TEMA 50 SOLO TEXTO

TEMA 50   La tempestad calmada. (Mt 8,23-27; Mc 4,35-41; Lc 8,22-25)
[Los Sinópticos nos vuelven a relatar un suceso extraordinario. Lo hacen con casi las mismas palabras, sin embargo, como ahora veremos, hay matices que los diferencian. Leemos]:
TEXTO CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
Aquel mismo día, venido el atardecer, les dije a mis discípulos:
—“Pasemos a la otra banda del lago”.
Dejamos a la muchedumbre y tal como estaba en la barca nos hicimos a la mar, siguiéndonos también otras barcas. Mientras navegábamos sobrevino una gran tempestad de viento que produjo una gran agitación en el mar, las olas se echaban dentro de las barcas, de suerte que las olas cubrían las naves hasta el punto de empezar a inundarse. Yo dormía profundamente sobre el cabezal de la popa y llegándose mis discípulos, me despertaron diciendo:
—“¡Maestro, Maestro… ¿no se te da nada que nos vayamos a pique?!”
Díjeles:
—“¡¿Por qué estáis acobardados, hombres de poca fe?!”
Me levanté y hablando imperiosamente a los vientos y al mar dije:
—“¡Calla! ¡Enmudece!”
Amainó el viento y sobrevino gran bonanza y entonces les dije:
—“¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”[1]
Quedaron sobrecogidos de gran temor y unos a otros se decían despavoridos y maravillados:
—“¿Quién, pues, será Este, que manda a los vientos y al mar, y los vientos y el mar le obedecen?”
COMENTARIO
La barca está a punto de zozobrar, de hundirse. Jesús, después de un largo día de predicación, está profundamente dormido. Los discípulos respetan su descanso, pero cuando ya, despavoridos, observan el agua entrar en la embarcación, acuden, dando voces, al Maestro, al Señor.
San Mateo y san Lucas nos presentan a unos discípulos que, con el respeto debido, imploran al Maestro. Sin embargo, san Marcos (San Pedro) nos presenta las palabras con las que, probablemente, san Pedro, sin miramientos, asustado, como diciendo: “Pero ¿cómo puedes dormir con esta galerna?”, grita las siguientes palabras:
“¡Maestro, ¿no se te da nada que nos vayamos a pique?!”
 El que vivió esta angustia, uno de los que estaban en la barca, san Pedro, quizás, nos deja constancia, por san Marcos, de las palabras imperativas con las que Jesús manda a la tempestad, que ha puesto en riesgo la vida de todos.
“¡Calla! ¡Enmudece!”
Y el mar y el viento silenciaron de manera súbita. No lo hicieron poquito a poco, según lo apreciamos con el concurso de una naturaleza que actúa, inexorablemente, al dictado de unas leyes que la dominan. La galerna en el mar de Galilea se calmó en el acto, en el mismo instante en que Dios Hijo le manda callar, enmudecer.
Si solo hubiera leído los Evangelios de san Mateo y san Lucas, ¿cómo podría conocer el matiz increpante de las posibles palabras de san Pedro?, ¿cómo podría conocer las palabras con las que Jesús ordenó a los elementos? La Concordancia autobiográfica ha integrado, en su justo orden, el texto que describe, con mayor probabilidad, lo que pudo ser. Así es como lo hemos leído más arriba.




[1] ¿Qué nos falta para creer? ¿Quién es este Hombre?

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