[Los Sinópticos nos vuelven a relatar un
suceso extraordinario. Lo hacen con casi las mismas palabras, sin embargo, como
ahora veremos, hay matices que los diferencian. Leemos]:
TEXTO
CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
Aquel mismo día, venido el atardecer, les
dije a mis discípulos:
—“Pasemos a la otra banda
del lago”.
Dejamos a la muchedumbre y tal como estaba en
la barca nos hicimos a la mar, siguiéndonos también otras barcas. Mientras
navegábamos sobrevino una gran tempestad de viento que produjo una gran
agitación en el mar, las olas se echaban dentro de las barcas, de suerte que
las olas cubrían las naves hasta el punto de empezar a inundarse. Yo dormía
profundamente sobre el cabezal de la popa y llegándose mis discípulos, me
despertaron diciendo:
—“¡Maestro, Maestro… ¿no se te da nada que
nos vayamos a pique?!”
Díjeles:
—“¡¿Por qué estáis
acobardados, hombres de poca fe?!”
Me levanté y hablando imperiosamente a los
vientos y al mar dije:
—“¡Calla! ¡Enmudece!”
Amainó el viento y sobrevino gran bonanza y
entonces les dije:
—“¿Por qué sois tan
cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”[1]
Quedaron sobrecogidos de gran temor y unos a
otros se decían despavoridos y maravillados:
—“¿Quién, pues, será Este,
que manda a los vientos y al mar, y los vientos y el mar le obedecen?”
COMENTARIO
La barca está a punto de zozobrar, de
hundirse. Jesús, después de un largo día de predicación, está profundamente
dormido. Los discípulos respetan su descanso, pero cuando ya, despavoridos,
observan el agua entrar en la embarcación, acuden, dando voces, al Maestro, al
Señor.
San Mateo y san Lucas nos presentan a unos
discípulos que, con el respeto debido, imploran al Maestro. Sin embargo, san
Marcos (San Pedro) nos presenta las palabras con las que, probablemente, san
Pedro, sin miramientos, asustado, como diciendo: “Pero ¿cómo puedes dormir con esta galerna?”, grita las siguientes
palabras:
“¡Maestro, ¿no se te da nada que nos vayamos a
pique?!”
“¡Calla! ¡Enmudece!”
Y el mar y el viento silenciaron de manera
súbita. No lo hicieron poquito a poco, según lo apreciamos con el concurso de
una naturaleza que actúa, inexorablemente, al dictado de unas leyes que la
dominan. La galerna en el mar de Galilea se calmó en el acto, en el mismo
instante en que Dios Hijo le manda callar, enmudecer.
Si solo hubiera leído los Evangelios de san
Mateo y san Lucas, ¿cómo podría conocer el matiz increpante de las posibles
palabras de san Pedro?, ¿cómo podría conocer las palabras con las que Jesús
ordenó a los elementos? La Concordancia autobiográfica ha integrado, en su
justo orden, el texto que describe, con mayor probabilidad, lo que pudo ser.
Así es como lo hemos leído más arriba.
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