[Seguimos la lectura a golpe de sobresalto.
Los discípulos de Jesús, todavía no repuestos de la zozobra nocturna en medio
del mar, van a contemplar a su Maestro enfrentándose a unos seres de
ultratumba. Leamos]:
TEXTO
CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
Abordamos a la otra banda del mar en la
región de los Gerasenos, la cual está frente a Galilea. Pisando tierra vinieron
a mí dos endemoniados, que salían de los sepulcros, bravíos por demás, hasta el
punto de que nadie podía pasar por aquel camino. Iban desnudos y habitaban en
las cavernas sepulcrales. Ni con cadenas pudieron ser sujetados, pues la
forzaban y rompían los grillos.
Eran empujados por los demonios a los
despoblados. Y continuamente, noche y día, se estaban en los sepulcros y en los
montes, dando gritos y cortándose con piedras. Como me vieran desde lejos,
corrieron y se postraron delante de mí, y a grandes gritos decían:
—“¡¿Qué tienes que ver con nosotros, Jesús
Hijo de Dios Altísimo?!” Te suplico, te conjuro por Dios que no nos
atormentes”.
Yo les decía:
—“Salid, espíritus
inmundos, de estos hombres. ¿Cuál es vuestro nombre?”
Me contestaban:
—“¡Legión es nuestro nombre, porque somos
muchos!”
Y es que habían entrado muchos demonios en
ellos. Suplicábanme con insistencia que no los mandase fuera de aquella región,
que no les mandase irse al abismo. He aquí, que en la falda de un monte pacía
una gran piara de cerdos. Y los demonios me rogaban diciendo:
—“¡Si nos echas, mándanos a la piara de
cerdos para que entremos en ellos!”
Y consintiendo les dije:
—“Id”.
Los espíritus inmundos salieron de los
hombres y entraron en los cerdos y al instante se lanzó toda la piara
despeñadero abajo en el mar, como unos dos mil, y se ahogaron. Los pastores que
los apacentaban huyeron despavoridos y dieron la noticia del hecho en la ciudad
y por los campos y escuchada esta, los habitantes de esta comarca vinieron al
lugar de los hechos y llegándose a mí, hallaron sentados a los hombres de
quienes habían salido la legión de demonios, vestidos y en su sano juicio: y
les entró miedo, y me rogaban los gerasenos que me ausentase de sus confines.
Subí a la barca para volverme y uno de los endemoniados me pedía y suplicaba
poder estar conmigo, mas Yo le dije:
—“Vuelve a tu casa, a los
tuyos, y entérales de cuanto el Señor ha hecho contigo y cómo tuvo misericordia
de ti”.
Se fue, y se puso a publicar por toda la
ciudad y en la Decápolis cuanto Yo, Jesús, había hecho con él, quedando todos
maravillados.
COMENTARIO
Tenebroso misterio que estremece a la razón.
Son muchos seres de otro mundo los que habitan en el cuerpo y en el alma de
este hombre. Son muchos y hablan con una sola voz. Por lo menos mil que no
ocupan lugar y sin embargo son, uno a uno, diferentes entre ellos, habitando en
las entrañas de un ser humano, de un endemoniado. Esto está escrito porque ha
pasado, esto no es una pesadilla de un mal sueño, esto es un hecho concreto
consumado en el tiempo y en el espacio, un drama al que se puede asistir en
tiempo pasado.
Corre el segundo año de la vida pública de
Jesucristo y sorprendentemente nos encontramos con un estremecedor diálogo
entre dos seres que parecen conocerse, el Hijo de Dios y un espíritu inmundo
que dice llamarse Legión, porque es él y en él son, quizás, otros mil que
habitan en el alma de un ser humano sin ocupar espacio.
El Programa Concordante nos indicará que san
Mateo habla de dos hombres endemoniados que se llegan a Jesús, sin embargo, san
Marcos y san Lucas nos advierten de que solo fue un hombre. Especulando que de
los dos hombres uno solo fuera el que hablara, se entiende también que san
Marcos y san Lucas obviaran al que permaneció callado.
En cualquier caso, lo importante de este
escalofriante drama es lo que se puede deducir de esta conversación. El hombre
endemoniado lleva la iniciativa y corre al encuentro del que reconoce como el
Hijo de Dios Altísimo, pero a la contemplación del lector de este pasaje,
además del hombre, entra en escena un espíritu inmundo que resulta ser el que
verdaderamente interpela a Jesucristo, es decir, el que se hace notar tomando
prestado las cuerdas vocales del hombre pasivo y sin voluntad, para consumar el
patético diálogo que nos ocupa.
El espíritu inmundo, vociferando, hace una
pregunta que da que pensar: ¿Viniste acá antes de tiempo a atormentarnos? ¿Qué
quiso decir con esta interpelación? El demonio sabe que Jesús es el Hijo de
Dios, pero no distingue entre su venida a este mundo haciéndose Hombre y
la definitiva, al final de los tiempos, cuando el mundo se acabe y
vuelva de nuevo en la majestad de su gloria.
El espíritu diabólico se sabe, en su
desesperación, mejor ubicado en el corazón de un hombre que en el Averno donde
ya no hay ser humano que perder. Se resiste a abandonar a esta enloquecida
alma, porque de volver a su lugar de origen solo le espera la eternidad
satánica que con mucho es más insufrible que esta maldita existencia terrena. Si
todavía no ha llegado el fin del mundo ¿por qué me envías al abismo infinito?,
pudiera haber reclamado el que en sí era, con otros, más de dos mil espíritus
abominables.
Contemplando la majestad de Jesucristo me
vienen a la mente algunas de sus palabras: “En
verdad, en verdad os digo: Antes que Abrahán viniese a ser, yo soy”. (Jn 8,58).
“Mi reino no es de este mundo”. (Jn 18,36). En este pasaje,
asisto al sobrehumano encuentro entre dos seres antagónicos que no son de este
planeta y que además existen desde antes del tiempo, antes de que
Abrahán viniese a ser en este mundo.
Según la Fe que me asiste, lo que mi razón
deduce es que Jesucristo Dios manda con imperio divino a una criatura que más
allá de la historia se reveló contra Él, el Dios que precisamente le había
creado. A la pregunta de Jesucristo Hombre contesta afirmando que su nombre es
Legión porque él no era solo, él era él y en él otros más de dos mil hijos de
Satanás que se resisten a salir de estos hombres desdichados, unos hombres que,
por su negligencia, se pusieron al alcance de quienes ahora les poseían.
Cristo manda y Satanás obedece
necesariamente. En última instancia el Señor accede a la demanda de este
tenebroso ser que abandona al hombre que dominaba para entrar en los dos mil
cerdos. La piara enloquecerá y terminará precipitándose en el mar. Allí,
ahogados, perecerán los puercos y desde allí, los demonios retornarán al Averno
que es el sitio que ellos mismos se escogieron para siempre.
¿Verdad que esto no es una fábula o un
ensueño?, ¿verdad que cree que esto ha sucedido tal y como lo ha entendido? Solo
me resta terminar esta reflexión con la perplejidad que me produce escuchar a
hombres y mujeres, dotados de inteligencia y cultura suficientes, que no creen
en estas cosas:
“Esto del Infierno
y del demonio son imaginaciones de un trasnochado pasado cultural que no
tiene vigencia en este siglo de la razón y la ciencia”.
Más o menos, así se expresan los que han
exterminado su inocencia sin posibilidad de recuperarla, los que no creen en
unos seres vivos, tan vivos como el incrédulo que, precisamente, los tiene
dentro de sí, más o menos dormidos, a la espera de la hora oportuna en la que
podrá verles el rostro.
Maldita paradoja para el hombre que no cree.
En el último tramo de su existencia se percatará con meridiana claridad de su
demonio, de ese espíritu infernal en el que no creía, de ese infausto personaje
que le acompañará al lugar de la eterna pena donde no hay consuelo, a ese lugar
en el que meditó con escepticismo porque, engañándose a sí mismo, su “racional cultura” le corrompió para su
perpetua desgracia.
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