TEMA 72 SOLO TEXTO

TEMA 72   La mujer adúltera. (Jn 8,1-11)
[Tan testigos de esta escena fueron los Sinópticos, que de esto nada escribieron, como san Juan. El anciano escritor sagrado que no se dejó ningún detalle, debió quedar profundamente impresionado con esta incómoda situación para su Señor y sus discípulos, para la mujer y para este grupo de fanáticos fariseos que filtraban un mosquito y se tragaban un camello. Leemos]:
TEXTO CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
Abandoné la ciudad y me fui al monte de los Olivos. Al amanecer me presenté otra vez en el Templo y todo el pueblo vino a mí y Yo les enseñaba. Los escribas y fariseos traen a una mujer sorprendida en adulterio y habiéndola puesta en medio, me dicen:
—“Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante delito de adulterio. En la Ley, Moisés nos mandó que a semejantes mujeres las apedreásemos; Tú, pues, ¿qué dices?”[1]
Esto decían tentándome, para tener de qué acusarme. Yo, inclinándome hacia el suelo, escribía con el dedo en la tierra. Mas como ellos persistiesen preguntándome, me erguí y les dije:
—“Quien de vosotros esté sin pecado, sea el primero en apedrearla”.
E inclinándome de nuevo hacia el suelo volví a escribir en la tierra. Ellos, como esto oyeron, se fueron retirando uno a uno, comenzando por los más viejos; y quedamos solos la mujer de pie en medio y Yo sentado. Alcé la cabeza y le dije:
—“Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te condenó?”
Ella contestó:
—“Nadie, Señor”.
Y le dije:
—“Tampoco Yo te condeno: anda, y desde ahora no peques más”.[2]
COMENTARIO
Escrito queda lo que me sugiere el trance de esta mujer, que me ve y me oye, que vive a la espera de resucitar su cuerpo cuando Cristo venga de nuevo. Así titulo este comentario:

+MUJER SORPRENDIDA EN ADULTERIO+

Al contemplar, como ser humano, este patético drama, comprendo, con pena, lo terrible que es para la mujer de siempre verse sometida al juicio del varón de siempre. El adulterio es un pecado muy grave que trasciende a la persona que lo origina. Se hace daño a sí misma y a otras que, quizá, incluso se hundan en mayor decrepitud moral. Al final se responde de tus actos y de sus consecuencias en otras personas que se ven afectadas.
La cultura judía de aquellos tiempos era “inmisericorde” con la mujer convicta de adulterio, pagaba con la muerte por lapidación a manos de hombres, que sin embargo indultaban al varón solo por el hecho de ser varón. La cultura de hoy, incluso en el mundo civilizado, no anda lejos de esta arbitrariedad y así, como si con nosotros naciera, se le atribuye a la mujer una facultad muy superior a la del hombre para soportar la tentación de una pasión y esto es una deplorable injusticia.
La jerarquía religiosa de aquel pueblo, los escribas y fariseos, al cabo ya de casi tres años de perseguir a Jesús, estaban desconcertados de sus obras y enseñanzas. Como nos lo hará saber Pilatos, el corazón de estos hombres estaba podrido de envidia y con ciego rencor buscaban cualquier ocasión para desprestigiar al Maestro que se había ganado el afecto del pueblo sencillo, que con inmenso agrado le escuchaba.
Para estos maestros de Israel se presenta la ocasión, quizá premeditada, y por decirlo así, “cazan” a una pobre mujer en flagrante delito de adulterio (así lo describe el Evangelio de san Juan). Con solo la palabra “flagrante” se entiende la cruda escena de la que somos testigos. En ningún otro texto del Evangelio se presenta escena más vejatoria para una mujer. Probablemente, la inteligencia del varón sea incapaz de ponderar la suprema humillación que puede sufrir una mujer de cualquier tiempo expuesta, con toda su desnudez, a la inesperada malicia presencial de unos hombres sin escrúpulos que consumarán en ella el agravio más infame que se puede dar en un alma femenina.
Sin humanidad, sin compasión, a empujones, a toda prisa presentan a la adúltera en público, a medio vestir, con ilimitada vergüenza y anegada en suspiros entrecortados de la que intuye su inminente muerte. La arrastran hasta la altura de los ojos de Cristo, que estaba sentado sobre algún peldaño de los atrios del Templo de Jerusalén, estos mismos ojos que, al contemplar el lamentable estado de esta pobre mujer, se clavarán en el suelo con pudor divino. Seguros de que su infame batalla está ganada, con sanguinaria impertinencia le interpelan:
Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante delito de adulterio. En la ley, Moisés nos mandó que a semejantes mujeres las apedreásemos; tú, pues, ¿qué dices?”.
Jesús no responde, sigue sentado y con sus ojos fijos en el suelo. El silencio eleva la expectación de la multitud. ¿Cómo saldrá de esta encrucijada? Si asiente con la Ley de Moisés, esta mujer será lapidada allí mismo, en el acto y entonces ¿en qué quedaría su fama de misericordioso y perdonador de pecadores? Por el contrario, ¿en qué quedaría su prestigio de Maestro y Taumaturgo si, como judío que es, asiente con el incumplimiento de la ley mosaica? Solo se oye el sollozo de la pobre mujer, todas las miradas están fijas en Jesucristo que incorporándose se encara con sus adversarios a los cuales dice:
“Quien de vosotros esté sin pecado, sea el primero en apedrearla”.
Todos y cada uno de estos hombres, decididos a lapidar a esta mujer, perciben que sus impurezas quedan al descubierto, se avergonzaron de sí mismos porque sus conciencias dejaron al desnudo la decrepitud moral de sus corazones emponzoñados. Solo se oye el sonido de las piedras que caen de sus manos al suelo y se marchan. Para Dios nadie está perdido, la Misericordia divina siempre da otra oportunidad. Para el hombre, el juez más severo y sin piedad que le puede juzgar es el propio hombre.




[1] Jesús vuelve a ser tentado por Satanás que se valdrá de sus hijos para poner a prueba la Justicia y la Misericordia divinas. Si Jesús optaba por salvar la vida de esta mujer se ponía de frente a la Ley de Moisés. Si, por el contrario, se inclina hacia la aplicación de la Ley ¿dónde queda su misericordia con los pecadores? “Aquel que se considere sin pecado comience la lapidación”. Aquellos hombres, sin misericordia, se ven con toda la perversidad del alma a la vista de los demás, se avergüenzan de su desnudez moral y comienzan a alejarse los más viejos en años y maldad.
[2] Se marcharon todos y quedaron solas la Misericordia y la Miseria. Jesús absuelve como Dios y no como los hombres, absuelve sin humillar porque respeta la dignidad del ser humano por muy grave que sea su pecado.

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