TEMA 52 SOLO TEXTO

TEMA 52   La hemorroísa. Jairo. (Mt 9,18-26; Mc 5,21-43; Lc 8,40-56)
[Enganchados a la narración, con suma atención, seguimos leyendo el coherente ajuste de los textos que nos presentan lo siguiente]:
TEXTO CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
Habiendo hecho la travesía y llegando a la ribera opuesta, me acogió la muchedumbre que seguía aguardándome. En esto vino un hombre por nombre Jairo, que era uno de los jefes de la sinagoga; el cual, viéndome, cayó a mis pies y me rogó instantemente que entrase en su casa, pues tenía una hija única como de doce años que se estaba muriendo. Decía:
—“¡Señor, mi hija está al cabo; ten a bien venir y poner las manos sobre ella, para que se salve y viva!”
Levantándome le seguí, viniendo conmigo mis discípulos. Mientras íbamos, nos seguía un gran gentío que me estrujaba. Entre la gente una mujer que padecía flujo de sangre hacía doce años, que había sufrido mucho de parte de muchos médicos y gastado en ellos su hacienda sin mejora alguna, antes bien había empeorado, como hubiese oído lo que decían de mí, viniendo entre la gente y acercándose por detrás tocó la franja de mi manto. Porque decía para sí:
—“Como yo toque siquiera sus vestidos, cobraré salud”.[1]
Al instante se le paró el flujo y se secó la fuente de su sangre, y sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal. Al punto, dándome cuenta que una virtud o corriente había salido de mí, volviéndome en medio del gentío, dije:
—“¿Quién me ha tocado los vestidos?”
Como todos me lo negasen, díjome Pedro y los demás:
—“Maestro, ves el gentío que te está oprimiendo y estrujando, y dices: ¿Quién me tocó?”
Le contesté:
—“Alguien me tocó pues de mí he sentido salir una energía”.
Miré en torno, cuando la mujer atemorizada y temblando, sabiendo lo que había ocurrido con ella y que no había pasado inadvertida, postrándose ante mí, declaró delante de todo el pueblo por qué motivo me había tocado y cómo instantáneamente quedó sana. Mas Yo le dije:
—“Buen ánimo hija; tu fe te ha salvado; vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.
Todavía estaba hablando con ella cuando viene uno de la casa del jefe de la sinagoga diciendo:
—“Tu hija ha muerto; ¿para qué molestar ya al Maestro?”
Habiendo entreoído lo que se hablaba, dije al jefe de la sinagoga:
—“No temas, cree no más, y será salva”.
No dejando que me siguiese nadie, sólo Pedro, Santiago y Juan, llegamos a casa de Jairo y entramos juntos con el padre y la madre de la niña. Todos lloraban y plañían, y al ver el alboroto y los grandes gritos que daban, dije:
—“¿Por qué os alborotáis y lloráis? No lloréis, que la niña no murió sino duerme”.
Se burlaban de mí, ciertos de que había muerto. Les dije entonces:
—“Retiraos”.
Echados todos y despejada la turba, acompañado del padre y la madre de la niña y de los que conmigo venían, entramos a donde la niña estaba. Tomé la mano de la niña y alzando la voz dije:
—“¡Talitha kumi!” es decir: “¡Niña, te lo digo, levántate!”
Tornó a ella el espíritu,[2] y se levantó al instante y se puso a andar. Sus padres quedaron asombrados, fuera de sí. Yo les mandé encarecidamente que nadie supiese lo acaecido. Y por último mandé se le diera de comer a la niña. Sin embargo, se extendió la fama del hecho por toda aquella tierra.
COMENTARIO
Considero este drama de gran importancia. Dividiré en dos partes el comentario que me sugiere lo que acabamos de leer. El título es:

+LA FE INSEGURA DE HOMBRE. LA FE GRANDE DE MUJER. DIOS A LA VISTA+

1ª PARTE (Reflexión exegética)
Para su conocimiento le expongo que, sea cual sea la lengua con el que se redactan los Evangelios existe una proporción en la cantidad de palabras empleadas. Como sabe, el Evangelio de san Marcos (San Pedro) es el más cortito, ¿Cuánto más cortito con respecto a los Sinópticos? Un 37% más breve que el de san Mateo. Un 42% más breve que el de san Lucas.
Pues bien, en este pasaje quiso san Pedro, testigo directo, extenderse más porque ambos sucesos le impresionaron vivamente. La concordancia evangélica mostrará que, en este caso, san Pedro empleará un 181% más de palabras que empleara san Mateo y un 35% más que empleara san Lucas.
La Fe de la Hemorroísa hace posible el milagro, que se consuma sin que en principio fuera voluntad de Jesús. La Hemorroísa robó al Taumaturgo su curación porque de Cristo salía una virtud que curaba a todo aquel que le tocaba con Fe. El Señor percibe que una energía ha salido de su cuerpo y para maravilla de san Pedro, que observa cómo la gente estruja a su Maestro, pregunta quién le ha tocado. La mujer queda al descubierto y entre sollozos y temblando expone públicamente su penosa enfermedad.
Los Sinópticos escriben lo que la mujer debió decir. Doce años padeciendo flujo de sangre, gastó toda su hacienda en médicos y ninguno la curó, más bien empeoró según manifiesta san Marcos, aunque san Lucas, que también es médico, oculta el desacierto de sus colegas. Ya todo el mundo conoce a la Hemorroísa y nosotros, hoy, sabemos que ella podría ser la Verónica, aquella mujer que se atrevió a enjugar con un paño el rostro del Hijo de Dios, el rostro de un Hombre que quedó impreso en la blanca tela, cuando por la calle de la amargura se dirigía a cumplir la Voluntad de su Padre.
San Pedro queda impresionado con este milagro y todavía embargado por la emoción, escucha a alguien que asegura la muerte de la niña, la hija de Jairo, a la cual iba a curar su Maestro. La situación se tensa, Jesús se dirige a Jairo demandándole Fe. Acelera el paso. San Pedro, percibe que su corazón se desboca cuando escucha los gritos que llegan de dentro de la casa donde yace la niña muerta y sin perder detalle del rostro de su Señor, le escucha decir: “la niña no murió, sino que duerme”.
Ni san Mateo ni san Lucas estuvieron dentro de la sala, escriben de referencia. Tendida sobre el lecho, se veía el cadáver de una niña. Sólo san Pedro, testigo directo, con Santiago y san Juan acompañan a los padres. Solo san Marcos (San Pedro) nos dejará escrito las palabras que Jesús pronunció para resucitar a la hija de Jairo, unas palabras que quedarán escritas en arameo para siempre: Talitha kumi.
Para una razón cristiana, la muerte es la separación entre el cuerpo y el alma. En aquel cuerpo ya no estaba el alma de la niña. Verdaderamente había muerto, sin embargo, para Jesús, la niña estaba dormida.
Ahora, le voy a pedir que me acompañe al pasaje de la resurrección de Lázaro. Cristo recibe aviso del inminente óbito de su amigo Lázaro, a no ser que Él, Dueño de la vida y de la muerte, lo impida. El Hijo de Dios permaneció en el lugar del aviso dos días más. Lázaro murió y Él lo sabía, sin embargo, dirigiéndose a sus discípulos les dice:
“Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido, pero voy a despertarle”.
¿Qué le parece? Para el Señor, esta niña y este amigo no estaban muertos sino dormidos. No puedo pensar que Jesús hablara metafóricamente de la muerte tal y como yo la entiendo. A los ojos de san Pedro, a los ojos de Marta y María, a mis ojos y los suyos, lo que contemplamos son cuerpos inertes, muertos, camino de la descomposición. Para Dios no es así, para Dios nuestra muerte es un dormir en su Paz, si nos la hemos ganado, nadie está muerto para Él.
Como en la resurrección de Lázaro, aquí también, Jesús elevará la voz: “¡Niña, te lo digo, levántate!” y entonces, dice san Lucas, el espíritu que antes de que Jesús pronunciara estas palabras, no estaba en ella, volvió de un lugar indefinido, donde no existe ni el espacio ni el tiempo, un lugar que nadie conoce cómo es. La hija de Jairo se levantó al instante y el Señor mandó que le dieran de comer.
Nuestro amigo san Pedro guardaba estos recuerdos que dictó al evangelista san Marcos y en este caso fue generoso y preciso en redactar las maravillas que había vivido en ese día. A nosotros nos queda reflexionar. A Dios se le puede robar un milagro. Para Dios nadie muere, todos estamos vivos, aunque nuestro cuerpo desaparezca en el polvo. El alma de cada hombre y de cada mujer tiende hacia otra patria que no es de este mundo. El espíritu, el yo que verdaderamente me define no es de este cosmos, su último destino está en el seno infinito de un Padre Infinito que ejerció sobre mí su Misericordia infinita.
2ª PARTE (Reflexión ascética)
Una niña judía, de doce años, en estado de agonía, hija única de un tal Jairo, uno de los jefes de la sinagoga de un pueblo costero, nos reclama la atención. No sabemos su nombre, ni tampoco el Evangelio nos dice nada de su madre, solo, en este primer acto del drama, que ahora contemplamos, se nos muestra un padre roto por la pena que inca sus rodillas a los pies de Jesús para implorarle que tenga a bien acompañarle a su casa y ponga sus manos sobre su hija moribunda porque si así lo hiciere su hija no moriría.
Esta es la fe de un judío, de un judío relevante, habitante de un lugar de cuyo nombre no se nos dice nada. Cree en el Taumaturgo, pero con algunas limitaciones. Jesús podrá curar a su hija, pero sólo si pone sus manos sobre ella y por eso le urge pues su hija está para morir y si muere ya no se podrá hacer nada. Jesús ha captado, mejor que nosotros, la vacilante fe de quien le demanda el milagro. En su mente, como en la nuestra, se representa otra escena similar con otro personaje de otro lugar, quizás, cercano a este, también ribereño, el centurión de Cafarnaúm, un gentil, un no judío, que le sorprendería y nos sorprendería a todas las generaciones que habrán de venir con un acto de fe impresionante:
“Señor, no soy digno de que entres en mi casa, mas di una sola palabra y mi muchacho quedará sano”. (Mt 8,8)
Estos dos hombres invocan a la Voluntad del Taumaturgo. El judío ya tiene preconcebido como se hará el milagro, dentro de unos límites que él ya ha marcado. El gentil, el no judío, invoca al Corazón de su Oyente, invoca a su querer y no a su poder, porque de este no le cabe duda, no delibera hasta dónde puede llegar, cree con absoluta certeza que Jesús, si quiere, hará el milagro con solo quererlo, esté donde esté físicamente.
Jesús se acomoda a la fe del padre de la niña. Dios concede según la fe con que se le pide, aunque siempre da más de lo que se le pide. Este hombre pidió dos al que le podía dar doscientos mil si así lo hubiera pedido.
Antes de llegar a la casa de Jairo debemos contemplar otra dramática escena. Otra mujer de protagonista, una mujer de notable posición que ha gastado su fortuna para curarse, de sus permanentes hemorragias menstruales, sin conseguirlo. La fe de esta mujer es inmensamente más grande que la de Jairo. Atención, porque esta hija de Dios va a ser causa de que se consume un milagro de Cristo sin previo asentimiento de su Corazón humano. En el Evangelio no se verá otro milagro semejante. Estrujado por la multitud, percibió que alguien le tocó de diferente forma.
Experimentó salir de Él una virtud de la cual alguna persona se benefició. Jesús se detiene y pregunta, para sorpresa de sus discípulos, quien le había tocado. Como Hombre, escruta con su mirada para descubrir la persona que le ha robado un milagro. Otra vez, asistimos a una situación comprometida de una mujer en público. En el Evangelio, las mayores muestras de humildad se dan en la mujer. Ésta, postrándose a los pies de Cristo, declara su vergonzosa, para aquella sociedad, enfermedad, y así mismo, expone entre sollozos cómo ha sido curada.
Mi querida lectora, mi querido lector, la meditada lectura del Evangelio nos remueve a cada página leída, en permanente estupor reflexiono los hechos que se describen y no agoto la capacidad de sorprenderme. La curiosidad de Cristo como Hombre queda satisfecha, ya tiene a sus pies la mujer que solo le ha tocado la orla de su vestido.
Como Hombre, le pasa igual que a mí, se sorprende de la Fe de esta hija de Dios, pero al seguir leyendo escucho, como escucharon todos, sus consoladoras palabras: “Buen ánimo, hija; tu Fe te ha salvado…” y aquí me vuelvo a sorprender porque no volveré a encontrar en todo el Evangelio la palabra “hija” en boca de Cristo dirigida directamente a su interlocutora.
¿Por qué Cristo llama “hija” a una mujer, supuestamente, de más edad que Él? ¿Estamos ante una frase hecha o tiene todo su sentido? Se acaba de producir un milagro, un hecho que suspende las leyes de la naturaleza, se ha consumado, de manera fulminante, la curación de una enfermedad padecida durante largos años en virtud de una Fe inmensa que pone al descubierto la Misericordia divina.
En este misterioso acto parece como si hubiera actuado la Voluntad divina más que la voluntad humana de Jesucristo y a renglón seguido de escuchar sus palabras: “¿Quién me ha tocado los vestidos?”, como Hombre, se escucha las palabras de Cristo como Dios: Buen ánimo, hija; tu Fe te ha salvado”, con lo cual, esta expresión: “hija”, hay que entenderla con plenitud de significado, la ha pronunciado el Creador del Universo, el Autor de la vida que, desde ya, contempla la salvación eterna de esta hija, una mujer que algo de su divinidad le ha reconocido, le ha hurtado.
Dice el Evangelio que todavía estaba hablando Jesús cuando se llega a Jairo alguno de sus subordinados que le dice: “Tu hija ha muerto; ¿para qué molestar ya al Maestro?”. Con este “prodigio” de mano izquierda, este amigo de Jairo, le termina de partir el corazón. Para los dos ya no hay nada que hacer, la niña ha muerto, Jesús ya no podrá hacer nada más.
Estas palabras llegan a los oídos de Dios, a los oídos del Hombre que acaba de consumar un acto divino y vuelto a Jairo le dice: “No temas, cree no más, y será salva”. Jairo tiene el alma aturdida, su corazón de padre salta de la desolación a la esperanza sin tiempo para asimilar y reflexionar sobre las palabras que casi simultáneamente escucha de su amigo y de Jesús.
Solo tiene que creer más de lo que hasta ahora ha creído y desconcertado, sigue al Maestro hasta donde está la niña. Allí los esperan la madre, desconsolada, y un alboroto de llantos y grandes alaridos porque la niña ha muerto. La emoción de Jairo es indescriptible, abrazado a su mujer y sin poder sostener las lágrimas escucha decir al Maestro: “…No lloréis, que la niña no murió sino duerme”. Se burlaban de Él. Jesús manda despejar el lugar y queda solo con los padres de la niña y con sus discípulos preferidos: san Pedro, Santiago y san Juan.
Entran todos a la sala donde está el cadáver de la niña y Jesús cogiéndola de la mano pronuncia: “Talitha Kumi” que traducido significa: “Niña, te lo digo, levántate”. Nos han quedado estas palabras en arameo, la lengua con la que Cristo se expresaba humanamente, unas palabras que en su boca y al mandato de su Voluntad hicieron posible que el espíritu de la niña tornara a su cuerpo. La hija de Jairo se levantó, para estupor de los presentes, para nuestro estupor. ¿Quién es este Hombre?




[1] La curó la virtud que salía del mismo Cristo, pero solo ella captó el poder de Aquel en el que creyó sin ninguna duda. Su Fe consuma el milagro sin previa voluntad de Cristo. Esto da mucho que pensar.
[2] El alma de la niña no estaba ya en su cuerpo. Esto es morir. Volvió a ella al imperativo mandato de Cristo. El alma de la niña estaba en otro lugar que no puedo entender como un espacio diferente al que ocupamos en este mundo. Volvió a la niña sin recorrer espacio y sin consumir tiempo. La niña sin espíritu estaba muerta, era un cadáver para amortajar. ¿Quién es Cristo?

No hay comentarios:

Publicar un comentario