe duda que el ser humano elige su destino final, porque la libertad con el que Dios lo ha creado es un atributo inserto en su propia esencia de ser. La persona equilibrada es responsable de sus actos, en esta vida y en la otra, y estos serán malos o buenos tal cual ella los haya querido, porque conoce perfectamente el bien y el mal. Soberanamente, elige lo que quiere, cuando quiere, porque quiere, donde quiere. Creo que es aquí donde debo insertar el artículo que lleva por título:

+MI ÚLTIMO DESTINO+

Se dice que resucitar es: Volver la vida a un muerto. En la pupila de mis ojos se ha quedado grabada, para siempre, la figura del cadáver de un ser querido, de un amigo, de un conocido… La experiencia de la muerte contemplada en el semejante que te queda cerca, es un registro que ocupa para siempre un lugar en la memoria, que lo mantiene indeleble para toda la vida.
En esta hora, de comienzos del siglo XXI, mi generación sabe que forma parte de una población humana de, aproximadamente, siete mil millones de individuos. En el curso de mi existencia en este mundo jamás he conocido que algún habitante de este planeta, contemporáneo de mi tiempo, haya resucitado, es decir, que después de haber manifiestamente expirado, haya vuelto a la vida. Supongo, que, de esta experiencia, nadie de los siete mil millones, que ya somos, me pueda dar razón.
No pasarán cien años para asegurarse de que todos los que ahora somos y estamos ya no estaremos, dejaremos de ocupar un espacio, nos saldremos de este tiempo para, sin dejar de ser, estar en otra indefinida dimensión que no ocupa lugar. Aquí se queda el “algo” de lo que materialmente estamos hechos, un “algo” que en breve se descompondrá para terminar siendo polvo en el polvo. Sin embargo, el “yo”, que responde verdaderamente y fundamentalmente a nuestra identidad, ya no será ese “algo” que se ve y se oye, sino ese “alguien” que aquí ha dejado de verse y de oírse, pero que sin embargo subsiste más allá de la muerte. Ese “alguien” es el alma que permanece en toda su integridad, con toda su memoria, con todo su entendimiento y con toda su voluntad.
Amiga mía, amigo mío, espere unos cien añitos y será espectador de la macabra ceremonia que le presentará un cuadro con siete mil millones de difuntos que han gustado la muerte en sus múltiples y estremecedoras manifestaciones. Cuando mi vecino se muera, dejaré de ver a mi vecino, pero mi vecino no dejará de verme a mí. Cuando yo muera, al vecino que antes no veía, porque se había muerto, lo veré con mucha más lucidez, claridad y precisión.
Si mi Padre Dios dispone llamarme ahora, a partir de hoy y como máximo a cien años vista, comprobaré que estos siete mil millones de seres humanos, que son mis contemporáneos, dejarán, como yo, de ser y estar en este Planeta Tierra, para ser donde yo soy en una nueva dimensión que más o menos intuyo a la luz de la Fe y la razón humana que me asiste. Digo que intuyo, porque con esta misma razón no sé explicar.
No creo que exista ninguna persona, en su sano juicio, que esté segura de que su “yo” se acaba radical e irreversiblemente con la muerte. La muerte, en lo más genuino de nuestro entendimiento, se discierne como un tránsito a otro estado de nueva y eterna vida en el cual se ubica misteriosamente el mismo “yo” que nos define en este Planeta. Este “yo” que opera libremente, en este mundo, no se desprende de las potencias que lo animan: su memoria, su entendimiento y su voluntad, al sumergirse en la eternidad, pero llega a la misma con la última disposición que le asistió en el último segundo de su vivir en este siglo.
Esto quiere decir que muchos se adentran en el infinito rechazando libremente la Misericordia de Dios. ¿Cree que todos los habitantes de esta Tierra, al morir, desaparecemos sin dejar rastro? ¿Cree, de verdad, que por el azar vinimos a ser y hacia la nada nos encaminamos como último y fatal destino?
Cuando Moisés se acerca a la zarza, que misteriosamente arde sin consumirse, oye una voz que le dice:
Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob (Ex. 3,6)
Dios le habla en presente, de su padre, de Abrahán, de Isaac y de Jacob que ya tiempo atrás murieron. Para el mundo dejaron de ser y de estar, para Dios eran y estaban en otra dimensión que no se reconoce como los hombres reconocen el espacio y el tiempo. Cuando los saduceos interpelan a Jesucristo sobre la resurrección de los muertos, en la que no creen, el Maestro les confirmará:
Mc 12,26-27 Y acerca de los muertos, de que resucitan, ¿no leísteis en el libro de Moisés, en la zarza, cómo le habló Dios diciendo: Yo el Dios de Abrahán, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob? (Ex.3,6). No es Dios de muertos, sino de vivos. Muy errados andáis.
Lc 20,37-38 Y en cuanto a que resucitan los muertos, también Moisés lo indicó en el pasaje de la zarza, en que llama al Señor el Dios de Abrahán, y Dios de Isaac, y Dios de Jacob (Ex. 3,6); y no es Dios de muertos, sino de vivos, pues todos viven para Él.
Los hombres de hoy no hemos visto a nadie resucitar, sin embargo, conocemos que este hecho se ha dado, sin duda alguna, en los tiempos de Cristo. Somos conscientes de que el Evangelio relata veraz e históricamente, la resurrección de una niña de doce años, hija de Jairo, de un joven, hijo único de una viuda, de la ciudad de Naím, de un amigo del Taumaturgo, llamado Lázaro, cuyo cadáver llevaba tres días enterrado y estaba en avanzado estado de descomposición.
Todas y cada una de estas resurrecciones fueron notoriamente públicas por lo cual llevan el marchamo de autenticidad incuestionable. También, por el Evangelio, conocemos la Resurrección de Jesucristo, una gloriosa verdad, también histórica y pormenorizadamente relatada. Titubear, dudar o querer hacer dudar al que cree en esta auténtica verdad, es como pretender deslumbrar el sol con la luz de una cerilla.
Tal y como estos hechos están escritos, para conocimiento de todas las generaciones posibles hasta que el mundo se acabe, también hay escritos de otros hechos históricos que conforman la biografía humana desde que el hombre se reconoce como tal. El elenco de los hombres y mujeres de pública y notoria vida que han pasado por este mundo es inmenso y de sus obras, pensamientos y palabras, la Historia nos ha dejado constancia, nos ha transmitido su mensaje. Pues bien, no se conoce a nadie, que no sea Jesucristo, que haya pronunciado la siguiente afirmación:
Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en mí, aun cuando se muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre. (Jn. 11,25-26)
Estas palabras en boca de cualquier persona que no sea Jesucristo, suenan a delirio de una mente enferma. Alguien que haya o no haya leído el Evangelio, que no conozca la vida de Jesús, que fuera espectador y oyente de un discurso en boca de un hombre que se atribuyera semejante poder, se volvería por donde vino, más o menos diciendo:
 “Este sujeto es un desequilibrado, además me ha hecho perder el tiempo”.
No hay que tener muchos estudios de psicología, cuando en el curso de la vida nos sale al encuentro personajes más o menos pintorescos que nos anuncian calamidades o venturosas jornadas a la vista, si damos crédito a sus palabras, para percibir que la razón brilla por su ausencia en las cabezas de estos salvadores de patrias.
Cuando, en el Areópago de la antigua Atenas, san Pablo menciona la palabra “RESURRECCIÓN”, los atenienses suspenden el coloquio y más o menos le dicen:
“Pablo, de esto, de que los muertos resucitan, ya te escucharemos en otra ocasión”.
Y le abandonaron dibujando una sonrisa en sus rostros con la sensación de que Pablo había perdido el juicio. Y esto nos pasaría a los que tuviéramos la oportunidad de oír las palabras de Cristo en otros labios que no fueran los suyos.
Sin Fe, aunque el mismísimo Jesucristo me interpelara cara a cara para que diera crédito a sus palabras, no le creería. Pero la incredulidad no puede llegar a tal extremo que anule la razón. No puedo justificar que no creo con un “no porque no”, aunque la evidencia de la verdad que niego sea palmariamente manifiesta. En tal caso lo que demuestro, a las claras, es mi mala voluntad, de la cual algún día tendré que dar cuentas.
Si fuéramos invitados a desandar el tiempo que nos separa de la hora en la que Cristo se define a Sí mismo como la Resurrección y la Vida, prometiendo y otorgando la inmortalidad a quien cree en Él, seríamos testigos de un hecho escalofriante que se va a consumar en menos de cinco minutos de cuando aseguró semejante esperanza de eterna vida.
Jesús, rodeado de mucha gente, se dirige a la tumba de Lázaro, en la que se hayan los restos podridos de un cadáver en descomposición cuyo hedor era insoportable y con voz poderosa dice: ¡¡Lázaro ven afuera!! … Lázaro RESUCITA, y nosotros observamos cómo un hombre envuelto en un sudario sale de su tumba y entre gritos y llantos quedamos estremecidos. Cristo ha acreditado sus palabras con un hecho tremendo. Al dictado de su Voluntad divina ha consumado una RESURRECCIÓN, ha devuelto la vida a un muerto que además ya estaba comido por los gusanos.
Después de asumir la verdad, radicalmente histórica, como la que se nos acaba de presentar al entendimiento, decir que no se cree en la resurrección de los muertos es producto, no de una duda, sino de una mala Fe, de una negación de la evidencia sin más explicación que el “no porque no” de una mala voluntad. Amiga mía, amigo mío, si Ud. es de estos ¿qué sentido tiene la eternidad para su alma?
En este punto de esta reflexión, quiero afirmar que creo, sin vacilar, que cuando yo me muera el mundo no me verá más, pero yo seguiré viendo al mundo, porque no voy a desaparecer. La muerte me separa de los míos, pero yo no me separaré nunca de ellos. No estarán conmigo, pero yo si estaré con ellos, siempre. Al morir, mi Fe me asegura que mi destino no es la nada, sino el amor de un Padre que me ha esperado toda una vida, la vida mía. Me voy de este mundo, pero ¿de qué forma llego al otro? Para contestar a esta pregunta nada mejor que fijarse en las palabras de Cristo al respecto. ¿Qué dice el Hijo de Dios? Jesucristo afirma:
“Errados andáis por no conocer las Escrituras ni el poder de Dios. Los hijos de este siglo toman mujer y toman marido; mas los que fueren hallados dignos de tener parte en aquel siglo y en la resurrección de entre los muertos, ni toman mujer ni toman marido; pues ni morir ya pueden, como que son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios por ser hijos de la resurrección”. (Mt 22, 23-33; Mc 12, 18-27; Lc 20, 27-40)
¿Iguales a los ángeles? ...pues sí, esto es lo que asegura Cristo. Al final de los tiempos mi cuerpo glorificado se volverá a unir a mi alma glorificada y vendré a ser semejante a un ángel. El cuerpo tendrá que esperar a la consumación de los siglos para ser glorificado, sin embargo, mi “yo”, el alma que me identifica como quien soy, con esta memoria, con este entendimiento y con esta voluntad que me asiste como supremo tributo de mi libertad, si así mi Dios lo ha querido, tomará posesión del Reino que me estaba reservado desde antes de la Creación del mundo. ¿Se entiende esto?
Pero… ¿a dónde voy después de morir? La respuesta la tenemos, como siempre, en el Evangelio. Dos hombres crucificados, en patética agonía, mantienen un breve coloquio. Si prestamos atención, tendremos a la vista la luminosa verdad de lo que es la Misericordia y la Esperanza. No hay ninguna mujer, ni ningún hombre, que por pecador que se considere, no tenga al alcance de su mano la bienaventuranza eterna, sea cual sea la supuesta maldad de sus pecados. Amiga mía, amigo mío, estudie Ud. mismo lo que está ocurriendo en este Calvario, escuche la conversación de un ladrón arrepentido con su Redentor. Dice el ladrón crucificado:
 “Jesús, acuérdate de mí cuando vinieres en la gloria de tu realeza”. (Lc 23,42)
Y Jesús le contesta:
“En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. (Lc 23,43)
¿Quién puede dudar de esta afirmación de Jesús? Este ladrón arrepentido, este hombre, al poco de escuchar esta promesa del Redentor, murió y entró en el Paraíso, en el acto. Jesucristo va a morir y el hombre que está a su lado también. El Señor sabe que su Cuerpo y el del ladrón arrepentido se quedan en este mundo, sabe a dónde va, el ladrón no lo sabe. El Señor, no le dice a este hombre que en ese mismo día se verán en el cielo solo en espíritu. El Hijo de Dios le dirá a este otro hijo de Dios: “...hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
El alma de Cristo, subió al Paraíso haciéndose acompañar por el alma de un proscrito, por el “yo” de un delincuente arrepentido. El “Yo” de Cristo y el “yo” de este hombre, en el hoy de su crucifixión, estarán en el Paraíso y sin embargo sus cuerpos quedarán en esta tierra. Al tercer día el Cuerpo de Jesucristo resucitará, la carne y el alma se unirán de nuevo. Será un Hombre resucitado. Del cuerpo del ladrón nada sabemos. En la hipótesis más gloriosa para este hombre, que gustó semejante muerte que la de Cristo, puede suponerse que resucitó con aquellos justos que resucitaron con el Señor tal y como nos lo dice san Mateo (Mt 27,52-53). Si no resucitó, lo que de él pueda quedar está en esta tierra y no por ello, este hombre ha dejado de estar en el Paraíso junto a su Redentor, junto al mismísimo Dios que lo creó y redimió.
El bienaventurado ladrón muerto en cruz, está con el Hijo de Dios en el cielo y de esto no hay ninguna duda, porque así lo quiso el Autor de la vida. Su felicidad no está mermada porque todavía su carne no haya resucitado. Al final de los tiempos, el cuerpo con el que se le distinguía en este mundo, resucitará y de nuevo se unirá a su alma ya glorificada, a su “yo” ya bienaventurado. Una eterna y nueva vida comenzará para él, pero su dichosísima felicidad ya estaba consumada, entiendo que, en toda su plenitud, desde el mismo día en el que expiró con la misma muerte de Cristo y con Cristo.
Así pasará con nosotros, mi querida amiga, mi querido amigo. Al morir en Cristo, con Cristo y por Cristo, dejaremos nuestro cuerpo en este mundo, pero nos veremos tal y como espiritualmente somos, junto al Jesús de nuestros amores, con el mismo “yo” que nos identifica, eternamente felices en el Paraíso, si así lo quiere la Misericordia divina.
Esta es la ventana que abro a la Esperanza, escribiendo esta reflexión sobre la eternidad. Este es nuestro último destino, la vida sin fin junto a nuestro Dios Resucitado, que pagó con su vida mi filiación y su filiación divina. El hombre crucificado junto a Cristo, llegó al Calvario, evidentemente, no por robar cuatro manzanas en un mercado y sin embargo se ganó el Paraíso en el mismo día de su muerte. Entienda pues, que por mucha que sea nuestra culpa, mayor es el amor de Cristo, que es capaz de perdonarme y perdonarle, si Ud. y yo se lo pedimos, aunque sea en el último suspiro de nuestra vida. No desespere, tenga confianza, hemos llegado a tiempo y nada hay perdido, piense en este desconocido ingeniero, que interpela a su conciencia para esperarle en la eternidad.

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