TEMA 94 SOLO TEXTO

TEMA 94 La mujer encorvada. (Lc 13,10-17)
[Seguimos con san Lucas. Solo él nos da referencia de esta escena que no debemos leer como de pasada. La divinidad de Cristo es tan manifiestamente evidente en este acto como cuando lo hemos visto resucitar a un joven y una niña, o cuando hemos contemplado, atónitos, que en sus manos se multiplicaba el pan, o cuando, atemorizados, hemos visto que la Naturaleza está sometida a su Voluntad. Leemos]:
TEXTO CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
Cierto día de sábado, enseñando en la sinagoga, vi a una mujer que tenía un espíritu de enfermedad hacía dieciocho años, y estaba encorvada y no podía absolutamente levantar la cabeza.
Llamándola le dije:
—“Mujer estás libre de tu enfermedad”.
Puse mis manos sobre ella y al instante se enderezó y glorificaba a Dios. Interviniendo el arquisinagogo, enojado de que Yo hubiera curado en sábado y dijo a la turba:
—“¡Hay seis días para trabajar: en éstos, pues, venid y haceos curar, pero no en día de sábado!”
Dirigiéndome a él le dije:
—“Hipócritas, cualquiera de vosotros en sábado, ¿no desata a su buey o su asno del pesebre y lo lleva a abrevar? Y a ésta que es hija de Abrahán, a quien ató Satanás hace ya dieciocho años, ¿no era razón desatarla de esta cadena en día de sábado?”
Mis adversarios se avergonzaban con estas cosas y la muchedumbre sin embargo se gozaba de todos los hechos gloriosos obrados por mí.
COMENTARIO
Jamás comprenderé la actitud del arquisinagogo. Queden manifiestos mis sentimientos con este comentario que titulo:

+LA MUJER ENCORVADA+

Solo de la mano de san Lucas, llegamos al encuentro de esta mujer, dieciocho años enferma, con un mal en su columna vertebral que le obligaba, necesariamente, a ir encorvada, sin posibilidad de alzar la cabeza. Era una de las asistentes a la sinagoga en la que, un día de sábado, enseñaba Jesús, y al verla la llamó. Ella, sin poder alzar los ojos, se llegó hasta Jesús, no sin percibir que su corazón latía al galope. Sintió en su espalda el calor divino de la mano del Hombre al que solo podía oír y a malas penas ver a distancia.
Como siempre que el Señor se dispone a hacer un milagro en público, se genera una expectación que deja mudos a los presentes. El más afectado es el arquisinagogo, el responsable de la sinagoga que no pierde detalle. La mujer, confusa, oye las palabras de Cristo: “Mujer, estás libre de tu enfermedad”, y sin ninguna dificultad se incorpora para encontrarse de lleno con la sonrisa y los bellísimos ojos del Hombre que la había curado.
El estupor se apoderó de todos y con una superlativa insensatez, el que era la autoridad de la sinagoga, protesta porque a una mujer enferma se le había sanado en sábado. La casuística con la que este individuo justifica su contrariedad es espeluznante y muestra como este “brillante” fariseo miraba a esta hija de Dios que, seguramente, era asidua de la sinagoga. La miraba como se mira a una cosa, no le inspiraba el más mínimo sentimiento de compasión.
Quizá venga bien esta advertencia: ¡ojo! con el fanatismo religioso que todavía es frecuente en nuestro mundo de hoy. La religión está hecha para el hombre y no el hombre para la religión. El fondo es más importante que la forma. El hombre es lo más sagrado a respetar, porque en él habita el mismo Dios. Cristo ha dado su vida por nosotros, e incluso por este fariseo que le odia, por este religioso que antepone el cumplimiento de una formalidad sin espíritu, a la salud y la vida de un ser humano.
¡Ojo! también, con el que desnaturaliza la forma en virtud de un fondo que es cosecha exclusiva y excluyente de su corazón indisciplinado, que carece de la virtud de la obediencia, que en definitiva “se sale de madre” por una soberbia incontenida que disfraza con gestos y palabras fundamentadas en el arte de la media verdad y de la mentira, de la demagogia premeditada. Dios nos libre de hombres consagrados interpretando la liturgia al libre albedrío de su imaginación.

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