[Ahora, inesperadamente, entra en escena solo
san Juan. El que está leyendo percibe que el Protagonista de esta
Autobiografía, Jesucristo, se presenta a su consideración como el mismo Dios
que lo ha creado, el Dios en el que existen y se mueven todas las cosas. Este
Libro, no se puede leer de corrido, y esto lo vamos a certificar al terminar de
leer este pasaje del san Juan anciano, que ya toca el cielo. Necesitaré detener
mi lectura. Me echaré hacia atrás y apoyaré mi espalda en el sillón. Dejaré el
Libro sobre la mesa, pasaré mi mano por la frente y sentiré que mi mirada se
pierde en el infinito, mientras trato de reflexionar sobre lo que he analizado…
Leemos]:
TEXTO
CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
Se celebraba por entonces
en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno y me paseaba en el Templo
por el pórtico de Salomón. Me rodearon los judíos y me preguntaron:
—“¿Hasta cuándo tienes
suspenso nuestro espíritu? Si tú eres el Mesías, dínoslo abiertamente”.
Les respondí:
—“Os lo dije, y no me creéis. Las obras que
Yo hago en el Nombre de mi Padre, éstas dan testimonio de mí. Sin embargo, vosotros
no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas oyen mi voz, y Yo las
conozco, y me siguen. Y Yo les doy la vida eterna, y no perecerán eternamente,
y no las arrebatará nadie de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, mayor es
que todo, y nadie puede arrebatarlas de mano de mi Padre. El Padre y Yo
somos una misma cosa”.
Cogieron de nuevo piedras
los judíos para apedrearme. Les respondí:
—“Muchas obras buenas hice a favor vuestro de
parte de mi Padre: ¿por cuál de estas obras me apedreáis?”
Respondieron los judíos:
—“No te apedreamos por obra
alguna buena, sino por blasfemia y porque Tú, siendo hombre te haces Dios”.
Les respondí:
—“¿No está acaso escrito en vuestra Ley: “Yo dije: sois dioses”? Si llamó dioses
a aquellos a quienes se dirigió la palabra de Dios -y no puede fallar la
Escritura-, ¿a quien el Padre santificó y envió al mundo decís vosotros: “Blasfemas”, porque dije: soy Hijo de
Dios? Si no hago las obras de mi Padre no me creáis; mas si las hago, ya que a
mí no me creéis, creed a las obras, para que sepáis y entendáis que mi Padre
está en mí y Yo en mi Padre”.
Buscaban, pues, de nuevo
cómo apoderarse de mí y me escapé de sus manos. Y marché otra vez al otro lado
del Jordán, al lugar donde Juan había estado primero bautizando, y allí habité.
Venían muchos a mí, diciendo:
—“Juan no obró ningún
milagro, y todo cuanto dijo Juan de Este era verdad”.
Y muchos creyeron allí en
mí.
COMENTARIO
A esta altura ya tenemos
afirmaciones de Jesús comprometidas. El Dios de la Biblia, el Dios que el
pueblo hebreo considera como solo suyo, el Dios de Abrahán, de Jacob, de
Moisés, el Ser Omnipotente y Creador, Principio y Fin de toda criatura, este
Dios que tiene Nombre de “Padre”, este Dios que es Padre de todos y cada
uno de los hombres, de todos los espíritus que le reconocen como tal, este
Padre de Jesucristo, es una misma cosa con Él.
Decir que: “El Padre
y Yo somos una misma cosa”, es decir que “El Padre y Yo somos dos
Personas distintas, pero con una sola esencia o naturaleza”. Y esto lo
manifiesta un Hombre como nosotros excepto en el pecado, pero un Hombre que se
ve, que se oye, que se palpa. Si le doy crédito a sus palabras, si en virtud de
los hechos que hasta ahora hemos contemplado y que a su vez nos han llenado de
estupor, si reflexiono sobre su sentido, no puedo entender otra cosa que lo
mismo que manifiesta, es decir, que Dios Padre y Él, Dios Hijo, son una
misma cosa. Si asumo esta Verdad, estoy reconociendo que este Hombre al que
veo, oigo y palpo, es el Dios Autor de la vida, es un Ser, Persona distinta del
Padre, en el que se aprecia, una naturaleza humana y una evidente naturaleza
divina que se capta sin forzar la razón. Más adelante oiremos a Tomás decir: “Señor
mío y Dios mío”, y a mí lo que me sale ahora es gritar: ¡Cuánto te amo,
mi Dios Crucificado!
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