[Enganchados a la narración, con suma
atención, seguimos leyendo el coherente ajuste de los textos que nos presentan
lo siguiente]:
TEXTO
CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
Habiendo hecho la travesía y llegando a la
ribera opuesta, me acogió la muchedumbre que seguía aguardándome. En esto vino
un hombre por nombre Jairo, que era uno de los jefes de la sinagoga; el cual,
viéndome, cayó a mis pies y me rogó instantemente que entrase en su casa, pues
tenía una hija única como de doce años que se estaba muriendo. Decía:
—“¡Señor, mi hija está al cabo; ten a bien
venir y poner las manos sobre ella, para que se salve y viva!”
Levantándome le seguí, viniendo conmigo mis
discípulos. Mientras íbamos, nos seguía un gran gentío que me estrujaba. Entre
la gente una mujer que padecía flujo de sangre hacía doce años, que había
sufrido mucho de parte de muchos médicos y gastado en ellos su hacienda sin
mejora alguna, antes bien había empeorado, como hubiese oído lo que decían de
mí, viniendo entre la gente y acercándose por detrás tocó la franja de mi
manto. Porque decía para sí:
—“Como yo toque siquiera sus vestidos,
cobraré salud”.[1]
Al instante se le paró el flujo y se secó la
fuente de su sangre, y sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal. Al
punto, dándome cuenta que una virtud o corriente había salido de mí,
volviéndome en medio del gentío, dije:
—“¿Quién me ha tocado los
vestidos?”
Como todos me lo negasen, díjome Pedro y los
demás:
—“Maestro, ves el gentío que te está
oprimiendo y estrujando, y dices: ¿Quién me tocó?”
Le contesté:
—“Alguien me tocó pues de
mí he sentido salir una energía”.
Miré en torno, cuando la mujer atemorizada y
temblando, sabiendo lo que había ocurrido con ella y que no había pasado
inadvertida, postrándose ante mí, declaró delante de todo el pueblo por qué
motivo me había tocado y cómo instantáneamente quedó sana. Mas Yo le dije:
—“Buen ánimo hija; tu fe te
ha salvado; vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.
Todavía estaba hablando con ella cuando viene
uno de la casa del jefe de la sinagoga diciendo:
—“Tu hija ha muerto; ¿para qué molestar ya al
Maestro?”
Habiendo entreoído lo que se hablaba, dije al
jefe de la sinagoga:
—“No temas, cree no más, y
será salva”.
No dejando que me siguiese nadie, sólo Pedro,
Santiago y Juan, llegamos a casa de Jairo y entramos juntos con el padre y la
madre de la niña. Todos lloraban y plañían, y al ver el alboroto y los grandes
gritos que daban, dije:
—“¿Por qué os alborotáis y
lloráis? No lloréis, que la niña no murió sino duerme”.
Se burlaban de mí, ciertos de que había
muerto. Les dije entonces:
—“Retiraos”.
Echados todos y despejada la turba,
acompañado del padre y la madre de la niña y de los que conmigo venían,
entramos a donde la niña estaba. Tomé la mano de la niña y alzando la voz dije:
—“¡Talitha kumi!” es decir:
“¡Niña, te lo digo, levántate!”
Tornó a ella el espíritu,[2] y se levantó al instante y se puso a
andar. Sus padres quedaron asombrados, fuera de sí. Yo les mandé
encarecidamente que nadie supiese lo acaecido. Y por último mandé se le diera
de comer a la niña. Sin embargo, se extendió la fama del hecho por toda aquella
tierra.
COMENTARIO
Considero este drama de
gran importancia. Dividiré en dos partes el comentario que me sugiere lo que
acabamos de leer. El título es:
+LA
FE INSEGURA DE HOMBRE. LA FE GRANDE DE MUJER. DIOS A LA VISTA+
1ª
PARTE (Reflexión exegética)
Para su conocimiento le expongo que, sea cual
sea la lengua con el que se redactan los Evangelios existe una proporción en la
cantidad de palabras empleadas. Como sabe, el Evangelio de san Marcos (San
Pedro) es el más cortito, ¿Cuánto más cortito con respecto a los Sinópticos? Un
37% más breve que el de san Mateo. Un 42% más breve que el de san Lucas.
Pues bien, en este pasaje quiso san Pedro,
testigo directo, extenderse más porque ambos sucesos le impresionaron
vivamente. La concordancia evangélica mostrará que, en este caso, san Pedro
empleará un 181% más de palabras que empleara san Mateo y un 35% más que
empleara san Lucas.
La Fe de la Hemorroísa hace posible el
milagro, que se consuma sin que en principio fuera voluntad de Jesús. La Hemorroísa robó al Taumaturgo su curación porque de Cristo salía una virtud que
curaba a todo aquel que le tocaba con Fe. El Señor percibe que una energía ha
salido de su cuerpo y para maravilla de san Pedro, que observa cómo la gente
estruja a su Maestro, pregunta quién le ha tocado. La mujer queda al
descubierto y entre sollozos y temblando expone públicamente su penosa
enfermedad.
Los Sinópticos escriben lo que la mujer debió
decir. Doce años padeciendo flujo de sangre, gastó toda su hacienda en médicos
y ninguno la curó, más bien empeoró según manifiesta san Marcos, aunque san
Lucas, que también es médico, oculta el desacierto de sus colegas. Ya todo el
mundo conoce a la Hemorroísa y nosotros, hoy, sabemos que ella podría ser la
Verónica, aquella mujer que se atrevió a enjugar con un paño el rostro del Hijo
de Dios, el rostro de un Hombre que quedó impreso en la blanca tela, cuando por
la calle de la amargura se dirigía a cumplir la Voluntad de su Padre.
San Pedro queda impresionado con este milagro
y todavía embargado por la emoción, escucha a alguien que asegura la muerte de
la niña, la hija de Jairo, a la cual iba a curar su Maestro. La situación se
tensa, Jesús se dirige a Jairo demandándole Fe. Acelera el paso. San Pedro,
percibe que su corazón se desboca cuando escucha los gritos que llegan de
dentro de la casa donde yace la niña muerta y sin perder detalle del rostro de
su Señor, le escucha decir: “la niña no murió, sino que duerme”.
Ni san Mateo ni san Lucas estuvieron dentro
de la sala, escriben de referencia. Tendida sobre el lecho, se veía el cadáver
de una niña. Sólo san Pedro, testigo directo, con Santiago y san Juan acompañan
a los padres. Solo san Marcos (San Pedro) nos dejará escrito las palabras que
Jesús pronunció para resucitar a la hija de Jairo, unas palabras que quedarán
escritas en arameo para siempre: Talitha kumi.
Para una razón cristiana, la muerte es la
separación entre el cuerpo y el alma. En aquel cuerpo ya no estaba el alma de
la niña. Verdaderamente había muerto, sin embargo, para Jesús, la niña estaba
dormida.
Ahora, le voy a pedir que me acompañe al
pasaje de la resurrección de Lázaro. Cristo recibe aviso del inminente óbito de
su amigo Lázaro, a no ser que Él, Dueño de la vida y de la muerte, lo impida.
El Hijo de Dios permaneció en el lugar del aviso dos días más. Lázaro murió y
Él lo sabía, sin embargo, dirigiéndose a sus discípulos les dice:
“Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido, pero
voy a despertarle”.
¿Qué le parece? Para el Señor, esta niña y
este amigo no estaban muertos sino dormidos. No puedo pensar que Jesús hablara
metafóricamente de la muerte tal y como yo la entiendo. A los ojos de san
Pedro, a los ojos de Marta y María, a mis ojos y los suyos, lo que contemplamos
son cuerpos inertes, muertos, camino de la descomposición. Para Dios no es así,
para Dios nuestra muerte es un dormir en su Paz, si nos la hemos ganado, nadie
está muerto para Él.
Como en la resurrección de Lázaro, aquí
también, Jesús elevará la voz: “¡Niña, te lo digo, levántate!” y entonces, dice san Lucas, el
espíritu que antes de que Jesús pronunciara estas palabras, no estaba en ella,
volvió de un lugar indefinido, donde no existe ni el espacio ni el tiempo, un
lugar que nadie conoce cómo es. La hija de Jairo se levantó al instante y el
Señor mandó que le dieran de comer.
Nuestro amigo san Pedro guardaba estos
recuerdos que dictó al evangelista san Marcos y en este caso fue generoso y
preciso en redactar las maravillas que había vivido en ese día. A nosotros nos
queda reflexionar. A Dios se le puede robar un milagro. Para Dios nadie muere,
todos estamos vivos, aunque nuestro cuerpo desaparezca en el polvo. El alma de
cada hombre y de cada mujer tiende hacia otra patria que no es de este mundo.
El espíritu, el yo que verdaderamente me define no es de este cosmos, su último
destino está en el seno infinito de un Padre Infinito que ejerció sobre mí su
Misericordia infinita.
2ª PARTE (Reflexión ascética)
Una niña judía, de doce años, en estado de
agonía, hija única de un tal Jairo, uno de los jefes de la sinagoga de un
pueblo costero, nos reclama la atención. No sabemos su nombre, ni tampoco el
Evangelio nos dice nada de su madre, solo, en este primer acto del drama, que
ahora contemplamos, se nos muestra un padre roto por la pena que inca sus
rodillas a los pies de Jesús para implorarle que tenga a bien acompañarle a su
casa y ponga sus manos sobre su hija moribunda porque si así lo hiciere su hija
no moriría.
Esta es la fe de un judío, de un judío
relevante, habitante de un lugar de cuyo nombre no se nos dice nada. Cree en el
Taumaturgo, pero con algunas limitaciones. Jesús podrá curar a su hija, pero
sólo si pone sus manos sobre ella y por eso le urge pues su hija está para
morir y si muere ya no se podrá hacer nada. Jesús ha captado, mejor que
nosotros, la vacilante fe de quien le demanda el milagro. En su mente, como en
la nuestra, se representa otra escena similar con otro personaje de otro lugar,
quizás, cercano a este, también ribereño, el centurión de Cafarnaúm, un gentil,
un no judío, que le sorprendería y nos sorprendería a todas las generaciones
que habrán de venir con un acto de fe impresionante:
“Señor, no soy digno de que entres en mi casa, mas di una sola palabra y mi
muchacho quedará sano”. (Mt 8,8)
Estos dos hombres invocan a la Voluntad del
Taumaturgo. El judío ya tiene preconcebido como se hará el milagro, dentro de
unos límites que él ya ha marcado. El gentil, el no judío, invoca al Corazón de
su Oyente, invoca a su querer y no a su poder, porque de este no le cabe duda,
no delibera hasta dónde puede llegar, cree con absoluta certeza que Jesús, si
quiere, hará el milagro con solo quererlo, esté donde esté físicamente.
Jesús se acomoda a la fe del padre de la
niña. Dios concede según la fe con que se le pide, aunque siempre da más de lo
que se le pide. Este hombre pidió dos al que le podía dar doscientos mil si así
lo hubiera pedido.
Antes de llegar a la casa de Jairo debemos
contemplar otra dramática escena. Otra mujer de protagonista, una mujer de
notable posición que ha gastado su fortuna para curarse, de sus permanentes
hemorragias menstruales, sin conseguirlo. La fe de esta mujer es inmensamente
más grande que la de Jairo. Atención, porque esta hija de Dios va a ser causa
de que se consume un milagro de Cristo sin previo asentimiento de su Corazón
humano. En el Evangelio no se verá otro milagro semejante. Estrujado por la
multitud, percibió que alguien le tocó de diferente forma.
Experimentó salir de Él una virtud de la cual
alguna persona se benefició. Jesús se detiene y pregunta, para sorpresa de sus
discípulos, quien le había tocado. Como Hombre, escruta con su mirada para
descubrir la persona que le ha robado un milagro. Otra vez, asistimos a una
situación comprometida de una mujer en público. En el Evangelio, las mayores
muestras de humildad se dan en la mujer. Ésta, postrándose a los pies de
Cristo, declara su vergonzosa, para aquella sociedad, enfermedad, y así mismo,
expone entre sollozos cómo ha sido curada.
Mi querida lectora, mi querido lector, la
meditada lectura del Evangelio nos remueve a cada página leída, en permanente
estupor reflexiono los hechos que se describen y no agoto la capacidad de
sorprenderme. La curiosidad de Cristo como Hombre queda satisfecha, ya tiene a
sus pies la mujer que solo le ha tocado la orla de su vestido.
Como Hombre, le pasa igual que a mí, se
sorprende de la Fe de esta hija de Dios, pero al seguir leyendo escucho, como
escucharon todos, sus consoladoras palabras: “Buen ánimo, hija; tu Fe te
ha salvado…” y
aquí me vuelvo a sorprender porque no volveré a encontrar en todo el Evangelio
la palabra “hija” en boca de Cristo
dirigida directamente a su interlocutora.
¿Por qué Cristo llama “hija” a una mujer, supuestamente, de más edad que Él? ¿Estamos
ante una frase hecha o tiene todo su sentido? Se acaba de producir un milagro,
un hecho que suspende las leyes de la naturaleza, se ha consumado, de manera
fulminante, la curación de una enfermedad padecida durante largos años en
virtud de una Fe inmensa que pone al descubierto la Misericordia divina.
En este misterioso acto parece como si
hubiera actuado la Voluntad divina más que la voluntad humana de Jesucristo y a
renglón seguido de escuchar sus palabras: “¿Quién me ha tocado los vestidos?”, como Hombre, se escucha
las palabras de Cristo como Dios: “Buen
ánimo, hija; tu Fe te ha salvado”, con lo cual, esta expresión: “hija”, hay que entenderla con
plenitud de significado, la ha pronunciado el Creador del Universo, el Autor de
la vida que, desde ya, contempla la salvación eterna de esta hija, una mujer
que algo de su divinidad le ha reconocido, le ha hurtado.
Dice el Evangelio que todavía estaba hablando
Jesús cuando se llega a Jairo alguno de sus subordinados que le dice: “Tu
hija ha muerto; ¿para qué molestar ya al Maestro?”. Con este “prodigio” de
mano izquierda, este amigo de Jairo, le termina de partir el corazón. Para los
dos ya no hay nada que hacer, la niña ha muerto, Jesús ya no podrá hacer nada
más.
Estas palabras llegan a los oídos de Dios, a
los oídos del Hombre que acaba de consumar un acto divino y vuelto a Jairo le
dice: “No temas, cree no más, y será salva”. Jairo tiene el alma aturdida, su corazón de padre salta de la
desolación a la esperanza sin tiempo para asimilar y reflexionar sobre las
palabras que casi simultáneamente escucha de su amigo y de Jesús.
Solo tiene que creer más de lo que hasta ahora
ha creído y desconcertado, sigue al Maestro hasta donde está la niña. Allí los
esperan la madre, desconsolada, y un alboroto de llantos y grandes alaridos
porque la niña ha muerto. La emoción de Jairo es indescriptible, abrazado a su
mujer y sin poder sostener las lágrimas escucha decir al Maestro: “…No lloréis, que la niña no murió sino
duerme”. Se burlaban de
Él. Jesús manda despejar el lugar y queda solo con los padres de la niña y con
sus discípulos preferidos: san Pedro, Santiago y san Juan.
Entran todos a la sala donde está el cadáver
de la niña y Jesús cogiéndola de la mano pronuncia: “Talitha Kumi” que
traducido significa: “Niña, te lo
digo, levántate”. Nos han
quedado estas palabras en arameo, la lengua con la que Cristo se expresaba humanamente,
unas palabras que en su boca y al mandato de su Voluntad hicieron posible que
el espíritu de la niña tornara a su cuerpo. La hija de Jairo se levantó, para
estupor de los presentes, para nuestro estupor. ¿Quién es este Hombre?
[1]
La curó la
virtud que salía del mismo Cristo, pero solo ella captó el poder de Aquel en el
que creyó sin ninguna duda. Su Fe consuma el milagro sin previa voluntad de
Cristo. Esto da mucho que pensar.
[2]
El alma de la
niña no estaba ya en su cuerpo. Esto es morir. Volvió a ella al imperativo
mandato de Cristo. El alma de la niña estaba en otro lugar que no puedo
entender como un espacio diferente al que ocupamos en este mundo. Volvió a la
niña sin recorrer espacio y sin consumir tiempo. La niña sin espíritu estaba
muerta, era un cadáver para amortajar. ¿Quién es Cristo?
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