TEMA 38 SOLO TEXTO

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TEMA 38
El anuncio de la Buena Nueva. La blasfemia contra el Espíritu. (Lc 8,1-3; Mc 3,20-30; Mt 12,22-37)

SOLO TEXTO CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO

Después de esto fui recorriendo las ciudades y aldeas predicando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios. Me acompañaban los Doce y algunas mujeres que curé de espíritus malos y enfermedades: María la llamada Magdalena, de la cual salieron siete demonios, Juana la mujer de Cusa, procurador de Herodes, Susana y otras muchas, las cuales nos servían de sus haberes. Volví a Cafarnaúm y de nuevo concurrió la muchedumbre, de tal suerte que ni comer nuestro pan podíamos. Enterados de mi presencia en Cafarnaúm, mis parientes vinieron para apoderarse de mí, pues decían:

—“Está fuera de sí”.

Me presentaron un endemoniado ciego y mudo, y le curé, de suerte que el mudo y ciego hablaba y veía. Y estaban asombradas las turbas diciendo:

—“¿No es tal vez este el Hijo de David?”

Sin embargo, los fariseos y escribas, que habían bajado de Jerusalén, oyendo esto decían:

—“Este tiene a Belzebú, y no echa a los demonios sino en virtud de Belzebú, príncipe de los demonios”.

Conociendo sus pensamientos, que decían: “tiene espíritu inmundo”, los llamé a mí y les dije en parábola:

—“¿Cómo puede Satanás echar a Satanás? Todo reino dividido contra sí mismo, no puede mantenerse en pie; será asolado; y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no podrá sostenerse. Y si Satanás lanza a Satanás y se levanta contra sí mismo, está contra sí mismo dividido: ¿cómo, pues, se mantendrá en pie su reino? No puede sostenerse, sino que llegó su fin.

Y si Yo lanzo los demonios en virtud de Belzebú, ¿en virtud de quién los lanzan vuestros hijos? Por eso ellos serán vuestros jueces. Y si en virtud del Espíritu de Dios Yo lanzo los demonios, señal es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. O ¿cómo puede uno entrar en la casa del fuerte y arrebatarle su ajuar, si primero no atare al fuerte? Sólo entonces saqueará su casa.

Quien no está conmigo, contra mí está; y quien no allega conmigo, desparrama. Por esto os digo: todo otro pecado y blasfemia se perdonará a los hombres, mas la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Y quien dijere palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará, mas quien la dijere contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero, sino que será reo de pecado eterno.[1]

Una de dos: o haced bueno el árbol y bueno también su fruto, o haced malo el árbol y malo también su fruto, porque del fruto se conoce el árbol. ¡Engendros de víboras!, ¿cómo podéis hablar cosas buenas siendo vosotros malos? Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca. El hombre bueno, del buen tesoro saca cosas buenas, y el hombre malo, del mal tesoro saca cosas malas. Os certifico que de toda palabra ociosa que hablaren los hombres darán razón en el día del juicio. Porque por tus palabras serás dado por justo y por tus palabras serás condenado!”

COMENTARIO DEL INGENIERO

La Concordancia hace posible entender este pasaje que, como veremos, une los versículos reseñados para dar al relato un sentido en la composición, armonizando las palabras para conseguir una lectura equilibrada de los textos. San Lucas nos revela que determinadas mujeres servían a Jesús y a sus discípulos con sus haberes. Siempre ha sido más generosa la mujer que el hombre. Por él conocemos a Juana, la mujer de Cusa, administrador de Herodes, y a una tal Susana, que no volverá a mencionarse en el Evangelio.

Por san Marcos conocemos algo sorprendente: familiares no muy cercanos de Jesús vinieron a Cafarnaúm para apoderarse de Él porque estaban convencidos de que su pariente había perdido la razón. Con cuánta fatiga se lamentaba Cristo de los suyos: “No hay profeta desprestigiado, si no es en su patria y entre sus parientes y en su casa”. (Mc 6,4)

También, por san Marcos, apreciamos que tanto Jesús como sus discípulos, en la predicación de la Buena Nueva no tenían ni tiempo para comer su pan. Acababan cada jornada exhaustos.

Finalmente, solo por san Mateo, sabremos de un endemoniado ciego y mudo que fue curado por este Hijo de David, el Hijo de Dios a quien los fariseos, engendros de víboras, le atribuían el poder de Belzebú porque su corazón estaba rebosante de envidia y de miseria. Blasfemaron contra el Espíritu de Cristo que es el Espíritu Santo y con ello se imposibilitaron para merecer la Misericordia divina y por tanto no pudieron alcanzar el perdón de su voluntaria maldad ni en este ni en el otro mundo. Hablaron de lo que su corazón podrido estaba lleno y por sus palabras de “lexa majestad” viven la eternidad de su condenación.



[1] La conciencia conoce al Espíritu y se peca contra Él por acción y por omisión. Hay quien tuerce, deliberadamente, por hacer daño, el sentido de la acción y la palabra. Sus días están contados y en poco tiempo consumidos. Después, en la otra vida, le espera la eternidad, y allí no hay tiempo, ni a quien hacer daño, sino a sí mismo. Se conoce el mal y se pacta con él para tratar de pervertir lo bueno o no defenderlo.

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