[Seguimos con san Lucas. Solo él nos da
referencia de esta escena que no debemos leer como de pasada. La divinidad de
Cristo es tan manifiestamente evidente en este acto como cuando lo hemos visto
resucitar a un joven y una niña, o cuando hemos contemplado, atónitos, que en
sus manos se multiplicaba el pan, o cuando, atemorizados, hemos visto que la
Naturaleza está sometida a su Voluntad. Leemos]:
TEXTO
CONCORDADO Y AUTOBIOGRÁFICO
Cierto día de sábado, enseñando en la
sinagoga, vi a una mujer que tenía un espíritu de enfermedad hacía dieciocho
años, y estaba encorvada y no podía absolutamente levantar la cabeza.
Llamándola le dije:
—“Mujer estás libre de tu
enfermedad”.
Puse mis manos sobre ella y al instante se
enderezó y glorificaba a Dios. Interviniendo el arquisinagogo, enojado de que
Yo hubiera curado en sábado y dijo a la turba:
—“¡Hay seis días para trabajar: en éstos,
pues, venid y haceos curar, pero no en día de sábado!”
Dirigiéndome a él le dije:
—“Hipócritas, cualquiera de
vosotros en sábado, ¿no desata a su buey o su asno del pesebre y lo lleva a
abrevar? Y a ésta que es hija de Abrahán, a quien ató Satanás hace ya dieciocho
años, ¿no era razón desatarla de esta cadena en día de sábado?”
Mis adversarios se avergonzaban con estas
cosas y la muchedumbre sin embargo se gozaba de todos los hechos gloriosos
obrados por mí.
COMENTARIO
Jamás comprenderé la actitud del
arquisinagogo. Queden manifiestos mis sentimientos con este comentario que
titulo:
+LA
MUJER ENCORVADA+
Solo de la mano de
san Lucas, llegamos al encuentro de esta mujer, dieciocho años enferma, con un
mal en su columna vertebral que le obligaba, necesariamente, a ir encorvada,
sin posibilidad de alzar la cabeza. Era una de las asistentes a la sinagoga en la
que, un día de sábado, enseñaba Jesús, y al verla
la llamó. Ella, sin poder alzar los ojos, se llegó hasta Jesús, no sin percibir
que su corazón latía al galope. Sintió en su espalda el calor divino de la mano
del Hombre al que solo podía oír y a malas penas ver a distancia.
Como siempre que el Señor se
dispone a hacer un milagro en público, se genera una expectación que deja mudos
a los presentes. El más afectado es el arquisinagogo, el responsable de la
sinagoga que no pierde detalle. La mujer, confusa, oye las palabras de Cristo: “Mujer,
estás libre de tu enfermedad”, y sin ninguna dificultad se incorpora
para encontrarse de lleno con la sonrisa y los bellísimos ojos del Hombre que
la había curado.
El estupor se apoderó de todos
y con una superlativa insensatez, el que era la autoridad de la sinagoga,
protesta porque a una mujer enferma se le había sanado en sábado. La casuística
con la que este individuo justifica su contrariedad es espeluznante y muestra
como este “brillante” fariseo miraba
a esta hija de Dios que, seguramente, era asidua de la sinagoga. La miraba como
se mira a una cosa, no le inspiraba el más mínimo sentimiento de compasión.
Quizá venga bien esta
advertencia: ¡ojo! con el fanatismo religioso que todavía es frecuente en
nuestro mundo de hoy. La religión está hecha para el hombre y no el hombre para
la religión. El fondo es más importante que la forma. El hombre es lo más
sagrado a respetar, porque en él habita el mismo Dios. Cristo ha dado su vida
por nosotros, e incluso por este fariseo que le odia, por este religioso que
antepone el cumplimiento de una formalidad sin espíritu, a la salud y la vida
de un ser humano.
¡Ojo!
también, con el que desnaturaliza la forma en virtud de un fondo que es cosecha
exclusiva y excluyente de su corazón indisciplinado, que carece de la virtud de
la obediencia, que en definitiva “se sale de madre” por una soberbia
incontenida que disfraza con gestos y palabras fundamentadas en el arte de la
media verdad y de la mentira, de la demagogia premeditada. Dios nos libre de
hombres consagrados interpretando la liturgia al libre albedrío de su
imaginación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario