TEMA 58 SOLO TEXTO

TEMA 58   Primera multiplicación de los panes. (Mt 14,15-23; Mc 6,35-46; Lc 9,12-17; Jn 6,2-15)
[Siguen los cuatro evangelistas interviniendo. Un poco más adelante, después del texto evangélico concordado, haré un largo comentario sobre la vinculación que debemos hacer de dos milagros importantes de Jesucristo. Leemos]:
TEXTO CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
El día empezó a declinar; venido el atardecer y siendo ya muy avanzada la hora, llegáronse a mí los Doce y me dijeron:
—“El lugar es solitario y la hora ya muy avanzada: despídelos, para que yendo a los cortijos y aldeas del contorno puedan albergarse y comprarse algo de comer”.
Respondiéndoles les dije:
—“No tienen necesidad de marcharse; dadle vosotros de comer”.
Me dijeron:
—“¿Habremos de ir a comprar panes por doscientos denarios y les daremos de comer?”
Dirigiéndome a Felipe, le pregunté para probarle, pues bien sabía Yo lo que iba a hacer:
—“¿De dónde vamos a comprar panes para que coman estos?”
Respondió Felipe:
—“Con doscientos denarios no tienen suficientes panes para que cada uno tome un bocado”.
Dije entonces a mis discípulos:
—“¿Cuántos panes tenéis? Id a verlo”.
Lo averiguaron y díjome Andrés, el hermano de Simón Pedro:
—“Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos: pero eso, ¿qué es para tantos? Si no vamos nosotros a comprar comida para todo este gentío…”
Les dije:
—“Traédmelos acá. Haced que los hombres se coloquen en el suelo”.
Así lo hicieron. Había mucha hierba en aquel lugar. Y se recostaron distribuidos en cuadros por grupos de cincuenta y de ciento. Eran los hombres, sin contar las mujeres y los niños, como unos cinco mil.[1]
Tomé los cinco panes y los dos peces y alzando los ojos al cielo recité la bendición y los bendije y partiéndolos los fui dando a mis discípulos[2] que a su vez lo servían a la gente que estaban recostados. También los dos peces se dieron a cuantos querían. Y comieron todos y quedaron saciados.
Cuando hubieron quedado satisfechos les dije a mis discípulos:
—“Recoged los pedazos sobrantes para que nada se pierda”.
Recogiéronlos, pues, llenando doce canastas con los pedazos de los cinco panes y dos peces que sobraron a los que habían comido. Los hombres, pues, al ver[3] el prodigio que obré, decían:
—“¡Este es verdaderamente el Profeta que ha de venir al mundo!”
Conociendo sus intenciones de arrebatarme para hacerme Rey, obligué inmediatamente y con apremio[4] a mis discípulos para que se subieran a la barca y se me adelantasen con rumbo a la ribera opuesta hacia Betsaida, en tanto que Yo despedía a la gente. Calmada la muchedumbre y despedida, me retiré Yo solo al monte para orar. Y entrada la noche seguía Yo solo allí, orando.[5]
COMENTARIO
“Este es el Misterio de nuestra Fe”. Así termina la Consagración en la Misa. Y ahora, este ingeniero pretende razonar esta Fe con las mismas herramientas deductivas que ha empleado en el ejercicio de su profesión. Lea el título y continúe si le interesa:

+VINCULACIÓN RAZONADA DE DOS DE LOS MILAGROS MÁS IMPORTANTES DE JESUCRISTO+

Al buscar la palabra “mujer”, el Programa Concordante me encaminó hacia este milagro que es el único, en todo el Evangelio, en cuyo relato intervienen los cuatro evangelistas y cada cual lo hace según su personal interpretación de un mismo hecho sobrenatural.
Al hilo de la palabra “mujer”, me he fijado en algunos detalles que revelan datos con los que enjuiciar el supuesto trato, de la sociedad de aquel tiempo, con la mujer de aquel tiempo. Veamos los versículos de este pasaje donde de manera explícita e implícita se hace mención de ella:
Mt 14,21 Y los que habían comido eran como cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
San Mateo es un discípulo que ha visto con sus propios ojos el milagro que relata. Su Evangelio va dirigido, fundamentalmente, al lector judío en general, al posible converso judío a quien trata de demostrar que Jesucristo es el Mesías. El destinatario principal de su mensaje es un hombre de raza judía, educado en una sociedad no propicia a entender que una hija de Dios es tan dueña del Corazón de su Padre como lo pueda ser el hombre más hombre por ser hombre.
Mi querido san Mateo, ¿qué pretendes que se interprete cuando no tienes en cuenta el nº de mujeres que comieron, como los varones, de este pan, que milagrosamente se multiplicaba en las benditas manos de Cristo? Solo tú, en dos ocasiones, nos informas del nº de varones, 5.000 en esta 1ª multiplicación y 4.000 en la 2ª multiplicación, que se hartaron de comer el pan y el pescado, haciendo la observación de que no se tuvo en consideración el nº de mujeres. ¿Eran más o menos que los hombres? Pues yo creo, mi buen amigo san Mateo, que esta puntualización hay que entenderla en función de la forma de ser de tus incipientes lectores más que en relación a la forma de ser de tu persona, porque de tu integridad y bien hacer nos has dejado como muestra tu Evangelio, una Joya que brilla para siempre como una Luz que lleva Vida en Sí misma. Solo un hombre de Dios, un hombre noble, puede ser el autor de semejante Escrito.
Lc 9,14 Porque eran como unos cinco mil hombres. Y dijo a sus discípulos: Hacedlos recostar por ranchos como de cincuenta cada uno.
San Lucas, el evangelista de la mujer, no hará de ella expresa referencia en este pasaje. En su descripción, obvia elegantemente, el muy respetable nº de mujeres que también se beneficiarían del milagro de Cristo. Este gentil médico no fue discípulo que conviviera con Cristo, no le conoció personalmente, sin embargo, redactó su Evangelio recibiendo información de primera mano de aquellas mujeres que fueron testigos oculares de la vida de Cristo. La primera Mujer, de la que san Lucas recibió información, fue la Virgen María. Mi buen amigo san Lucas es un hombre, de notable cultura y amable trato, que empleó la cortesía y el respeto a la mujer, como no se podía esperar menos de un caballero que escribió el Evangelio de la Misericordia.
Mc 6,44 Y eran los que habían comido los panes cinco mil hombres.
Sabemos que san Marcos escribe su Evangelio al dictado de san Pedro. La idiosincrasia de san Pedro se manifiesta por la manera contundente con la que relata lo que vieron sus ojos, lo que sus oídos oyeron y lo que tocaron sus manos. Observe cómo los anteriores evangelistas dan, aproximado, el nº de cinco mil los hombres que presenciaron el milagro de Jesucristo. Observe, así mismo, como san Pedro no da opción a la aproximación, fueron cinco mil hombres, ni uno más, ni uno menos. “Dime como escribes y te diré como eres”. Esto bien se puede aplicar al Evangelio de san Marcos y si damos por hecho que el espíritu de san Pedro está patente en esta sintetizada Escritura, comprenderemos que jamás se ha descrito, con tanta realidad imperativa, hechos de semejante trascendencia divina y con menos palabras. San Pedro, con respecto a la referencia de la mujer en este pasaje evangélico, está en la misma línea de san Mateo. Escribe para una sociedad de su tiempo no propicia a hacer intervenir a la mujer en los asuntos públicos que supusiesen debate en la interpretación de las ideas con las que se pretendía ganar la mente y el corazón de tus interlocutores.
En Roma habían senadores y no “senadoras”, en Israel habían doctores de la Ley y no “doctoras” de la Ley, habían fariseos y no “fariseas”.
Jn 6,10 Dijo Jesús: Haced que los hombres se coloquen en el suelo. Había mucha hierba en aquel lugar. Se colocaron, pues, los varones, en número como unos cinco mil.
A la vista de este versículo de san Juan y puesto que estamos contemplando el mismo suceso redactado por otros tres evangelistas, al comparar los datos llegamos a las siguientes conclusiones:
1.      San Juan tampoco hace mención al importante nº de mujeres y niños que allí estaban.
2.   Jesús manda que los varones se coloquen en el suelo en grupos separados de 50.
3.      Con 50 varones por grupo tendríamos 100 grupos.
4.   Por lo que se aprecia en san Marcos también se formaron grupos de 100 que,    probablemente, serían de mujeres y niños exclusivamente.
5.   Los varones estaban en una zona y separadas, en otra zona, las mujeres y niños.
6.   Probablemente, contando con las mujeres y los niños, los grupos de 50 y de 100 personas que se formaron, separados entre sí, para poder circular entre ellos, ocuparían una superficie superior a los ~200.000 M2, es decir la superficie de 20 campos de fútbol.
7.   En la distribución de estos panes y peces es posible que intervinieran más de 150   discípulos de Cristo.
8.       Ante estas deducciones, razonadas desde la perspectiva de un técnico, nos surgen las siguientes preguntas:
9.    ¿Por qué el Señor quiso los grupos, con solo varones, separados de los grupos con   solo mujeres y niños?
10.   Dice el Evangelio que el día comenzó a declinar, estamos hacia la mitad de la tarde.  Antes de que la noche se cerrara y viniera la oscuridad consecuente, ¿cómo pudo distribuirse, en tan corto tiempo, comida para tantas personas?
11.   Un experto en acústica se preguntaría cómo fue posible que la voz de Cristo llegara a los oídos de un gentío, probablemente, superior a las diez mil personas contando con las mujeres y los niños. ¿Cómo puede oírse la voz de un Hombre, sin megafonía, que habla, sin gritar, a una multitud semejante, esparcida por una superficie de ~20 hectáreas?
A la primera pregunta se puede responder con la sencillez del que sabe que Dios conoce el corazón del hombre y el corazón de la mujer. El Señor interviene con prudencia divina, con la prudencia de un Padre que conoce perfectamente a sus hijos y a sus hijas.
A la segunda pregunta se contesta con el sentido común y a la vista de lo que se lee entre líneas, puede confirmarse que en las manos de Cristo se multiplicaban los panes y los peces, pero también se multiplicaban en las manos de sus discípulos que los repartían, sin agotarse, por los grupos de varones, de mujeres y niños.
A la tercera pregunta se contesta con la Fe. Solo a Dios se le puede atribuir semejante poder para hacer posible que su palabra llegue, al oído humano, nítida y perfectamente entendible sin necesidad ni de la técnica, ni de la ciencia. Cristo habló a sus oyentes con palabras de Hombre y Omnipotencia divina. En este acontecimiento histórico, realmente sucedido en nuestro tiempo y en nuestro espacio, se han dado un conjunto de hechos inexplicables para la razón humana.
Poner en duda la divinidad de este Hombre, Jesucristo, después de haber asistido a tan sorprendente relato, es comparable con el ciego que lo es por voluntad propia, porque no quiere ver lo que puede ver si quisiera. Si esto es un hecho históricamente constatable, ¿por qué no lo cree el pueblo judío de hoy? Llevamos 2.000 años leyendo el siguiente versículo de san Juan: Jn 1,11 Vino a lo que era suyo, y los suyos no le recibieron.
Ya hemos llegado al final del 2º año de la vida pública. Estamos, todavía, bajo el influjo de unos hechos sobre los cuales nunca habíamos reflexionado. El Programa Concordante nos ha mostrado los matices diferentes con los que se ha redactado un inaudito milagro por cuatro hombres distintos y con personalidades distintas.
Como veremos en el TEMA 60 (aconsejo la lectura de este Tema antes de seguir leyendo lo que sigue a continuación), solo san Juan nos mantendrá la atención sobre lo que, estupefactos, hemos contemplado con nuestros ojos del alma. Ahora el Águila de Patmos nos lleva a la sinagoga de Cafarnaúm para oír palabras inauditas en boca de un Hombre, el mismo Hombre que acaba de consumar un portentoso milagro. ¿Qué le oiremos decir? Pues le oiremos decir cosas como estas: “he bajado del cielo…”; “el que cree en mí tiene vida eterna…”; “lo resucitaré en el último día…”.
De estas afirmaciones los oyentes se escandalizan con: “he bajado del cielo…” y murmurando manifiestan conocerle a Él, a su padre José y a su Madre María. ¿Cómo podemos creer que viene de otro mundo, que ha bajado del cielo, si ha crecido con nosotros en nuestro mismo pueblo? Sin perder detalle, fijamos la mirada en Jesús que todavía eleva más el tono de su discurso y entre otras cosas dice: “nadie ha visto al Padre…”; “solo Yo, que vengo de parte de Él, soy el Único que ha visto al Padre…”.
No puedo dejar de asombrarme con las inusitadas manifestaciones que oigo de este Hombre, por tanto, prolongo mi atención, y la de quien me está leyendo, oyendo cosas como estas: “Yo soy el Pan de la vida que baja del cielo…”; “el que coma de este Pan vivirá para siempre…”; “este Pan es mi Carne…”.
No puedo entender de diferente manera a como entendieron los que escucharon en la sinagoga. Este Hombre está ofreciendo su Carne para que yo la coma, aún más, me ofrece su sangre para que, también yo la beba. Si esto hago, Jesucristo permanecerá en mí y yo en Él, viviré de Él, me promete la vida eterna y la resurrección en el último día. Por último, como colofón a su discurso, Jesús me asegura que las palabras que me ha hablado son Espíritu y Vida.
La misma multitud que pretendía hacerlo Rey, al oír estas palabras, lo abandona. Jesús solo se queda con los Doce y en este momento también se queda solo con nosotros. A dos mil años vista de estas palabras, yo ya entiendo, cuando como el Pan y bebo el Vino del Sacrificio Eucarístico, que estoy comiendo y bebiendo la Carne y la Sangre de mi Señor. Las palabras del Amado tienen sentido real y literal. Jesús me da a comer su verdadera Carne y a beber su verdadera Sangre, lo hace de la forma en la que yo puedo gustarle, con sabor a pan y sabor a vino, pero con la seguridad incuestionable de que gusto su Carne de Hombre y su Sangre de Hombre y esto es así porque toda la Persona de mi Señor está viva, como vivo yo, en el Pan y el Vino que se consagra en la Misa.
El Jesús, que hace dos mil años, ofrecía su Carne y su Sangre para que fuera comida y bebida por aquellos que le escuchaban, es el mismo, repito, el mismo que se deja caer en mi boca cuando el sacerdote pone en mi lengua o en mi mano la hostia consagrada. Aquellos hombres contemplándole con sus ojos y oyéndole con sus oídos no le creyeron y le abandonaron. Nosotros, no le vemos ni le oímos y sin embargo lo reconocemos tal y como es en ese trocito de Pan que, cuando podemos, cada día, procuramos gustar y asimilar en lo más noble e íntimo de nuestro espíritu.
Ahora que me he quedado a solas con Cristo, no puedo evitar repasar lo que he visto y lo que he oído. He visto las manos de un Hombre en las que se multiplicaban los panes y los peces por miles. He visto comer hasta saciarse a cinco mil hombres y a un número indeterminado de mujeres y niños, en conjunto una multitud cercana a las diez o quince mil personas esparcidas en grupos sobre una superficie de quizá 200.000 M2. He contemplado que esta comida llegaba a las manos de miles de comensales en brevísimo tiempo. He deducido que de manera inexplicable la voz de este Hombre era escuchada por todos, con independencia de la distancia del oyente. He oído a este Hombre decir que viene del cielo, que solo Él ha visto al Padre Dios, que es el Pan de la vida, que el que cree en Él no conocerá la muerte eternamente, será resucitado en el último día.
A este mismo Hombre le escucho, atónito, ofrecer su Carne y su Sangre para que sea manjar del cielo, comida y bebida del que crea en Él, porque si así los hacemos viviremos de Él y para siempre. He visto como a pesar del gran milagro vivido por la multitud, ésta no da crédito a las palabras de este Hombre y lo abandona.
En este momento, en el que se mezclan en mi alma la Fe, del que cree y quiere creer, con el pragmatismo de una razón acostumbrada al razonamiento técnico como ejercicio de la profesión, trato de justificar a la inteligencia la viabilidad complementaria entre dos acontecimientos históricamente incuestionables, la multiplicación por miles de cinco panes y dos peces y unas afirmaciones realizadas por el mismo Hombre, que asumidas en su sentido literal me caen fuera de la lógica.
Con solo el simple uso de la razón me ocurre como a sus oyentes: no lo comprendo. Sin embargo, en virtud del inmenso atractivo que este Joven genera en mi alma, mi voluntad apela a la Fe con la que me llego a este Hombre, que por la multitud ha sido abandonado, para decirle:
“Te he visto y te he oído, dime cómo y cuándo me das a comer y beber la Carne y la Sangre que me ofreces, dime de qué modo te he de comer y beber porque estoy determinado a comerte y beberte, aunque no conciba de qué forma lo he de hacer”.
La respuesta no se ha hecho esperar, he buscado en el Programa Concordante la frase: “mi cuerpo” y la he encontrado 5 veces, 3 de ellas recogen la frase en el momento solemne de la institución de la Eucaristía. San Mateo, san Marcos y san Lucas manifiestan lo mismo cuando Cristo toma un trozo de pan y lo ofrece a sus discípulos diciendo:
“Tomad, comed: este es mi cuerpo”.
Con la atención que escuché sus palabras en la sinagoga de Cafarnaúm, he escuchado estas palabras de Jesús en el Cenáculo. En ambas ocasiones, la solemnidad y contundencia con las que fueron dichas no me deja opción a interpretarlas en sentido metafórico. Con la voz grave y el gesto serio, Cristo pronuncia estas palabras para que el oyente las interprete en su sentido estrictamente literal y al asumirlas tal y como suenan, ante mis ojos tengo un trozo de Pan que me viene ofrecido de la mano de un Hombre que me asegura que este Pan es su Carne y que este Vino es su Sangre.
Pero para que este Hombre, ni se engañe ni me engañe, ha debido ocurrir algo extraordinario que no he detectado con mis sentidos. Se ha producido un hecho misterioso que se define como Transubstanciación, en virtud del cual el pan y el vino, que como tales reconozco con mis sentidos, se han transformado, de manera irreversible, en la real y verdadera Persona de Cristo, es decir, veo, palpo y gusto al Hijo de Dios oculto bajo las especies de pan y vino, pero verdaderamente presente.
Tiene que ser verdad que este Hombre es el Pan que me ofrece, la Sangre que me ofrece, solo así puedo entender lo que hasta ahora no había entendido: que yo me lo pueda comer y beber en el modo y forma, con la que se hace posible, según mi naturaleza humana.
” …dime de qué modo te he de comer y beber porque estoy determinado a comerte y beberte, aunque no conciba de qué forma lo he de hacer”.
A este requerimiento del que pretende consumar el acto de comer a su Interlocutor, sin saber cómo será posible, manteniendo la compostura intelectual, en virtud del ilimitado crédito que me da la Persona de quien me está ofreciendo comer su Carne y su Sangre, quedo a la espera, sin más elucubraciones, de que mi Autobiografiado, Cristo, dé el siguiente paso.
Todas mis facultades están al límite de sus posibilidades y con suprema atención observo al Hombre, que en tantas ocasiones ha suspendido las leyes de la naturaleza, que fija sus bellísimos ojos en los míos, que toma un trozo de pan, que alarga su mano y me lo ofrece pronunciando estas palabras: “…toma y come, porque este es mi Cuerpo”.
Evidentemente, yo no esperaba que este Hombre se desprendiera a jirones de su carne humana para dármela a comer o se abriera las venas para darme a beber su sangre. He tomado el trozo de Pan que el Señor me ha dado, miro al Pan y lo miro a Él que me está confirmando que le tengo en mis manos. Mis sentidos no me han detectado nada extraordinario y sin embargo se ha consumado un hecho sobrenatural sin precedentes, en virtud del cual la Persona que me da el Pan y el Pan mismo son la misma cosa.
Y esto es así porque así me lo asegura el Hombre en quien es imposible que haya engaño y que me engañe, el Hombre a quien las potencias de mi alma le dan más crédito que a la meridiana evidencia de mis sentidos, porque para mí, este Hombre, es mi único Dios, el Ser Fontal por el que he venido a ser en este mundo en el que vivo, me muevo y existo, la única razón de mi existencia, mi último y eterno destino. ¡Esta es mi Fe, la Fe de la Iglesia Católica!





[1] Probablemente estamos ante una multitud que puede oscilar entre 10 y 15 mil personas.
[2] Debieron de multiplicarse los panes en las mismas manos de los discípulos
[3] Verían en las manos de los discípulos de Jesús los trozos de pan y pescado multiplicarse.
[4] Les costó separarse de la multitud porque sus sentimientos eran terrenos, no conocían a su Maestro.
[5] Ahora recuerdo la oferta del Tentador: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes

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