[¡Qué preciosa y recurrente parábola nos ha
dejado, solo san Mateo! ¿Verdad que no necesita comentario? Amiga lectora: ¿qué
le parece?]
TEXTO
CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
—“Entonces se asemejará el
Reino de los cielos a diez vírgenes, las cuales, tomadas sus lámparas, salieron
al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes. Porque
las necias, tomadas sus lámparas, no tomaron aceite consigo; mas las prudentes
tomaron aceite en las alcuzas junto con sus lámparas. Y como se tardase el
esposo, se adormecieron todas y se durmieron. A la media noche levantóse un
clamor:
“¡He aquí el esposo, salid
al encuentro!”.
Entonces despertáronse
todas ellas y aderezaron sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes:
“Dadnos de vuestro aceite,
pues nuestras lámparas se apagan”.
Respondieron las prudentes,
diciendo:
“No sea caso que no baste
para nosotras y para vosotras; id más bien a los que vendan y comprad para vosotras”.
Mas mientras ellas iban a
comprar, llegó el esposo, y las que estaban prontas entraron con él a las
bodas, y cerrose la puerta. Más tarde vienen también las demás vírgenes,
diciendo:
“Señor,
Señor, ábrenos”.
Mas
él, respondiendo, dijo:
“En
verdad os digo, no os conozco”.
Velad,
pues, porque no sabéis el día ni la hora”.
COMENTARIO
No cabe duda que el ser humano elige su
destino final, porque la libertad con el que Dios lo ha creado es un atributo
inserto en su propia esencia de ser. La persona equilibrada es responsable de
sus actos, en esta vida y en la otra, y estos serán malos o buenos tal cual
ella los haya querido, porque conoce perfectamente el bien y el mal.
Soberanamente, elige lo que quiere, cuando quiere, porque quiere, donde quiere.
Creo que es aquí donde debo insertar el artículo que lleva por título:
+MI
ÚLTIMO DESTINO+
Se dice que resucitar es: Volver la vida a
un muerto. En la pupila de mis ojos se ha quedado grabada, para siempre, la
figura del cadáver de un ser querido, de un amigo, de un conocido… La
experiencia de la muerte contemplada en el semejante que te queda cerca, es un
registro que ocupa para siempre un lugar en la memoria, que lo mantiene
indeleble para toda la vida.
En esta hora, de comienzos del siglo XXI, mi
generación sabe que forma parte de una población humana de, aproximadamente, siete
mil millones de individuos. En el curso de mi existencia en este mundo
jamás he conocido que algún habitante de este planeta, contemporáneo de mi
tiempo, haya resucitado, es decir, que después de haber manifiestamente
expirado, haya vuelto a la vida. Supongo, que, de esta experiencia, nadie de
los siete mil millones, que ya somos, me pueda dar razón.
No pasarán cien años para asegurarse de que
todos los que ahora somos y estamos ya no estaremos, dejaremos de ocupar
un espacio, nos saldremos de este tiempo para, sin dejar de ser, estar en otra
indefinida dimensión que no ocupa lugar. Aquí se queda el “algo” de lo que materialmente estamos hechos, un “algo” que en breve se descompondrá para
terminar siendo polvo en el polvo. Sin embargo, el “yo”, que responde verdaderamente y fundamentalmente a nuestra
identidad, ya no será ese “algo” que
se ve y se oye, sino ese “alguien”
que aquí ha dejado de verse y de oírse, pero que sin embargo subsiste más allá
de la muerte. Ese “alguien” es el
alma que permanece en toda su integridad, con toda su memoria, con todo su
entendimiento y con toda su voluntad.
Amiga mía, amigo mío, espere unos cien añitos
y será espectador de la macabra ceremonia que le presentará un cuadro con siete
mil millones de difuntos que han gustado la muerte en sus múltiples y
estremecedoras manifestaciones. Cuando mi vecino se muera, dejaré de ver a mi
vecino, pero mi vecino no dejará de verme a mí. Cuando yo muera, al vecino que
antes no veía, porque se había muerto, lo veré con mucha más lucidez, claridad
y precisión.
Si mi Padre Dios dispone llamarme ahora, a
partir de hoy y como máximo a cien años vista, comprobaré que estos siete mil
millones de seres humanos, que son mis contemporáneos, dejarán, como yo, de ser
y estar en este Planeta Tierra, para ser donde yo soy en una nueva dimensión
que más o menos intuyo a la luz de la Fe y la razón humana que me asiste. Digo
que intuyo, porque con esta misma razón no sé explicar.
No creo que exista ninguna persona, en su
sano juicio, que esté segura de que su “yo” se acaba radical e
irreversiblemente con la muerte. La muerte, en lo más genuino de nuestro
entendimiento, se discierne como un tránsito a otro estado de
nueva y eterna vida en el cual se ubica misteriosamente el mismo “yo” que nos
define en este Planeta. Este “yo” que opera libremente, en este mundo, no se
desprende de las potencias que lo animan: su memoria, su entendimiento y su
voluntad, al sumergirse en la eternidad, pero llega a la misma con la última disposición que le asistió en el
último segundo de su vivir en este siglo.
Esto quiere decir que muchos se adentran en
el infinito rechazando libremente la Misericordia de Dios. ¿Cree que todos los
habitantes de esta Tierra, al morir, desaparecemos sin dejar rastro? ¿Cree, de
verdad, que por el azar vinimos a ser y hacia la nada nos encaminamos como
último y fatal destino?
Cuando Moisés se acerca a la zarza, que
misteriosamente arde sin consumirse, oye una voz que le dice:
Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de
Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob (Ex. 3,6)
Dios le habla en presente, de su padre, de
Abrahán, de Isaac y de Jacob que ya tiempo atrás murieron. Para el mundo
dejaron de ser y de estar, para Dios eran y estaban en otra dimensión que no se
reconoce como los hombres reconocen el espacio y el tiempo. Cuando los saduceos
interpelan a Jesucristo sobre la resurrección de los muertos, en la que no
creen, el Maestro les confirmará:
Mc 12,26-27 Y acerca de los muertos, de que
resucitan, ¿no leísteis en el libro de Moisés, en la zarza, cómo le habló Dios
diciendo: Yo el Dios de Abrahán, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob?
(Ex.3,6). No es Dios de muertos, sino de vivos. Muy errados andáis.
Lc 20,37-38 Y en cuanto a que resucitan los
muertos, también Moisés lo indicó en el pasaje de la zarza, en que llama al
Señor el Dios de Abrahán, y Dios de Isaac, y Dios de Jacob (Ex. 3,6); y no es Dios
de muertos, sino de vivos, pues todos viven para Él.
Los hombres de hoy no hemos visto a nadie
resucitar, sin embargo, conocemos que este hecho se ha dado, sin duda alguna,
en los tiempos de Cristo. Somos conscientes de que el Evangelio relata veraz e
históricamente, la resurrección de una niña de doce años, hija de Jairo, de un
joven, hijo único de una viuda, de la ciudad de Naím, de un amigo del
Taumaturgo, llamado Lázaro, cuyo cadáver llevaba tres días enterrado y estaba en
avanzado estado de descomposición.
Todas y cada una de estas resurrecciones
fueron notoriamente públicas por lo cual llevan el marchamo de autenticidad
incuestionable. También, por el Evangelio, conocemos la Resurrección de
Jesucristo, una gloriosa verdad, también histórica y pormenorizadamente
relatada. Titubear, dudar o querer hacer dudar al que cree en esta auténtica
verdad, es como pretender deslumbrar el sol con la luz de una cerilla.
Tal y como estos hechos están escritos, para
conocimiento de todas las generaciones posibles hasta que el mundo se acabe,
también hay escritos de otros hechos históricos que conforman la biografía
humana desde que el hombre se reconoce como tal. El elenco de los hombres y
mujeres de pública y notoria vida que han pasado por este mundo es inmenso y de
sus obras, pensamientos y palabras, la Historia nos ha dejado constancia, nos
ha transmitido su mensaje. Pues bien, no se conoce a nadie, que no sea
Jesucristo, que haya pronunciado la siguiente afirmación:
Yo soy la resurrección y la
vida; quien cree en mí, aun cuando se muera, vivirá; y todo el que vive y cree
en mí, no morirá para siempre. (Jn. 11,25-26)
Estas palabras en boca de cualquier persona
que no sea Jesucristo, suenan a delirio de una mente enferma. Alguien que haya
o no haya leído el Evangelio, que no conozca la vida de Jesús, que fuera
espectador y oyente de un discurso en boca de un hombre que se atribuyera
semejante poder, se volvería por donde vino, más o menos diciendo:
“Este sujeto es un desequilibrado, además me
ha hecho perder el tiempo”.
No hay que tener muchos estudios de
psicología, cuando en el curso de la vida nos sale al encuentro personajes más
o menos pintorescos que nos anuncian calamidades o venturosas jornadas a la
vista, si damos crédito a sus palabras, para percibir que la razón brilla por
su ausencia en las cabezas de estos salvadores de patrias.
Cuando, en el Areópago de la antigua Atenas,
san Pablo menciona la palabra “RESURRECCIÓN”, los atenienses suspenden el
coloquio y más o menos le dicen:
“Pablo,
de esto, de que los muertos resucitan, ya te escucharemos en otra ocasión”.
Y le abandonaron dibujando una sonrisa en sus
rostros con la sensación de que Pablo había perdido el juicio. Y esto nos
pasaría a los que tuviéramos la oportunidad de oír las palabras de Cristo en
otros labios que no fueran los suyos.
Sin Fe, aunque el mismísimo Jesucristo me
interpelara cara a cara para que diera crédito a sus palabras, no le creería.
Pero la incredulidad no puede llegar a tal extremo que anule la razón. No puedo
justificar que no creo con un “no porque no”, aunque la evidencia
de la verdad que niego sea palmariamente manifiesta. En tal caso lo que
demuestro, a las claras, es mi mala voluntad, de la cual algún día tendré que
dar cuentas.
Si fuéramos invitados a desandar el tiempo
que nos separa de la hora en la que Cristo se define a Sí mismo como la
Resurrección y la Vida, prometiendo y otorgando la inmortalidad a quien cree en
Él, seríamos testigos de un hecho escalofriante que se va a consumar en menos
de cinco minutos de cuando aseguró semejante esperanza de eterna vida.
Jesús, rodeado de mucha gente, se dirige a la
tumba de Lázaro, en la que se hayan los restos podridos de un cadáver en
descomposición cuyo hedor era insoportable y con voz poderosa dice: ¡¡Lázaro
ven afuera!! … Lázaro RESUCITA, y nosotros observamos cómo un hombre
envuelto en un sudario sale de su tumba y entre gritos y llantos quedamos
estremecidos. Cristo ha acreditado sus palabras con un hecho tremendo. Al
dictado de su Voluntad divina ha consumado una RESURRECCIÓN, ha devuelto la
vida a un muerto que además ya estaba comido por los gusanos.
Después de asumir la verdad, radicalmente
histórica, como la que se nos acaba de presentar al entendimiento, decir que no
se cree en la resurrección de los muertos es producto, no de una duda, sino de una
mala Fe, de una negación de la evidencia sin más explicación que el “no porque no” de una mala voluntad.
Amiga mía, amigo mío, si Ud. es de estos ¿qué
sentido tiene la eternidad para su alma?
En este punto de esta reflexión, quiero
afirmar que creo, sin vacilar, que cuando yo me muera el mundo no me verá más,
pero yo seguiré viendo al mundo, porque no voy a desaparecer. La muerte
me separa de los míos, pero yo no me separaré nunca de ellos. No
estarán conmigo, pero yo si estaré con ellos, siempre. Al morir, mi Fe
me asegura que mi destino no es la nada, sino el amor de un Padre que me ha
esperado toda una vida, la vida mía. Me voy de este mundo, pero ¿de
qué forma llego al otro? Para contestar a esta pregunta nada mejor que
fijarse en las palabras de Cristo al respecto. ¿Qué dice el Hijo de Dios?
Jesucristo afirma:
“Errados andáis por no conocer las Escrituras
ni el poder de Dios. Los hijos de este siglo toman mujer y toman marido; mas
los que fueren hallados dignos de tener parte en aquel siglo y en la resurrección
de entre los muertos, ni toman mujer ni toman marido; pues ni morir ya pueden,
como que son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios por ser hijos de la
resurrección”. (Mt
22, 23-33; Mc 12, 18-27; Lc 20, 27-40)
¿Iguales a los ángeles? ...pues sí, esto es
lo que asegura Cristo. Al final de los tiempos mi cuerpo glorificado se volverá
a unir a mi alma glorificada y vendré a ser semejante a un ángel. El cuerpo
tendrá que esperar a la consumación de los siglos para ser glorificado, sin
embargo, mi “yo”, el alma que me identifica como quien soy, con esta memoria,
con este entendimiento y con esta voluntad que me asiste como supremo tributo
de mi libertad, si así mi Dios lo ha querido, tomará posesión del Reino que me
estaba reservado desde antes de la Creación del mundo. ¿Se entiende esto?
Pero… ¿a dónde voy después de morir? La
respuesta la tenemos, como siempre, en el Evangelio. Dos hombres crucificados,
en patética agonía, mantienen un breve coloquio. Si prestamos atención,
tendremos a la vista la luminosa verdad de lo que es la Misericordia y la
Esperanza. No hay ninguna mujer, ni ningún hombre, que por pecador que se
considere, no tenga al alcance de su mano la bienaventuranza eterna, sea cual
sea la supuesta maldad de sus pecados. Amiga mía, amigo mío, estudie Ud. mismo
lo que está ocurriendo en este Calvario, escuche la conversación de un ladrón
arrepentido con su Redentor. Dice el ladrón crucificado:
Y Jesús le contesta:
“En verdad te digo que hoy estarás conmigo en
el Paraíso”. (Lc 23,43)
¿Quién puede dudar de esta afirmación de
Jesús? Este ladrón arrepentido, este hombre, al poco de escuchar esta promesa
del Redentor, murió y entró en el Paraíso, en el acto. Jesucristo va a morir y
el hombre que está a su lado también. El Señor sabe que su Cuerpo y el del
ladrón arrepentido se quedan en este mundo, sabe a dónde va, el ladrón no lo
sabe. El Señor, no le dice a este hombre que en ese mismo día se verán en el
cielo solo en espíritu. El Hijo de Dios le dirá a este otro hijo de Dios: “...hoy
estarás conmigo en el Paraíso”.
El alma de Cristo, subió al Paraíso
haciéndose acompañar por el alma de un proscrito, por el “yo” de un delincuente
arrepentido. El “Yo” de Cristo y el “yo” de este hombre, en el hoy de su
crucifixión, estarán en el Paraíso y sin embargo sus cuerpos quedarán en esta
tierra. Al tercer día el Cuerpo de Jesucristo resucitará, la carne y el alma se
unirán de nuevo. Será un Hombre resucitado. Del cuerpo del ladrón nada sabemos.
En la hipótesis más gloriosa para este hombre, que gustó semejante muerte que
la de Cristo, puede suponerse que resucitó con aquellos justos que resucitaron
con el Señor tal y como nos lo dice san Mateo (Mt 27,52-53). Si no resucitó, lo
que de él pueda quedar está en esta tierra y no por ello, este hombre ha dejado
de estar en el Paraíso junto a su Redentor, junto al mismísimo Dios que lo creó
y redimió.
El bienaventurado ladrón muerto en cruz, está
con el Hijo de Dios en el cielo y de esto no hay ninguna duda, porque así lo
quiso el Autor de la vida. Su felicidad no está mermada porque todavía su carne
no haya resucitado. Al final de los tiempos, el cuerpo con el que se le
distinguía en este mundo, resucitará y de nuevo se unirá a su alma ya
glorificada, a su “yo” ya bienaventurado. Una eterna y nueva vida comenzará
para él, pero su dichosísima felicidad ya estaba consumada, entiendo que, en
toda su plenitud, desde el mismo día en el que expiró con la misma muerte de
Cristo y con Cristo.
Así pasará con nosotros, mi querida amiga, mi
querido amigo. Al morir en Cristo, con Cristo y por Cristo, dejaremos
nuestro cuerpo en este mundo, pero nos veremos tal y como espiritualmente
somos, junto al Jesús de nuestros amores, con el mismo “yo” que nos identifica,
eternamente felices en el Paraíso, si así lo quiere la Misericordia divina.
Esta es la ventana que abro a la Esperanza,
escribiendo esta reflexión sobre la eternidad. Este es nuestro último destino,
la vida sin fin junto a nuestro Dios Resucitado, que pagó con su vida mi
filiación y su filiación divina. El hombre crucificado junto a Cristo, llegó al
Calvario, evidentemente, no por robar cuatro manzanas en un mercado y sin
embargo se ganó el Paraíso en el mismo día de su muerte. Entienda pues, que por
mucha que sea nuestra culpa, mayor es el amor de Cristo, que es capaz de
perdonarme y perdonarle, si Ud. y yo se lo pedimos, aunque sea en el último
suspiro de nuestra vida. No desespere, tenga confianza, hemos llegado a
tiempo y nada hay perdido, piense en este desconocido ingeniero, que interpela
a su conciencia para esperarle en la eternidad.
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